DESDE MI CELDA (Es un decir…)

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Recientemente, he sido sometido a una operación de menisco, no porque resultara lesionado practicando algún deporte sino porque el paso de los años te produce, de vez en cuando, el desgaste de algunas partes de tu cuerpo.

Efectuada la operación, he tenido que pasar unos días de recuperación en una residencia de Ballesol. De la experiencia vivida allí es de lo que quiero hablar a continuación.
No hace falta decir que todo ello ha supuesto para mi una novedad en la que he podido conocer y aprender muchas cosas, tras vivir de cerca el mundo de las residencias de mayores. Un mundo fantástico que a muchas personas les da miedo acercarse y al cual yo he sabido aproximarme sin ningún tipo de temor ni complejos. Es más, recomendaría que quien pueda trate de conocerlo.

En general, por lo que yo he podido conocer en directo, en los nueve días que pasé allí, debo decir que el centro me pareció más que ideal, desde cualquiera de los aspectos que queramos analizar.

Después de acomodarme en una habitación (mi celda, cariñosamente), que contaba con todo tipo de servicios, incluida la televisión, me tocó esperar a que fuera pasando el tiempo para que me bajaran en una silla de ruedas a cenar. En ello continuaba la maravilla del trato recibido. Y es que no he visto gente más amable al volante de una silla de enfermo.
En este tipo de instituciones existen normas que se llevan a rajatabla. Por ejemplo, la comida se fija a una hora y a esa hora debe comerse. Igual sucede con la cena, incluso con las meriendas, y los desayunos. Mientras que la comida y la cena tenían lugar en el comedor amplio que existe en el centro, los desayunos y las meriendas se tomaban en la habitación, de modo individual. En definitiva, todo está muy bien regulado, y los errores que puedan producirse son menores y en todo caso muy escasos.

Otra cuestión que debemos mencionar es la relativa a la atención médico-sanitaria, que corría a cargo de profesionales de la medicina y de la farmacia. En este caso es de resaltar el correcto reparto de las medicinas que se hacía en la residencia, pudiéndose decir que en ningún caso nadie se quedaba sin tomar la medicina (o medicinas) prescrita por los responsables. Es más, si por lo que fuera había que tomar una de madrugada no había problema: para ello existían responsables que te la proporcionaban a la hora que fuera, con un especial cariño que aunque, a veces, te pudieras desvelar no por ello te enfadabas.
Para todo lo anterior había un médico titular, el cual procedía a realizar los análisis y tratamientos que fueran necesarios.

Además, de los servicios médicos, en el centro existen servicios de peluquería, lavandería y planchado, servicios de terapia ocupacional y animación y servicios religiosos.
Otra cosa que me llamó la atención de la residencia fue la atención exquisita de las personas encargadas del aseo personal. Esto que a muchas personas les podría resultar un tanto incómodo, a mí, al menos, me pareció una cosa normal. Y es que si había que limpiarse y lavarse de verdad era preciso llevarlo a cabo con gracia y decisión. Debían quedar atrás los posibles remilgos que pudieran existir, ya que lo importante era aparecer lo más aseado y limpio posible, para lo cual las artes de las personas que lo realizaban eran más que suficientes.

Además de todo lo anterior, nos queda una cuestión bastante compleja por analizar: las rehabilitaciones. En ellas se incluyen las normales derivadas de operaciones y tratamientos y las específicas para mayores, muchas de las cuales aparecen casi como imposibles de realizar, habida cuenta de los problemas degenerativos que padecen algunas personas. En todo caso, hay que ver, una vez más, el arte que desarrollan las rehabilitadoras, pues, efectivamente, eran mujeres las que desempeñaban este tipo de tareas. Y aunque pareciera imposible hacer andar a algunas personas con andaderas o en muletas, el resultado que se conseguía después de mucha paciencia era más que positivo.
En el aspecto lúdico yo casi no tuve tiempo para contemplarlo y disfrutarlo. Sabía que existían personas que acudían a la residencia para enseñar materias muy diferentes a los internos. Desde aspectos históricos hasta otros más livianos como los musicales ligados con la copla española, todo era posible. También, aparecían, a veces, personas que tocaban un instrumento, guitarra y hasta el piano, con lo que se podía escuchar un tipo de concierto un tanto popular, pero que en la realidad era de lo más solicitado por las personas mayores.

Además de lo indicado, existe la posibilidad de salir de la residencia, con la condición de que si se quiere regresar en el dia deben cumplirse algunas cláusulas sobre el horario impuestas por la dirección para controlar en cierta medida a los residentes.
A todo lo anterior hemos de añadir la posibilidad de recibir visitas de todo tipo, sin que en ningún caso exista restricción. Es más, cabe la posibilidad de que los visitantes se queden a comer siempre y cuando se avise del modo establecido. Ello posibilita un mayor acercamiento entre el residente y sus familiares.

Para terminar, decir que la mayoría de la gente residente es de un nivel medio, a primera vista. Hay desde profesores de universidad, hasta funcionarios de nivel diferente y gente que ha desarrollado su vida en tareas distintas. Esto es al menos lo que yo he podido detectar en la residencia en la que estuve.

NOTA: Lo de “mi celda” es un intento romántico de parecerme a Gustavo Adolfo Bécquer, que escribió gran parte de su obra desde una celda de un convento.