LA PINTURA DEVUELVE LA SONRISA A PILAR SILVOSA

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Una artista en Ballesol Vigo

La pintura siempre ha sido una parte de la vida de Dª. Pilar Silvosa (Lugo, 1931). Casi nació con el carboncillo entre sus manos. Ni los tres ictus que ha sufrido en los últimos años ni la embolia de un ojo le han impedido seguir trazando en el papel, porque simplemente, es su pasión.

Toda su casa está llena de cuadros, no hay ningún rincón que no refleje su talento. Unos 40 lienzos en los que Silvosa se dejó llevar y que sin quererlo, hablan de su vida. El mar y los barcos pesqueros son sus temas preferidos y no es de extrañar, puesto que es el reflejo de su amada tierra: Galicia. De hecho, su primer cuadro fue precisamente un retrato a un político de Lugo. “Le encantó tanto que quiso que hiciera Bella Artes”, recuerda todavía esta residente de Ballesol Vigo. Aunque el deseo de ambos, finalmente, no se cumplió.

En aquellos años, ser pintora no era una profesión demasiado remunerada y su familia la empujó a estudiar magisterio. Pero aun así, en su tiempo libre, siguió aprendiendo de forma autodidacta. Carboncillos, ceras, pinturas al óleo y, más tarde, acuarela, nada se le resistió y así fue decorando su casa y la de sus más allegados. Si alguien la ayudaba, le regalaba un cuadro porque no había mejor forma de agradecimiento que concediendo un trozo de su alma.

El amor llevó a Silvosa a casarse en 1959 con un militar de La Coruña, y a pedir una excedencia para irse con él a vivir a Madrid. El destino hizo que fuera precisamente esta ciudad la que reconociese por primera vez su talento con dos cuadros premiados en primera y segunda categoría con un óleo y un carboncillo. Allí estuvo durante 10 años, y para paliar su anhelo a la brisa del mar, siguió dibujando los paisajes gallegos que la vieron crecer.

Tras el nacimiento de su único hijo y los cambios de destino del marido, estuvo en La Coruña, Marín, Lugo, Fonsagrada, Pontevedra y Vigo, donde finalmente se asentó la familia. Vigo, fue en el único lugar en el que Silvosa pudo exponer de modo privado y donde volvió a trabajar, aunque esta vez en un puesto administrativo en la Inspección de Educación debido a una discapacidad auditiva. A pesar de que el colegio era como estar en su segunda casa, la pintura fue su refugio. Por eso, quiso compartir estos sentimientos con los niños de la escuela durante sus años como maestra.

El ictus que padeció en 2011 hizo que durante mucho tiempo no pudiese hacer casi nada, tampoco su querido hobby. Pero la residencia Ballesol Vigo, le volvió a dar una segunda oportunidad. Gracias a la asistencia a clases de terapia ocupacional empezó a dibujar de nuevo y sorprendió a todos aquellos que no conocían su talento. Tal fue la fascinación que despertó que recibió todo tipo de halagos, hasta la propusieron hacer una exposición especial, que aunara todos los cuadros más significativos para ella. Desde los iniciales hasta los más recientes y Silvosa se entusiasmo. A todos nos gusta que reconozcan nuestras capacidades y las felicitaciones que ha recibido por su manera de pintar, la han enorgullecido de tal manera que ha hecho que vuelva a sentirse feliz y con ganas de vivir después de siete años muy duros de rehabilitación tras el ictus.

Ahora no deja de pintar”, sostiene su hijo Fran Rodríguez, que está muy sorprendido con la buena reacción de su madre. “Cada vez que vengo a verla tiene un cuadro nuevo e incluso los regala a los trabajadores y compañeras de Ballesol Vigo. Está feliz como una niña”, explica con orgullo. Él siempre ha estado a su lado tanto en los buenos momentos como en los malos, y no puede evitar mostrar la alegría que supone volver a ver su madre con esa vitalidad. “Su experiencia en la exposición ha sido lo mejor que le ha pasado en estos últimos años”, dice Rodríguez. El arte ha hecho renacer a la familia Silvosa.