PROFESIONES QUE SOBREVIVEN A LA HISTORIA

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D. PEDRO ALONSO, SOLDADOR

Para D. Pedro Alonso era habitual esperar el trabajo sentado en un noray de amarre del astillero de Gijón. Casi sin tiempo para quitarse el sudor de la frente y volverse a poner esa incómoda máscara que algunos galantemente llamaban gafas.“Con la llegada de un buque mercante de 5.000 toneladas” recuerda que había trabajo para rato, o mejor meses. “Necesitábamos veinte soldadores, pintores, carpinteros… para volver a recuperar las prestaciones de un buque”.

Era un trabajo de orfebrería de seis meses que incluía rematar perfectamente los cordones de soldadura por huecos oscuros por donde el cuerpo pasaba arrastras y cogido a una linterna. “Amigo, un barco no se puede dar la vuelta para soldarlo mejor y en horizontal porque entonces lo haría un chiquillo”, desvela con humor el que fuera mejor soldador -por ello cobró 2.000 pesetas de premio- de una promoción de 40 guajes, como le gusta decir, que aprendió de un maestro de este oficio que llegó de Bilbao, y eso eran palabras mayores. Aquellos buques mercantes formados por toneladas de acero y aluminio llegaban de todas partes del mundo. Desde China a Cuba, pasando por boniteros de caladeros cercanos. La Constructora Gijonesa tenía nombre, trabajadores y… buen sueldo. Era finales de los años 50 y trabajando ocho horas al día y alguna más llegaba a las 2.100 pesetas “No era una profesión de riesgo, sólo había que soldar chapas” zanja impasible antes de regalar una carcajada.
De aquél oficio D. Pedro aprendió mucho. El proceso de soldeo que utilizaban era único y reconocido en todo el mundo, pero no suficiente para sus anhelos, y después de cinco años “la mar y la mujer de lejos se han de ver”. Con este refrán marinero se fue a Alemania “a conocer mundo siendo turista”.

Allí estuvo dieciocho años, pero siendo soldador. Trabajó en Wilag, una empresa de máquinas excavadoras y grúas pesadas. ¿No fue allí donde conoció a su mujer? Interrumpe pícaramente Beatriz Polo, Tasoc (Técnico de Animación Sociocultural) de Ballesol Gijón y admiradora de todas las historias de vida que los residentes le han ido contando. Así fue. Se enamoró de una alemana de la que no se separó y después de dieciocho años por la Renania del Norte, volvió a España con más ganas de trabajar. “Ya tenía 47 años y la oportunidad me llegó del Instituto Nacional de Silicosis, ¿adivinas para qué?” pregunta con sorpresa antes de contestarse: “¡¡Pues de mecánico de mantenimiento reparando maquinaria de quirófano y anestesia hasta mi jubilación¡¡” La vida de D. Pedro había corrido tanto que se dejó atrás sus inicios, los más tiernos y apegados a su familia. Era, como le gusta decir, un guaje listo al que no le gustaba estudiar pese a los dos años que se pasó en la Academia Mercantil, “pero no espabilé y me recomendaron con 15 años en una fábrica y taller de vidrio, Bohemia Española se llamaba”. De niño para los recados y aguador pasó a aprender a tallar floreros, bomboneras y licoreras.Tenía buen pulso y calculaba con exactitud la profundidad de corte, requisitos esenciales “para coger un torno”, aunque primaba la antigüedad “y siendo yo un chiquillo”… ya saben el resto de una apasionante historia que aún sigue viviendo desde la residencia de Ballesol Gijón.

Dª. MAGDALENA ARIÑO, MODISTA DE ALTA COSTURA

En esta historia es importante no confundirse desde el principio, que una cosa es ser costurera y otra modista. Podríamos hablar de diseñador o patronista industrial, pero Dª Magdalena Ariño, nuestra protagonista, siempre ha sido modista de alta costura para prendas de vestir, generalmente de mujer. Sus habilidades eran “diseñar, patronar, crear prototipos, elegir tejidos, cortar, ajustar, confeccionar…”. Su maestra, Rosa Escuin, que tenía un taller en Murcia, siempre dijo de ella que “conocía los textiles, cómo se comportarían sobre el cuerpo y hasta qué punto podrían ser tratados”.

No es de extrañar entonces que cuando el trabajo estaba calmado el vestido se hiciese entre las seis o siete personas que allí trabajaban. En cambio, si había prisas siempre se oyese “Magdalena, prepárate que es todo para ti y esas benditas manos”. Era lo que tenía haber conseguido un diploma de alta costura con sobresaliente en corte y confección. “Si es que vale para todo, no hay otra como ella” se suele escuchar en la residencia Ballesol Altorreal después de una manualidad en la que participa. Con un “bolillo de trapillo” confeccionó alfombras de más de un metro y de diferentes colores, cose algún botón suelto, aconseja sobre una blusa mal conjuntada, enseña cómo coger el dobladillo a una cortina, arregla bolsillos… no para quieta, dicen encantadas con ella.
Nayla Pizarro, la Trabajadora Social y Tasoc (Técnico de Animación Sociocultural) en la residencia, la conoce muy bien desde que llegó hace cuatro años.

El atractivo visual de ver las manos de Magdalena entre hilos y telas es un espectáculo que regala “con solidaridad y entusiasmo desde el momento en el que dobla la prenda y la extiende en una mesa”, reconoce admirada. “Vamos a ver, la prenda nada más verla se nota si está hecha en un almacén o por una modista, nosotras hacíamos trajes de chaqueta que duraban siete años”, no hay más, dice Dª. Magdalena y con buena memoria para retroceder hasta sus orígenes. Estudió hasta los quince años, se fue a Madrid a trabajar de peluquera, “y como veía que todo el mundo tenía un título menos yo” se empeñó en conseguir su diploma, aunque en ella hay mucho de autodidacta. En su época, la vida de modista se cosía sin saber, con muchas horas, esfuerzo y un sueldo “para ir tirando sin excesos y alegrías”. Eso sí, la mejor recompensa llegó cuando su maestra se jubiló y le regaló un piso. Quedan otras gratificaciones que el oficio no le ha podido dar como conocer a Christian Dior, aunque le queda el consuelo de haber visto de cerca la lujosa boutique de la avenida Montaigne en París. ¿Una impresión? “Ahora todo el mundo quiere diseñar, pero casi nadie quiere coser” susurra con gracia a una máquina de coser, que sin exageraciones fue el mejor ordenador que se inventó durante la primera revolución industrial y que continuó en el siglo XVIII, XIX, XX… “hasta dar pedales y meter la prenda en los dientes de la máquina era una arteDª. Magdalena, una modista de alta costura que no da puntada sin hilo.

D. FELIX Y D. JUAN ALVAREZ, SALCHICHEROS

Zaratán era camino de peregrinación para aquellos que querían darse un banquete pantagruélico. Era curioso comprobar cómo este pequeño municipio a tres kilómetros de Valladolid se convertía por momentos, días, fines de semana, en parada obligatoria, un acontecimiento visual que se percibía en una de sus empedradas y estrechas calles, de la que sobresalía la salchichería “Victoriano Álvarez”, regentada por una familia dedicada en cuerpo y alma a la elaboración de “un tipo de salchicha de carne magra de cerdo y embutida en tripa”.

Poco más van a desvelar sus creadores, que guardan con celo una receta ancestral, natural y a mano que devolvía en el paladar “estímulos de emoción, sorpresa y mucho sabor”, resumen al recordar ese picor agradable que dejaba el pimentón y el ajo, “algo de lo que carece el embutido de ahora al igual que del exceso de colorante”, lamentan. Hasta llegar al comensal el trabajo era mucho más proceloso. D. Félix Álvarez empezó con trece años a conocer a los cochinos. Con dieciocho elegía los mejores para después sacrificarlos. “No son como los de ahora. Aquellos andaban por los 160 kg y eran pesados a la romana. Durante la temporada de matanza podíamos comprar entre 40 y 50 a catorce pesetas el kilo”. Por aquel entonces, D. Félix y D. Juan, actualmente residentes en Ballesol La Victoria, eran dos jóvenes que ayudaban a su padre en la carnicería, en la que por cierto, estuvo 50 años hasta que se jubiló.

El primero trasegaba del almacén de despiece al mostrador de la carnicería. Allí se manejaba mejor Juan, locuaz y amable atendiendo a la clientela junto a Adela, otra de las hermanas “Venían hasta de Jerez de la Frontera” recuerdan los dos hermanos, que añaden otro dato que habla de la magnitud del negocio: “un buen día de trabajo podíamos vender 400 kilos de salchichas”. Zaratán siempre ha sido un pueblo unido a la agricultura y la ganadería. También a los cereales, legumbres y vino. Poseía un paseo de huertas y la caza de liebres y perdices era fácil de advertir. De cómo ha cambiado el municipio les habla María José González, la directora de Ballesol  La Victoria, que más de una vez ha animado a los dos hermanos a pasear por aquellos recuerdos. La nostalgia puede más, aunque sólo una carretera en línea recta les separa. “Los chicos”, como los conocían todos, sólo salieron del pueblo para hacer la mili y llegar a la legión.

D. Félix estuvo dos años en la caballería mecanizada y vivió de cerca el polvorín del Sáhara antes de la marcha verde. De aquel episodio se siente orgulloso, valiente, pero con la misma naturalidad con la que anduvo entre camiones ligeros, convoyes de combustible y vehículos de exploración, se fue a por los cochinos a su vuelta a Zaratán. Recorría 25 kilómetros para escoger los mejores, nada que ver con los de ahora. “El lomo de cerdo que nos dan no hay quien lo coma porque no tiene grasa. Ahora se matan cuando tiene entre 90 y 100 kilos”. Para conseguir las mejores salchichas había que ser muy exigente. “Conocíamos a familias que criaban las cerdas en casa, podíamos escoger 20 o 30 para llevar”. Un día después de recogerlos se sacrificaba al animal para luego… “el éxito del negocio estaba en el público”, abrevian ambos con un consejo: “la salchicha había que freírla bien, ahí se desprendía el olor tan característico de este producto único” que el tiempo se ha encargado de no devolverlo. “Mira que se come bien en Ballesol La Victoria, pero las salchichas no son las de antes… aunque nosotros tampoco lo somos”, justifican con un beso en la mano de la directora y una sonrisa de agradecimiento que tiene su explicación. D. Juan, D. Félix y Dª. Adela han estado solteros toda su vida. Visicitudes y circunstancias de la vida. Vivieron y trabajaron juntos, mantuvieron el negocio familiar con éxito, se cuidaron hasta donde llegaron las fuerzas y el corazón. Y sólo una buena recomendación de un amigo de la familia les trajo a los tres hermanos a Ballesol. Cada uno llegó con sus problemas, algún achaque propio de la edad, pero “nos encontramos con una familia desde el primer día, y ya han pasado cinco años”.

Dª. MERCEDES ZABALETA, MAESTRA

El tratado completo de ortografía fue uno de los manuales que mejor se ajustó íntegramente a las nuevas normas de prosodia y ortografía redactadas por la Real Academia Española. Fue declarado de utilidad en la enseñanza primaria en 1967. Costaba 100 pesetas y tenía el valor de un incunable.

Dª. Mercedes Zabaleta fue una de las muchas maestras que por aquellos años llevaba de la mano al niño y le ayudaba a saltar limpiamente por los más arduos escollos ortográficos llevados a un dictado: “El aya se encuentra debajo del haya”, “Hay un hombre que dice ¡ay¡” o “un hidropexo es un enfermo de hidropexia”. Sus alumnos siempre fueron de entre 12 y 14 años de edad, lo que correspondía a sexto, séptimo y octavo de la Educación General Básica (EGB). “La gramática de aquel momento incidía en identificar la función de las palabras dentro de la oración: nombres, preposiciones, conjunciones y naturalmente verbos que había que conjugar”. Para no hacer las clases tediosas Dª. Mercedes sorteaba la aridez de las frases, sintagmas, complementos directos o los modificadores indirectos de una manera amena “sin castigos pero sabiendo que había que representar una autoridad de carácter pedagógico y social”.

Y lo consiguieron, porque incluye entre los muchos maestros a su marido Gregorio Ruiz, “algo más mandón y exigente”, pero excelente docente en matemáticas, latín y ciencia. A día de hoy Dª. Mercedes se sigue considerando una “alumna normalita” pese a estudiar en las Teresianas de Madrid, comenzar Medicina y terminar la carrera de Magisterio en Cuenca. Se presentó a las oposiciones y consiguió una plaza de maestra en Alcantud, un pueblecito conquense. Recuerda que su padre la puso “como hoja de perejil” por querer volver a Madrid y esperar un traslado. “Igual que nunca se deja de aprender” siguió dando clases en escuelas de Madrid y en Almonacid del Marquesado hasta que la concedieron la excedencia cuando a los 22 años contrajo matrimonio.

Se fueron a Las Palmas a trabajar y lo hicieron ambos en la Universidad laboral. Siete años después volvió a la capital y en Móstoles encontró el hogar y el colegio Salzillo Valle Inclán, en el que siguió enseñando lengua e historia hasta que se jubiló. Su forma de trasladar conocimientos cautivó a alumnos y padres. Sabía que en la amalgama de fechas y reinados de la historia de España había que ser “condescendiente” con los jóvenes y lo que hacía era “incluir algún chascarrillo y chismes entre relatos” como el de que Fernando VII era un gran aficionado al billar y al que le gustaba jugar largas partidas, las cuales, casualmente siempre ganaba. Sus contrincantes se sentían incapaces de ganarle, no porque éste fuese mejor jugador, sino por el temor que le tenían. Y de ahí la expresión “así se las ponían a Fernando VII”. Algunas de esas anécdotas aún se escuchan en Ballesol Las Palmas, donde reside desde hace 5 años. “ ¡Y pensar que ya conocía alguna residencia Ballesol de Madrid y hablaba de lo bien que se veía a la gente en esos espacios tan luminosos y abiertos a la vida!”, confiesa ante la atenta mirada de Diana Gil, trabajadora social y Elena Rodríguez,  psicóloga, alumnas improvisadas de la residencia que todas las semanas aprenden algo más “sobre el uso correcto de las palabras o historias de reyes y reinados”. Y es que ya lo decía Gracián: “De nada vale que el entendimiento se adelante si el corazón se queda”.