PROFESIONES QUE SOBREVIVEN A LA HISTORIA

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Residentes de Ballesol reconocidos por sus oficios

D. Lorenzo Suárez – Minero

Hay en el relato de un minero parte de épica. Ya desde su origen las historias alrededor de este oficio señalan a héroes. El origen de la minería asturiana nos hace retroceder hasta mediados del siglo XVIII cuando un incendio fortuito en un monte de Carbayín dejó al descubierto un yacimiento de piedra de carbón. Algo escucharía de todo aquello D. Lorenzo Suárez (Moreda de Aller), residente en Ballesol Gijón desde hace cuatro años, y un minero al que le sobra fuerza para coger a sus 91 años una pala, dejarse fotografiar y rememorar cada detalle de su biografía.

Apasionante desde el principio, por cierto. “Empecé a trabajar en la mina de “guaje” a los 16 años, lo normal en aquella época porque había “tajo” para todos. Piensa que Asturias llegó a tener casi 30.000 mineros y ahora sólo quedan 300”. Entre ellos estaban su padre y hermanos, que como cualquier otro tuvo su oficio en una mina. Hasta 13 cometidos había según el tipo de mina: barrenista, enganchador, entibador, palero, perforista, rielero, conductor de vagones y otros…como ramplero (ayudante del picador de la mina).

Así empezó D. Lorenzo, que muy pronto ejerció competencias mayores hasta pasar quince años entre minas. “Da igual el tiempo que hayas trabajado, un minero lo es para toda la vida”. El tiempo que allí pasaba parecía estirarse cada vez más. Como el frío que dicen que padecen. Como la claustrofobia que sentimos desde fuera. La rutina en las minas de Norteña era puntual incluso antes de empezar “porque tenía que caminar más de una hora por caleyas (caminos en mal estado) hasta llegar al pozo”. La jornada laboral comenzaba a las 7 y hasta las 3 de la tarde no veías la luz.

Bueno, sólo la de la lámpara que te asignaban junto a una ficha de latón que tenías que devolver al lampistero de regreso de la faena para controlar que nadie quedaba dentro. Un casillero vacío era un mal presagio, una tragedia a veces… (deja pasar un silencio largo y reacciona enseñando la pernera del pantalón ante la sorpresa de Yolanda, la terapeuta de Ballesol Gijón y de Mónica, la auxiliar de la residencia, que además, es la nieta de D. Lorenzo). Bajabas hasta la “oficina” en jaulas. Entraban 50 mineros, una angustia eterna viendo cómo la tierra te engulle en la oscuridad. Era importante reconocer al compañero por la voz, por el sonido del martillo, nada que ver con el tañido de un arpa, desde luego. “Cuanto más a destajo trabajabas y más hacías…más cobrabas los viernes. Pasabas por una ventanilla que había fuera del edificio de administración. Los mineros teníamos prohibido entrar dentro porque íbamos muy sucios, así que hacíamos cola fuera junto a alguna mujer que recogía el sobre del marido para que no se lo gastase en los bares” (será su primera carcajada) ¿Lorenzo?

Le llama un residente de Ballesol Gijón. ¿Entonces las has tenido que pasar canutas, no? pregunta. Aunque en la residencia ya conocen sus historias, siempre hay algo que añadir a la narración. Apunten esta. En Asturias el carbón que se recoge es la hulla, de forma natural despide metano, lo que en la mina se llama grisú (gas capaz de formar atmósferas explosivas). “Es altamente inflamable por lo que la galería tenía que estar siempre muy bien ventilada. Por ello, antiguamente para detectar al “enemigo” invisible se usaban pájaros, sobre todo jilgueros, ya que son muy sensibles a este gas. Si veías que se desmayaba uno…había que echar a correr y llamar para ventilar la galería”. Lo mismo pasaba si las llamas de la lámpara crecían. No siempre el final del día es feliz, ya se pueden imaginar.

A pesar de ver a su abuelo todos los días en la residencia, a Mónica le sigue emocionando escucharle. Sobre todo cuando pasa a rememorar con tristeza el día que dejó la mina. Tuvo un accidente, un resbalón… y tres vértebras aplastadas. La mina se acabó para él, aunque después se dedicó al transporte. ¿Creen que volvería a ser minero? Pues claro, “pero sólo si volviese a ser joven. Ahora estoy la mar de bien aquí. En Ballesol Gijón la compañía es diferente, pero tan cercana y humana como en una mina”. Y lo dice mirando a su nieta y al resto de residentes y trabajadores que se han ido acercando a escucharle a lo largo de este relato y rompen en aplausos.

Dª Josefina Muñoz – Maestra

Dice que fue maestra, que para eso estudió tanto y terminó dos carreras. Pero como nunca ha sido vanidosa no sabrán que fue una mujer adelantada a su época. Un ejemplo en la lucha por la emancipación y relevancia femenina. Lo hizo a pie de calle. Sin asfaltar y desde el pueblo. Sin ir al campo como la mayoría de ellas. ”Las chicas de mi edad se dedicaban al campo, estaba mal visto no hacerlo”. Así se presenta Dª. Josefina Muñoz Barrientos, a la que sorprende Raquel Lombardía, la Tasoc de Ballesol Poio al subir una pizarra con un mapa de España dividida en Comunidades Autónomas hasta el pasillo de su apartamento. “Estas comodidades no las teníamos antes” reconoce encantada con la idea de relatar su historia. “Que conste que no tengo nada de especial”, insiste en alejarse de cualquier presunción narcisista. No se siente heroína ni intrépida, pero digamos que fue una hija entregada humana y socialmente.

La tradición familiar a veces encauza destinos, y siguiendo los designios de su abuelo y de su padre, se dedicó como ellos a enseñar, aunque fueron sus tíos – ante la precaria salud de su progenitor- los que la llevaron a Valladolid a estudiar filosofía y letras en la Universidad. La enfermedad de su padre se agravó y la aconsejaron “proseguir los estudios pero en una carrera más corta como Magisterio”. Con dos carreras terminadas lo dejó todo para dedicarse a cuidar a su padre hasta que falleció. Vuelta a empezar. Aprobó las oposiciones a la primera junto a su prima, y las dos ocuparon las plazas vacantes que había en el pueblo de Santa María del Páramo en León. Como maestra no le gustaba llenar de libros las espaldas. Lo habitual era que las alumnas llevasen una pizarra individual con unos pizarrines para escribir. Los más pequeños, niños de 5 y 6 años, llevaban un solo libro, “El Parvulito”, en el que entraban todas las materias. “Era un libro de lectura para los que ya habían adquirido conocimientos de lectura. Su precio era de 16 pesetas”.

El aprendizaje siguiente sería con la enciclopedia Álvarez en materias como Matemáticas, Ciencias de la Naturaleza, Religión, Lengua, Geografía e Historia. De la asignatura de los números prefiere no acordarse. Cuenta que nunca entendió por qué tuvo que estudiar por lo menos tres sistemas diferentes y un curso de matemática moderna, que sólo con el nombre ya era “un quebradero de cabeza”.

No se piensen que aquí acabó su docencia. Cuando la trasladaron a un pueblo de La Bañeza aún más pequeño que el anterior, el alcalde no tuvo más remedio que pedirla que “además de dar todos los cursos hasta quinto” enseñase corte y confección y bordar. Lo había estudiado en Magisterio “y se me daba muy bien cortar la blusa camisera y la falda de tubo que se llevaba por aquél entonces”.

De hecho, cuando se junta en el salón de Ballesol Poio con otras residentes y sale la conversación, “siempre digo que de no ser maestra hubiese sido costurera pero no de vestidos sino sastra para hacer chaquetas de hombre, que es la prenda más bonita”.

En 40 años de docencia también tuvo tiempo para aprender a enamorarse. Conoció a su marido en Santa María del Páramo en León al ritmo de un tocadiscos con brazo fonocaptor que por sí solo era capaz de reproducir el disco. Era una novedad, más aún que escuchar el éxito de Conchita Velasco “No te quieres enterar…que te quiero de verdad…” que seguramente le dedicaba el aparente novio que conoció y que después se hizo ingeniero agrícola y marido de Dª. Josefina. Al poco de casarse tuvieron un hijo y… mucha felicidad. Ahora nos enseña las fotos de la boda como un homenaje a su marido. “El tiempo corrió plácido y tranquilo para ti” la piropean Raquel y las demás trabajadoras de la residencia. Es verdad. A sus 85 años piensa tan rápido como lee. Sigue hablando un francés impecable, “aunque si hay dos cosas que me hubiese gustado hacer es haber aprovechado estas clases y las de música para enseñar a mis alumnos lo que sabía”. Lo que no sabe es que cada día imparte una lección de vida en Ballesol Poio, con ese valor intangible que es compartir experiencias y conocimientos.

D. Juan Fos, Estibador

Había quien iba a ver jugar al fútbol. O a la verbena. Pero a él lo que le gustaba era acercarse hasta el puerto de Valencia y ver el tránsito de gente, de oficios y mercancías. Pero sobre todo aquellos barcos de 60 y hasta 100 metros de eslora. En la década de los años 1950 los barcos atracaban dentro de la dársena interior. Un diminuto escenario sobre el mar comparado con Amberes, Rotterdam o Hamburgo. “Hoy es diferente”, se presenta D. Juan Fos Ferrando, valenciano del barrio del Cabanyal y residente en Ballesol Patacona desde hace cuatro años. Es fácil suponer la admiración temprana por todo aquello. Su padre fue portuario, “y ya desde la cuna le vi trabajar allí, como a toda mi familia”. Por sus ojos pasaron remolcadores, estibadores, prácticos, amarradores, agentes de aduanas… aquello lo dejó en la memoria para ocuparse de amasar bien el pan a los 12 años. Empezó como aprendiz de panadero y a los 26 volvió al puerto. “En aquella época, en tiempos de guerra, no se podía estudiar mucho porque había que trabajar muy pronto para ayudar a la familia” lamenta al no haber prolongado sus años en la escuela. Sin embargo, la vida le enseñó más, se lo aseguro.

Hacia 1955 traían a granel arcilla a Valencia para la construcción. La estiba se realizaba esencialmente mediante la fuerza física y una mínima presencia de maquinaria pesada. Un oficio a hombros. Nunca mejor dicho. D. Juan Fos gesticula el movimiento con los dos hombros para contarlo. “Mi trabajo en el puerto era cargar y descargar barcos. Trabajábamos con toda clase de género, sacos, madera, cajas de naranjas etc. y lo hacíamos a hombro o como mucho con una carretilla, nada que ver con lo que más tarde se ha convertido en el trabajo de portuario, con todas aquellas máquinas que supuso un moderno avance, pero también que muchos de mis compañeros se quedaran sin trabajo”.

El desgaste físico era extenuante, con jornadas de sol a sol. A pie de muelle. Una situación que obligó en 1969 a adelantar la jubilación de estos trabajadores. La llegada del contenedor fue una revolución y una liberación. Ahora se trabaja con cabezas tractoras, carretillas elevadoras y grúas para manipular la carga. Se conducen vehículos y equipos de alta tecnología para moverla por el puerto. “Para, para”. No hace falta decir más, zanja. “En el puerto contrataban hasta 500 chicos fornidos para cargar y descargar a hombro, a veces llevábamos hasta sacos de 100 kilos a las espaldas, eso hoy en día es imposible. Con toda la maquinaria que hay solamente hace falta un operario para mover la grúa que carga miles de toneladas”.

Su consejo para los que quieran dedicarse a esto lo tiene en la memoria, de las veces que se lo recordaba su padre. Decía que “quien trabaja en lo que le apasiona no lo verá como trabajo sino como placer”. A lo que añade que “esta ha sido mi premisa en la vida en todo lo que he realizado, barcos, panes o lechugas”, pone como testigo de sus palabras a Javier Simarro, el Tasoc de Ballesol Patacona que no perdona un día sin echar un vistazo y admirar el taller de carpintería de ribera que D. Juan Fos tiene en la residencia. Un museo vivo en el que se ocupa de la construcción artesanal de embarcaciones de madera. Accediendo a él nos cruzamos con dos residentes. “Te vas a quedar perplejo, es un artista con una imaginación privilegiada… y buen corazón”, nos avisan. El barco que tiene entre sus manos está muy avanzado. Sierra la madera, pone la quilla, el bauprés, la vela de trinquete… delante tiene una pequeña segueta que debe de manejar con soltura para no tener que recurrir a un serrucho de punta. De una pequeña caja sobresalen unas trenchas o formones con lámina de acero y su mango de madera.

También se ve una lima y unas pequeñas tenazas. Pero sobre todo destacan sus manos entre las velas y los mástiles, hábiles, rápidas, precisas. “Toda mi familia tiene una maqueta mía en casa, incluso ahora me dedico a rehabilitarlas”. Su actividad no se queda aquí. “Llegué a Ballesol Patacona porque creo que la vida era difícil en la soledad de tu domicilio”. Reconoce que los días y las noches se hicieron interminables “y ahora en mi casa de Ballesol Patacona disfruto de cada momento”. Agradece a la directora del centro, María Luisa Vivas, a Javier Simarro, a todos los trabajadores, “la cantidad y variedad de actividades que hago. Colaboro en el huerto social, hacemos monumentos falleros, otras manualidades…”. Y por supuesto, se apunta al bingo y a las salidas culturales. Siempre ocupado y con algo entre las manos. Así fue cómo empezó y así seguirá… por mucho tiempo.