WALDO, UN FUTBOLISTA DE CORAZÓN

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Para un futbolista jugar en Maracaná era lo máximo. Hacerlo con Brasil y con Pelé sólo estaba al alcance de los mejores. Waldo Machado lo fue. A ritmo de samba cualquiera recordaba una alineación de ensueño: Gylmar, Bellini, Garrincha, Quarentinha, Pepe, Dida, Zagallo, Pelé… y Waldo. Era la década del 60, cambios políticos, la moda hippie, los Beatles o los jeans campana. “Llegará un día que nuestros recuerdos serán nuestra riqueza” que decía el poeta y dramaturgo francés Paul Géraldy. Pero veamos cómo transcurrió la historia de Waldo hasta llegar aquí.
Nació en el país del fútbol, en Niterói, un municipio a diez kilómetros de Rio de Janeiro donde los sueños y las pesadillas conviven desde que eres un niño. Los padres de Waldo vivieron en el barrio de San Gonzalo, él como mecánico y ella en una fábrica de cerillas. Las inquietudes del pequeño corrían descalzas por las piedras que simulaban las porterías más que por granjearse un futuro que se estudiaba en una escuela que se derruía por la soledad de la asistencia de escolares. A los 10 años dejó de estudiar y trabajó como mecánico y en una fábrica de vidrio. “Salía de la escuela para jugar al fútbol hasta que mi madre me recogía malhumorada”, sonríe pícaramente en presencia de su hijo, Walmar, que le escucha admirado y adelanta una anécdota que marcó la vida de su padre. “Un directivo del Fluminense se fijó en él pero por la edad tuvo que empezar a jugar en el equipo de la Marina, y para ello le alistaron en el ejército” hasta que fichó por el equipo tricolor. “Con el primer sueldo les compré una casa a mis padres en el mismo sitio donde vivían”, añade Waldo con la misma humildad con la que reconoce que “lo que más me gustaba del fútbol es que conocía mundo, era gratis y encima me pagaban”.foto-cuando-fueron-a-fichar-a-waldo

Fichaje por el Valencia CF

El 21 de Junio de 1961, una vez finalizada la participación del Valencia en la Copa del Generalísimo, ocurrió uno de los acontecimientos más tristes de esta entidad. Walter Marciano, futbolista brasileño e ídolo del valencianismo, fallecía a consecuencia de un gravísimo accidente de coche. El partido homenaje se jugó contra el Fluminense… de Waldo -por aquel entonces ya era el máximo goleador de la historia de este equipo con 319 goles en 403 partidos- que destacó con dos goles. Su fichaje por el Valencia fue inminente. A los cuatro días ya estaba viajando un directivo para traerlo a España. Llegó con 26 años y un traspaso de 6 millones de pesetas. “Me vine con mi madre, mi mujer y Walmar (con 8 meses) al Hotel Londres hasta que nos fuimos a una casa, sin saber que esta sería la estancia de mi vida y un lugar maravilloso”. Con el Valencia CF marcó 157 goles en 294 partidos oficiales durante las nueve temporadas que jugó en este equipo. “Y eso que no tiraba penaltis como Ronaldo y Messi”, aunque fuese un virtuoso lanzador de faltas, rematador de cabeza y “O fenómeno” goleador, que dirían en Brasil. El mérito de su padre –puntualiza Walmar- también estaba en el esfuerzo, en el cuidado de un cuerpo musculado, fibroso e imponente en aquellos años en los que se imponía la velocidad, la exquisitez de un tacón o el ingenio camino de la portería. Ahí aparece el nombre de su mejor amigo. “Vicente Guillot era un fenómeno, nos entendíamos con los pies y con una mirada”. Esa que aún persiste cuando quedan para ordenar de recuerdos una amistad sostenida en la gloria -dos Copa de Feria y una Copa del Rey- e inquebrantable en la injusticia. “Cuando en abril de 1970 Di Stéfano decidió fichar por el Valencia, lo primero que hizo fue dar de baja a Waldo y Guillot… ¡¡si eran los ídolos de la afición!!”, exclama su hijo aún estupefacto, encogiendo los brazos y arqueando las cejas. “Ir con mi padre por la calle me recordaba a la película “Bienvenido Mister Marshall“. La gente iba detrás nuestra, lloraba de emoción, nos invitaban a comer”. Y él estaba encantado, cercano, afable…“todo bondad, para lo bueno y lo malo”, porque a veces esa inclinación a hacer el bien le enseñó los intereses más egoístas de los que estaban a su alrededor. Por suerte Waldo no dejó de marcar goles hasta su retirada. Se fue al Hércules donde jugó una temporada con su hermano Wanderley. Otro sueño cumplido.IMG_6943

Ballesol Burjassot

La humildad a veces se confunde con la falta de ambición. Desde que corrió descalzo detrás de una pelota hecha jirones, Waldo decidió jugar en el equipo contrario a la vanidad. “El Real Madrid de las seis Copas de Europa estuvo interesado en él, y aunque fue el último en enterarse, era feliz en el Valencia CF y querido en toda la ciudad. También le ofreció Telé Santana entrenar en los Emiratos Árabes, lo agradeció y enseñándole las instalaciones de Paterna rechazó la oferta”. Como dice el propio interesado, “puedo decir que nací dos veces, en Brasil y en Valencia”. Y aquí se quedó, entrenando a los niños de la cantera, apoyando a los veteranos, ayudando al necesitado, cuidando de su vejez en la residencia de Ballesol Burjassot, donde dice, “se está de maravilla porque se respira vida”. Y es verdad. Muchos días, cuando le visitan, se apresura a sentarse en la entrada de la residencia para retrotraerse a un escenario que encuentra coincidente con su etapa en Brasil. “El paisaje desde aquí es tan bello y parecido a aquellas concentraciones del Fluminense en el hotel que estaba debajo del Cristo Redentor”. Años después hay algo más que se repite. Escucha música brasileña para despertar sus emociones y aflorar recuerdos que amenazan con perderse de su memoria. Y así se atreve de carrerilla a recitar la alineación del Valencia CF que ganó la Copa de Ferias en 1962 al Barcelona: Zamora, Piquer, Quincoces, Mestre, Sastre, Chicao, Héctor Núñez, Guillot, Waldo, Ribelles y Yosu. En Ballesol –continúa- cuidan hasta el detalle más pequeño. “Me encanta la paella, pero ya he oído que me prepararán una feijoada”. Lo dice riéndose y con esa bondad y cariño que le convirtieron en persona y después en futbolista. Y es que su estancia en Ballesol Burjassot cabe también en la frase que muchas veces hemos repetido del guionista y director de teatro sueco, Ingmar Bergman. “Envejecer es como escalar una gran montaña: mientras se sube las fuerzas disminuyen, pero la mirada es más libre, la vista más amplia y serena”.