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	<title>Revista BALLESOL &#187; Desde mi Jardín</title>
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		<title>Las castañas</title>
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		<pubDate>Sat, 31 Dec 2011 23:00:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator>J. A. Marina</dc:creator>
				<category><![CDATA[Desde mi Jardín]]></category>
		<category><![CDATA[Revista 36 - Diciembre 2011]]></category>

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		<description><![CDATA[Algo le está pasando al otoño. Las hojas no acaban de caer. Se emperezan en las ramas, como si no se creyeran que ha llegado el invierno. Tal vez sea el cambio [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Algo le está pasando al otoño. Las hojas no acaban de caer. Se emperezan en las ramas, como si no se creyeran que ha llegado el invierno. Tal vez sea el cambio climático. Este año, las castañas han venido tardías. En mi infancia, su presencia era puntualísima. Unos días antes de la fiesta de los Santos, aparecían las castañeras, una mínima industria artesanal. Era delicioso acoger en las manos ateridas el calor del cucurucho. Me gusta recordar esas pequeñas experiencias que adornan nuestras vidas, y les animo a hacerlo. A mí siempre me ha encantado el olor de la ropa planchada, un aroma seco y hogareño, y también el de l a h ierba recién segada. Y e l m aternal olor a tierra mojada, cuando en pleno verano ha llovido en la lejanía, o el limpio frescor de las sábanas recién cambiadas. Podría añadir muchas otras experiencias que constituyen mi tesoro cordial. El ruido del agua al correr, o el caer del surtidor de una pequeña fuente en un carmen de Granada. El admirable sentimiento de mantener por primera vez el equilibrio en una bicicleta. La plenitud de un vaso de agua, tras haberme perdido durante una mañana por los caminos ardientes de la Castilla profunda. También me gusta el olor a estiércol, cuando lo esparzo en mi jardín, tal vez porque me parece que estoy dando de comer a mi querida huerta. Y la imagen del vuelo raudo de los vencejos en los atardeceres de verano, antes de que se adueñen del aire los misteriosos murciélagos, y que me recuerdan un verso de García Lorca: “Un cielo grande y sin gente, monta en su globo a los pájaros”.</p>
<p><strong><span style="color: #acc639;">&#8220;Unos días antes de la fiesta de los Santos, aparecían las castañeras, una mínima industria artesanal. Era delicioso acoger en las manos ateridas el calor del cucurucho.&#8221;</span></strong></p>
<p>Las castañas forman parte de ese particular museo de sensaciones. Y supongo que para muchos de ustedes también. En muchos lugares, la recogida de las castañas era una fiesta importante, que gozaba de ese aura anacrónico y mágico de las tradiciones milenarias. Se llama “magosto” en Galicia, “amagüesto” en Asturias, “magosta” en Cantabria, “gaztarreñe eguna” (dia de la castaña asada) o “gaztain jana” (comilona de castañas) en el País Vasco, “magusto” en Portugal, “castanyada” en Cataluña. No sé de donde viene su atractivo fantástico. Posiblemente de los tiempos prehistóricos, cuando la castaña era alimento principal. Influye, sin duda, la oscuridad de los bosques de castaños, el clima húmedo, la estación fría. La etimología de “magosta” indica también un pasado misterioso, aunque las opiniones se dividen. Unos piensan que procede del latín “magnum ustus”, que significa “el gran fuego”. Otros, que deriva de “magus ustus”, “el fuego mágico”. Lo constante en ambas posibilidades es el fuego. No hay magosta sin hogueras, en las que se asan las castañas, que estallan provocando castañazos. Reunidos alrededor del fuego, amparados por sus mil lenguas luminosas, oíamos contar historias de miedo, y nos recorría la espalda –fría y expuesta a la oscuridad- un estremecimiento delicioso. Nunca comprendí por qué podía disfrutar tanto con aquellos cuentos de aparecidos, que al mismo tiempo me espantaban. Tendré que incluir ese contradictorio recuerdo en mi museo particular de pequeñas experiencias inolvidables.</p>
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		<title>Rosas de otoño</title>
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		<pubDate>Wed, 31 Aug 2011 23:00:10 +0000</pubDate>
		<dc:creator>J. A. Marina</dc:creator>
				<category><![CDATA[Desde mi Jardín]]></category>
		<category><![CDATA[Septiembre 2011- NÚMERO 35]]></category>

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		<description><![CDATA[El comienzo del otoño tiene en el jardín un aire de bella madurez. Disfruto especialmente con las rosas. En la actualidad sólo cultivo una variedad de ellas, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El comienzo del otoño tiene en el jardín un aire de bella madurez. Disfruto especialmente con las rosas. En la actualidad sólo cultivo una variedad de ellas, la <a href="http://diasderosas.blogspot.com/2009/01/grandes-clsicoschrysler-imperial.html">Chrysler Imperial,</a> una rosa rojo oscuro, de más de cincuenta pétalos, que ganó el premio a la rosa más bella de Estados Unidos hace más de medio siglo. ¿Por qué sólo cultivo esa variedad? Por su aroma. Como han podido comprobar sin duda, las rosas modernas no huelen. Una sola de las mías perfuma una habitación.</p>
<p>Pues bien, las rosas de otoño son las más bellas del año porque el capullo madura antes de abrirse, alarga los pétalos y tiene una maravillosa y duradera floración. En cambio, las rosas de verano abren apresuradamente –a medio cocer, diríamos en argot culinario- y resultan achatadas por el sol de justicia. El segundo ejemplo de maduración son las uvas, que en este momento están doradas y en sazón. El jardín no es sólo un lugar para disfrutar y para trabajar, sino una permanente fuente de temas de meditación. Tengo mi biblioteca llenas de historias de los jardines, y varias de ellas mencionan en su título la palabra “paraíso”.</p>
<p>No me extraña, porque esa palabra significa “jardín” en persa. Pero hoy el otoño entrante me sugiere el tema de la madurez, que me interesa además como pedagogo. Decimos de una persona que está madura y de otra que no ha madurado en su vida. ¿A qué nos referimos?¿Cómo podemos determinar o medir la madurez? Solemos decir que es cuando los sentimientos, los comportamientos, los juicios se hacen estables, comprensivos, serenos, cuando podemos contemplar las cosas con perspectiva y ponernos en el lugar de los demás. Es una bella característica que tradicionalmente ha acompañado a la edad. Esta semana he estado en la <a href="http://www.uimp.es/">Universidad Menéndez Pelayo de Santander,</a> en el bellamente anacrónico palacio de la Magdalena, dando la conferencia inaugural de un curso sobre la imagen que dan de la vejez los medios de comunicación. He hablado de una “reivindicación de la ancianidad”, porque en un momento de cambios vertiginosos, de modas que pasan sin enraizar, de llamativas y efímeras olas de superficie, sólo los seniors estamos en condiciones de mantener y enseñar valores profundos que pueden olvidarse. Es fácil poner ejemplos. La buena educación, la cortesía, la urbanidad. Fuimos generaciones muy bien educadas. Otro ejemplo: el honor. Suena a rareza arcaica propia del teatro del siglo de oro, pero yo conocí todavía el tiempo en que dar la “palabra de honor” era el compromiso más fiable que podía dar una persona decente.</p>
<p>El pudor era otra virtud que conviene repensar. Por supuesto que podía ser una absurda mojigatería, pero al expulsar esta de nuestra vida, se nos fue el niño con el agua del baño. La esencia del pudor era que había aspectos que pertenecían a la intimidad, y que eso no se podían exhibir en público. Quien lo hacía era obsceno. Ahora hay un exhibicionismo zafio, y lo malo es que podemos acostumbrarnos y disfrutar con esa pornografía de las vidas privadas. En fin, mi mensaje en la Menéndez Pelayo fue que sin duda algunas generaciones de jóvenes manejan mejor el <a href="http://twitter.com/">twiter,</a> son habilísimos con juegos de ordenador, y tienen 728 amigos en <a href="http://www.facebook.com/">Facebook.</a> A mi me parece estupendo, pero no me siento acomplejado ante ellos. Yo se mucho mejor muchísimas otras cosas. De ahí mi idea de impulsar un movimiento de rebelión de los seniors.</p>
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		<title>Bancos de la memoria</title>
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		<pubDate>Tue, 31 May 2011 23:00:03 +0000</pubDate>
		<dc:creator>J. A. Marina</dc:creator>
				<category><![CDATA[Desde mi Jardín]]></category>
		<category><![CDATA[Junio 2011 - NÚMERO 34]]></category>

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		<description><![CDATA[Se ha puesto en marcha una iniciativa curiosa. Un Banco de memoria para que quien quiera pueda guardar allí sus recuerdos, sus historias personales. Me parece buena [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Se ha puesto en marcha una iniciativa curiosa. Un Banco de memoria para que quien quiera pueda guardar allí sus recuerdos, sus historias personales. Me parece buena idea, porque la experiencia de cada persona es irrepetible. La Historia, así, en grande, conserva los sucesos más importantes, pero no los pequeños acontecimientos cotidianos, las costumbres caseras. ¿Cómo va a recordar lo que hace sesenta años suponía para las familias tener una máquina de coser? ¿Se acuerdan de aquellas máquinas Singer, negras, con unas historiadas letras doradas, que tenían una forma vagamente parecida a una locomotora? ¿O las primeras neveras, en las que había que introducir las barras de hielo, que traían en unas carretillas? ¿O las primeras lavadoras o, mejor aún, el modo cómo se lavaba antes de que hubiera lavadoras? Hace unos años, con mis alumnos más jóvenes (16 años) hice un trabajo de investigación titulado “Sociología del recuerdo”. Mis alumnos procedían de treinta pequeños pueblos de los alrededores de la Sierra de la Cabrera, al norte de Madrid: El Molar, El Berrueco, Patones de arriba, Patones de Bajo, Torrelaguna, La Cabrera, etc. Les pedí que preguntaran a los más ancianos de su pueblo cosas acerca de su infancia. ¿Cómo eran las escuelas? ¿Cómo se hacían novios? ¿Iban de viaje de bodas? ¿A que jugaban? ¿Qué comían? El <blockquote class="pullquote pullquote_left"><p>La Historia, así, en grande, conserva los sucesos más importantes, pero no los pequeños acontecimientos cotidianos</p>
</blockquote> trabajo, que algún día publicaré, fue muy emocionante para los ancianos, que se sentían escuchados con gran interés por gente muy joven, y para mis alumnos, que no salían de su asombro al comprobar cómo habían cambiado los tiempos. Les extrañó mucho que no hubiera viaje de luna de miel, ni siquiera a Madrid, que está a unos cincuenta kilómetros. Uno de los abuelos, que había sido carrero, contó que tardaba dos días en llegar a la capital, al paso de sus bueyes. El primer día llegaba hasta Fuencarral –ahora un barrio de Madrid- y allí pernoctaba en la Posada de la Negra.</p>
<p>Recuerdo que en el centro de Toledo, donde yo vivía de niño, conocí todavía funcionando una posada de carreros, con sus cuadras y sus pesebres. Estaba ya de capa caída porque sólo se llenaba los martes, día en que los carros venían desde los pueblos al mercado. Eso da a la ciudad, en mi recuerdo, un aire todavía rural. Los carros de mulas subían por las empinadas cuestas, resbalando, entre los gritos de los muleros y el restallar de la tralla. En especial me acuerdo de unos que traían unas gigantescas calabazas a una fábrica de mazapán vecina a mi casa, para hacer con aquellos espectaculares frutos el “<strong>cabello de ángel</strong>”, el dulce de nombre más poético que conozco, mucho más incluso que el de “tocino de cielo” o el de “<strong>suspiros de monja</strong>”.</p>
<p>En el trabajo con mis alumnos hubo muchas cosas muy interesantes. Por ejemplo, las anécdotas del Rey de Patones. Según la leyenda, en ese empinado pueblecito hubo una monarquía rústica que duró hasta el siglo XVIII. Comprobé que la memoria selecciona sus recuerdos de forma conmovedora. Nuestros entrevistados apenas se acordaban del nombre de los alcaldes y, menos aún de los políticos de la capital. Pero todos recordaban el nombre de su maestra o su maestro. Esta permanencia es un callado homenaje a aquellas figuras cordiales, una victoria contra el tiempo.</p>
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		<title>Los oficios</title>
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		<pubDate>Mon, 28 Feb 2011 23:00:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator>J. A. Marina</dc:creator>
				<category><![CDATA[Desde mi Jardín]]></category>
		<category><![CDATA[Firmas]]></category>
		<category><![CDATA[Marzo 2011 - NÚMERO 33]]></category>

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		<description><![CDATA[He recibido un encargo y tal vez puedan ayudarme a cumplirlo. Me han pedido que recuerde los oficios que había en mi infancia y que ahora han desaparecido. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>He recibido un encargo y tal vez puedan ayudarme a cumplirlo. Me han pedido que recuerde los oficios que había en mi infancia y que ahora han desaparecido. De repente mi memoria se ha poblado de figuras cordiales que creía olvidadas. De niño, yo vivía en Toledo, en una plazuela céntrica y recoleta a la vez. Por las mañanas se oía a veces un pregón: “¡Lañero! ¡Estañador!”. Aparecía un hombre con unos aperos de trabajo al hombro, un banquito donde sentarse, y las amas de casa le llevaban los cacharros rotos o las ollas agujereadas para que los reparara. Me veo mirando absorto su trabajo, porque siempre me ha fascinado contemplar la habilidad de las personas. Las lañas eran unas grapas que se ponían en las cazuelas resquebrajadas. Hacía dos agujeritos con una especie de berbiquí, metía las patitas de la laña, y las ajustaba con unos golpecitos dados con un martillo muy pequeño, casi de joyero. Y con el estaño cerraba los agujeros que el largo uso había producido en los pucheros. En la actual cultura del usar y tirar, me resulta conmovedora esa necesidad de aprovechar lo usado, que dio origen a humildes artesanías de la austeridad y la pobreza. Zurcir, por ejemplo. Echar piezas a las sábanas. Dar vueltas a los trajes. Cambiar los cuellos de las camisas. Teñir de otro color las prendas en casa. Algunos han desaparecido por el <blockquote class="pullquote pullquote_left"><p>En esa cultura del reciclaje y de la autonomía, es comprensible que una máquina de coser fuera la propiedad más esencial de un ama de casa</p>
</blockquote>aumento del nivel de vida, otros por el progreso tecnológico. Por ejemplo, los vendedores de hielo. Iban por la ciudad con una carretilla en la que llevaban unas barras de hielo protegidas por arpilleras para evitar que se derritiesen. Lo más frecuente es que le pidieran una cuarta parte o un tercio de la barra, y entonces la partía con un hierro curvado y una gran habilidad. También han desaparecido los colchoneros, que aparecían periódicamente a rehacer los colchones de lana, a la que vapuleaban con unas curvadas varas de cerezo. Por supuesto, se extinguieron los carreros, a los que todavía conocí trasportando carbón por las calles de Toledo, con sus heroicas mulas que resbalaban y caían, y un borriquillo a la cabeza, supongo que para contagiarlas su tranquilidad y tozudez.</p>
<p>Camino del colegio pasaba por delante de una mercería donde, encerrada en una pequeña garita de cristal, una muchacha que me parecía muy guapa cogía los puntos a las medias. Extendía la parte dañada sobre la boca de un vaso, y la reparaba con la destreza de un cirujano. Los automóviles también se sometían a variadas operaciones rehabilitadoras. Cuando habían cogido holgura, los cilindros se rectificaban y luego se encamisaban. Las ruedas se recauchutaban para recuperar las estrías perdidas, de la misma manera que a nuestros zapatos de colegiales les echaban repetidamente medias suelas cuando se agujereaban.</p>
<p>En esa cultura del reciclaje y de la autonomía, es comprensible que una máquina de coser fuera la propiedad más esencial de un ama de casa. Aún conservo, como pieza de mi propio museo emocional, una antigua máquina Singer de mi madre, con su aspecto equívoco medio equino medio ferroviario. Su rítmico ruido, sus acelerones y pausas, forman parte del fondo musical de mi memoria.</p>
<p>Todos estos hechos y objetos trenzan la profunda historia de nuestra cultura cotidiana, de nuestro humilde arte de vivir y sobrevivir, y creo que hay que recordarlos no como curiosidad sino como homenaje al ingenio, y al ascetismo de aquellas generaciones. Por eso escribo sobre estos temas y por eso le pido su colaboración. ¿Recuerda usted alguno de estos oficios perdidos? Si es así, mándeme una carta contándomelo a través de la recepción de su residencia. Se lo agradeceré mucho. Y le contestaré.</p>
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		<title>Todos a la Escuela</title>
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		<pubDate>Tue, 30 Nov 2010 23:00:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>J. A. Marina</dc:creator>
				<category><![CDATA[Desde mi Jardín]]></category>
		<category><![CDATA[Diciembre 2010 - NÚMERO 32]]></category>

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		<description><![CDATA[Acabo de venir de la huerta. Hace frio, pero conviene cavar la tierra antes de que lleguen las heladas fuertes, porque así se queda suelta, preparada para la siembra de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Acabo de venir de la huerta. Hace frio, pero conviene cavar la tierra antes de que lleguen las heladas fuertes, porque así se queda suelta, preparada para la siembra de primavera. Si nieva, aún mejor. En Castilla se llamaba a la nieve “el abono del pobre”, porque esponja la tierra y la semilla se desarrolla más fácilmente. Me gusta mucho ver la tierra de los bancales bien rastrillada. El jardín en invierno tiene su propia belleza. Los pensamientos están en flor, a pesar del frio, y esto me parece una metáfora preciosa. Ya saben que tengo dos oficios. Soy jardinero –por eso les escribo desde mi jardín- y soy profesor de filosofía de gente muy joven. Ambas profesiones tienen muchos puntos en común. Tal vez recordarán que en los antiguos libros de educación se decía que educar a un niño era como cuidar de un tierno árbol, al que había que ayudar a crecer recto y frondoso. Lo cierto es que la palabra “cultivo” y la palabra “cultura” tienen la misma raíz. Cultivo melones y cultivo inteligencias juveniles. (Por favor, no hagan chistes). En los últimos años ha ocurrido un fenómeno muy interesante en el mundo educativo. Tradicionalmente, los libros de psicología de la educación se ocupaban de la infancia y de la adolescencia. Las cosas han cambiado, y ahora el periodo educativo se amplía hasta la ancianidad. ¿Cómo es posible? ¿Educarse durante toda la vida? Pues sí. De modo que prepárense. Todos deberíamos volver a la escuela. La educación trata de<blockquote class="pullquote pullquote_left"><p>La educación trata de desarrollar nuestros recursos personales para enfrentarnos a los problemas que la vida nos impone</p>
</blockquote>desarrollar nuestros recursos personales para enfrentarnos a los problemas que la vida nos impone. Cada edad tiene los suyos propios y deberíamos aprender a resolverlos en esa peculiar escuela. Los niños lo tienen aparentemente muy fácil. Pero sólo en apariencia. Recuerdo un caso ocurrido en una escuela de un barrio marginal de Nueva York. El profesor se dirige a una niña negra que está sentada en la primera fila. “Vamos a ver, Jane, ¿cuántas patas tienen los artrópodos?” Jane le mira desolada, da un profundo suspiro, y dice. “¡Ay, señor profesor, ¡ojalá tuviera yo sus mismas preocupaciones!” En efecto, la pobre niña, vecina de un barrio pobre, tenía unos problemas más dramáticos que los escolares.</p>
<p>¿Qué tendríamos que enseñar y aprender en una escuela para personas mayores? Pues el modo de enfrentarnos a las dificultades, problemas y conflictos que la edad hace más frecuentes. Unos tendrían que ver con la salud física, otros con el mundo de las emociones, los terceros con las relaciones con otras personas. Son asuntos que reclaman  una sabiduría y un tacto especial. Pero hay algo que me parece especialmente importante. Todos   necesitamos sentir que progresamos en algo. Estamos hechos así. No nos gusta sentirnos estancados, porque nos deprimimos. El niño dice muy orgulloso “¡Mira lo que hago!”, y esa maravillosa frase necesitamos decirla a cualquier edad. Tal vez piensen que es una pretensión insensata. ¿Es verdad que todos podemos progresar? No estaría mal que hiciéramos la prueba. No se trata de avances espectaculares, sino de pequeños retos vencidos. No vamos a correr los cien metros lisos, pero tal vez podamos subir diez escalones en vez de cinco, o aprender alguna cosa nueva, o ayudar a otra persona.</p>
<p>Estoy pensando en organizar una “Escuela para ancianos”. Puesto que hay “Jardines de infancia” debería haber también “Jardines de mayores”. Me sería de mucha utilidad que me ayudaran a diseñarlo. ¿Cómo les gustaría que fuera?¿De que les interesaría hablar? ¿Usted qué podría hacer? Si tienen alguna idea, escríbanla en un papel y digan en Recepción que me la envíen a la revista <a href="http://www.ballesol.es">BALLESOL</a>. A lo mejor lo pasamos muy bien realizando juntos este proyecto.</p>
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		<title>Ballesol los recuerdos</title>
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		<pubDate>Tue, 31 Aug 2010 23:00:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator>J. A. Marina</dc:creator>
				<category><![CDATA[Desde mi Jardín]]></category>
		<category><![CDATA[Septiembre 2010 - NÚMERO 31]]></category>

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		<description><![CDATA[Camino de Almería, el aire acondicionado del automóvil se me estropeó,  y, sin quererlo, recuperé experiencias antiguas. Atravesar  la meseta española, bajo un sol de justicia, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Camino de Almería, el aire acondicionado del automóvil se me estropeó,  y, sin quererlo, recuperé experiencias antiguas. Atravesar  la meseta española, bajo un sol de justicia, abriendo la ventana que sólo dejaba entrar un aire abrasador y un profundo olor a siega, me recordó mis primeros viajes en un 600 amarillo, que todavía conservo, y que había conseguido por enchufe. Cuando se lo cuento a mis alumnos, nacidos en una sociedad de la abundancia, no se creen que antes hubiera que buscar recomendación para comprar un automóvil. De mis experiencias mecánicas ya sólo puedo hablar con conductores viejos, que aún recuerdan, por ejemplo,  lo que era mover un camión sin tener dirección asistida. Entonces tenía sentido la expresión “brazos de camionero”, porque, en efecto, hacía falta mucha fuerza para conducir aquellos trastos. También les hablo de cuando se llevaban a recauchutar las ruedas, o de las operaciones a las que se sometía un motor: rectificar y encamisar los cilindros. Ahora se habla mucho de reciclar. ¡Aquella sí que era una cultura del reciclaje! ¿Qué era si no la técnica del zurcido de calcetines con la ayuda de un huevo de madera? ¿Qué me dicen del sistemático heredar de trajes de los hermanos mayores?¿Y de los puntos de las medias? Camino del colegio me detenía siempre frente a una mercería, donde, en una especie de garita acristalada, había una chica muy mona con una media extendida sobre la boca de un vaso,  remediando los  estragos del uso con un punzoncito. También había una depurada técnica para reciclar la comida. La croqueta solía ser el último estado de ese proceso.</p>
<p>Pensaba en estas cosas mientras atravesaba la Alcarria, y después de doscientos kilómetros, la experiencia naturista estaba dejando de tener  encanto. Estaba sudoroso, con la camisa pegada al respaldo, maldiciendo al mecánico que no me había revisado bien el coche, y pensando en detenerme en un hotel y esperar la llegada de la noche para continuar el viaje. En ese momento, <blockquote class="pullquote pullquote_left"><p>Desde entonces he creído que lo más parecido al cielo tenía que ser una mesa camilla</p>
</blockquote>sentí un movimiento de indignación contra mí mismo. ¡Pero qué blandito te has vuelto!, me dije. ¡Has pasado tres cuartas partes de tu vida pasando calor al viajar, y ahora parece que te fueras a deshacer como un polo por estar durante unas horas en un coche sin aire acondicionado! Entonces, mis recuerdos comenzaron a cambiar. Me acordé de lo inclemente que fue mi infancia –y la de casi todos. Mi familia vivía en un maravilloso e inhóspito caserón en Toledo. Con un patio, dos pozos, dos sótanos, uno de ellos sin final conocido, habitaciones cerradas desde hacía generaciones, y largos pasillos con ventanales. Como dicen los malos escritores, el frío que allí se pasaba no está descrito. No había, por supuesto, calefacción, y el único refugio era la mesa camilla y el brasero. Desde entonces he creído que lo más parecido al cielo tenía que ser una mesa camilla, y que la máxima liturgia celestial sería mover las brasas con la badila, para encandilarlas. De vez en cuando, alguno de los mayores daba una voz de alarma y todos se ponían muy nerviosos: ¡Había un tizo! Un tizo era un carbón de encina poco hecho, que echaba un humo desagradable y, según decían, tóxico. Todo el mundo había oído historias de personas imprudentes que se habían dormido sobre la camilla y habían pasado por la vía rápida de ese cielo cotidiano al cielo sin más, el de cinco estrellas.</p>
<p>Pensando en estas cosas, llegué a Almería. Disfruté de la brisa, y recordé la primera vez que vi el mar. Fue el mismo día que vi a una chica francesa con unos pantaloncitos cortos y unas larguísimas piernas bronceadas. Está visto que el día era propicio para los recuerdos.</p>
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		<title>Historias</title>
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		<pubDate>Mon, 31 May 2010 23:00:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator>J. A. Marina</dc:creator>
				<category><![CDATA[Desde mi Jardín]]></category>
		<category><![CDATA[Junio 2010 - NUMERO 30]]></category>

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		<description><![CDATA[Acabo de escribir una “Historia de la pintura”, con Antonio Mingote, un joven de noventa y dos años. Para mí ha sido una demostración del poder rejuvenecedor del entusiasmo, de la [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Acabo de escribir una “Historia de la pintura”, con Antonio Mingote, un joven de noventa y dos años. Para mí ha sido una demostración del poder rejuvenecedor del entusiasmo, de la importancia de tener proyectos, sea cual sea la edad que se padezca o disfrute. Mi relación con la pintura es muy personal y escasamente técnica. No me importa confesarlo, porque no soy un historiador ni un crítico profesional. Para mi uso propio divido los cuadros atendiendo a dos características. Primera: ¿Los tendría en mi casa o no los tendría en mi casa? Hay cuadros maravillosos que no me gustaría estarlos viendo todos los días. Segunda: ¿Me gustaría vivir dentro de ese cuadro? En algunos casos, desde luego. Por ejemplo, en los de Sorolla. Sus soleadas playas mediterráneas y arcaicas me parecen deliciosas. También me gustaría visitar los estupendos cuadros de interiores del siglo XVIII y XIX, que nos proporcionan una instantánea de la vida privada. Tengo delante de mí la reproducción de uno de ellos. Está firmado en 1739 por François Boucher, el pintor preferido de madame de Pompadour, y se titula “El desayuno”. En una habitación pequeña, ricamente decorada, con un gran espejo de marco dorado que la amplía, una dama desayuna con dos niños pequeños. Por aquellos años, Luis XV había introducido la costumbre de comenzar el día tomando una bebida caliente acompañada con unos panecillos recién hechos. Sus antecesores empezaban con una comida en toda regla alrededor de las diez, pero París, como el resto de Europa se había rendido al atractivo del chocolate y del café, y éstas eran las bebidas preferidas para el desayuno. Pedro el Grande de Rusia estuvo a punto de provocar una revolución al obligar a sus súbditos a que desayunaran a la francesa. Con ello pretendía inútilmente occidentalizar a la Rusia profunda y lejana.</p>
<p>Estas pequeñas historias me parecen deliciosas. Nos muestran la vida desde dentro, lo cotidiano, las costumbres. Pequeños hábitos cuyo recuerdo puede perderse. Me ocurre lo mismo con las historias de familia. Las escucho con verdadera delectación, porque me parecen más emocionantes<blockquote class="pullquote pullquote_left"><p>Les animo a que me escriban contándome alguno de sus recuerdos infantiles</p>
</blockquote> e imprevisibles que la más fantasiosa de las novelas. “La realidad sobrepasa la ficción”, como dice el proverbio. Todos somos archiveros de vidas pasadas y podríamos ser sus cronistas. Hace unos años pedí a mis jóvenes alumnos, que procedían de treinta pequeños pueblos de la sierra norte de Madrid, que preguntaran a sus vecinos más ancianos cuáles eran sus recuerdos más antiguos. Consiguieron una rica, variada y conmovedora información que tal vez publique algún día. Casi todos se acordaban del nombre de su primer maestro, de los juegos, de las fiestas, del primer viaje fuera del pueblo, de la primera chica o del primer chico, de los bailes y diversiones. Había anécdotas sorprendentes. Por ejemplo, que en un pueblito los alumnos tenían que llevar a la escuela su silla y, en invierno, un trozo de leña para la estufa. Y en otro, el maestro dejaba la escuela a media mañana, al cuidado del alumno más fiable, porque tenía que ir a vender pescado por el pueblo, con una carretilla. Es una pena que se pierdan esos retazos de vida. Por eso les animo a ustedes a que me escriban contándome alguno de sus recuerdos infantiles. Les voy a proponer un tema: los juegos. ¿A qué jugaban de niños? ¿Con quién, dónde, con qué o a qué jugaban?</p>
<p>Esta petición tiene un doble objetivo. El primero, ya lo he dicho: no olvidar las cosas pequeñas. El segundo se lo digo ahora: animarles a escribir. Creo firmemente en las virtudes terapéuticas de la escritura. Es una forma de expresarse y de comunicarse que está al alcance de todas las personas y que amplía nuestro paisaje interior. No se trata de hacer obras de arte, sino obras de vida. Poner en un papel los recuerdos ordenada, amorosamente y, a ser posible, con una cierta gracia. Cuidar el estilo es como cuidar los modales. Una cuestión de empeño.</p>
<p>Comenzaré dando ejemplo. Crecí en una gran casona de Toledo, que daba a una plazuela con una sola entrada, que era nuestro campo de juegos. Hasta los 12 o 13 años, jugábamos los niños del barrio. A partir de esa edad, nuestro horizonte se ampliaba y teníamos mas relación con los compañeros del colegio. Niños y niñas jugábamos separados. Cada estación tenía sus juegos. El otoño era futbolero. La primavera traía de nuevo a las calles las canicas y la peonza. El verano provocaba el paso de la niñez a la adolescencia con un reto: bañarse en el río y, más aún, atravesarlo. El Tajo es traicionero y uno de mis compañeros se ahogó. Una vez a la semana, nuestra plaza era invadida por carros que venían al mercado que se celebraba en el cercano Zocodover. Los juegos cambiaban, porque la presencia de tantas caballerías era un motivo especial de diversión. Un día, sentí tal fascinación por un burrito plateado, que quise robarlo, e intenté meterlo en el patio de mi casa. Otro día les contaré esta efímera vocación de cuatrero. Espero sus relatos, que pueden mandar a la dirección de la revista.</p>
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		<title>Pedagogía de la vejez</title>
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		<pubDate>Sun, 28 Feb 2010 23:00:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator>J. A. Marina</dc:creator>
				<category><![CDATA[Desde mi Jardín]]></category>
		<category><![CDATA[Marzo 2010 - NÚMERO 29]]></category>

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		<description><![CDATA[He estado unos días en Marrakesh, hospedado en un pequeño hotel que me recordaba la casa de Toledo donde pasé mi infancia. Las habitaciones daban a un patio íntimo,  [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>He estado unos días en Marrakesh, hospedado en un pequeño hotel que me recordaba la casa de Toledo donde pasé mi infancia. Las habitaciones daban a un patio íntimo, fresco y silencioso.  He aprovechado esas horas de sosiego para  adelantar el trabajo que tengo entre manos: una “Pedagogía de la vejez”. Es un tema que me interesa, sobre todo, desde que cumplí setenta años. Hasta no hace mucho tiempo se pensaba que la educación era cosa de niños, porque su objetivo era enseñar a crecer, a convertirse en adultos. Ahora estamos convencidos de que hay que aprender también a envejecer. La vida es siempre un proceso de desequilibrios y reequilibraciones. En cada edad nuestros deseos y las demandas de la situación nos plantean problemas o retos nuevos. Los niños tienen los suyos, los adultos tienen los suyos, los ancianos tienen los suyos. Es fácil hacer una lista: comenzar a andar, aprender a hablar, ir a la escuela, pasar a la enseñanza secundaria, la adolescencia, el descubrimiento de la sexualidad, las relaciones amorosas, el comienzo de la vida laboral, el matrimonio, los hijos, la jubilación, la vejez, son momentos que exigen de nosotros aprovechar los recursos que tenemos, y, con frecuencia, aprender a hacerlo.</p>
<p>Suelo explicar a mis alumnos jovencitos lo que es la inteligencia, comparándola con el juego del póker. Tanto en la vida como en el juego nos reparten unas cartas que no podemos elegir. Las cartas genéticas, económicas, sociales en un caso. Los naipes en el otro. Es evidente que hay <blockquote class="pullquote pullquote_left"><p>Ahora estamos convencidos de que hay que aprender también a envejecer</p>
</blockquote>cartas buenas y cartas malas, y que es mejor tenerlas buenas. Sin embargo, no siempre gana quien tiene las mejores cartas, sino quien sabe jugar mejor. Esta es posiblemente nuestra gran sabiduría: aprender a jugar bien con las cartas que tenemos en cada momento.</p>
<p>Hay un aspecto que me interesa mucho. Todos tenemos dos grandes necesidades: el bienestar y el sentimiento de que progresamos. Parece que lo único a que puede aspirar una persona anciana es a una cierta comodidad, y que el progreso es incompatible con la vejez, que se interpreta como una etapa de decadencia y no de progreso. Sin embargo, el gran recurso de una “pedagogía de la vejez” es proponer o al menos sugerir modos de progresar. ¿En qué? Cada uno de nosotros debemos proponernos alguna meta lo suficientemente difícil para que si la conseguimos nos sintamos orgullosos, pero no tan difícil como para las probabilidades de fracasar sean demasiado altas.</p>
<p>Tal vez el peligro mayor es la inactividad. Mantenerse activo física, intelectual y afectivamente es importantísimo. ¿Saben que andar favorece la producción de nuevas neuronas en el cerebro? ¿Y que es un antidepresivo fabuloso? Es sorprendente la relación que tiene el cuerpo y la mente. Doy muchas clases en las llamadas Universidades de la Tercera Edad. Es maravilloso ver cómo la alegría de aprender está más viva en esos alumnos que en mis otros alumnos adolescentes. Hace unos años llevé a cabo con mis alumnos una investigación sobre el recuerdo, entrevistando a los habitantes de una docena de pueblos de la sierra de la Cabrera, en Madrid. Los muchachos tenían que preguntar a los viejos del pueblo lo que recordaban de su infancia y de su juventud. Hicieron felices a estos ancianos, pero también los chicos quedaron sorprendidos por el interés de las cosas que contaban sobre un mundo que para ellos era lejanísimo. A mi me interesó otro aspecto de la experiencia: cómo aquellos personas parecían rejuvenecer porque, de repente, tenían un interés: recordar cosas importantes y contarlas a otras personas. Algún día publicaré sus recuerdos, porque me parecieron conmovedores.<br />
¿Por qué no escriben los suyos?</p>
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		<title>Paisajes</title>
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		<pubDate>Mon, 30 Nov 2009 23:00:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator>J. A. Marina</dc:creator>
				<category><![CDATA[Desde mi Jardín]]></category>
		<category><![CDATA[Diciembre 2009 - NÚMERO 28]]></category>

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		<description><![CDATA[Soy un gourmet paisajístico. No viajaría ni diez kilómetros para comer en un restaurante famoso, pero atravesaría medio mundo para disfrutar de un paisaje. Acabo de regresar de Boston. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Soy un gourmet paisajístico. No viajaría ni diez kilómetros para comer en un restaurante famoso, pero atravesaría medio mundo para disfrutar de un paisaje. Acabo de regresar de Boston. Su otoño tiene fama en el mundo por los coloridos que despliega. Abedules, castaños, robles, acacias, hayas, sorprenden con sus amarillos y rojos. Es el momento de esplendor de los bosques de Nueva Inglaterra. Cada paisaje tiene su instante glorioso. Como jardinero sé que un jardín no puede tener siempre la misma belleza, pero que es un logro conseguir que en todo momento haya algún rincón especialmente hermoso. ¿Qué paisaje recuerda usted como especialmente atractivo? Le voy a decir los míos: un amanecer en la isla de la Gomera, con nubes bajas que parecían incendiadas por el sol que aparecía sobre el mar; un atardecer en Bayona, con miles de gaviotas yendo a dormir a las playas de las islas Cíes; un interminable campo de Castilla dorado por la miel madura, las cataratas de Iguazú, bramando incansables, y el otoño de Boston.</p>
<p>En esta ocasión, no he viajado para ver paisajes. Junto a Boston, en el pueblecito de Cambridge, está la Universidad de Harvard, tal vez la mejor Universidad del mundo. Fui allí para enterarme de lo que se está investigando en este momento. En los laboratorios se diseña el futuro. Traigo algunas buenas noticias. Los últimos estudios sobre el cerebro humano demuestran que la capacidad de <blockquote class="pullquote pullquote_left"><p>Colecciono paisajes como otros coleccionan obras de arte. Creo que he visto los principales museos del mundo, y los más excelsos monumentos, y ahora prefiero contemplar la naturaleza.</p>
</blockquote>aprender –lo que se llama “plasticidad cerebral”- no desaparece nunca, y que aprender continúa siendo a cualquier edad una de las más profundas fuentes de satisfacción y de salud. Ya lo sabía, porque he dado muchas clases en Universidades de Mayores, y he visto el entusiasmo con que aprenden sus ancianos alumnos, pero ahora la ciencia confirma mi apreciación. Aprender es una de las experiencias cumbres de la humanidad.</p>
<p>Otra buena noticia está relacionada con esta. Nuevas pruebas demuestran que el ejercicio físico ayuda al mantenimiento y al desarrollo de la inteligencia a cualquier edad. Estos hallazgos me parecen sorprendentes, porque no se refieren a la “actividad mental”, que ya sabíamos que era buena, sino a la física: andar o hacer gimnasia, por ejemplo. Tercera noticia. El ejercicio es un poderoso antidepresivo. También lo sabíamos, pero ahora conocemos el mecanismo fisiológico que produce esos efectos, y no son mera ilusión sino un cambio real. La Universidad está muy interesada en estos temas porque ha descubierto que la ciencia del buen envejecer, en ingles la llaman “Aging”, puede ayudar a una parte importante de la población a vivir más feliz a cualquier edad. La felicidad es un cóctel que tiene tres ingredientes: el bienestar, la vinculación afectiva, y el sentimiento de que progresamos. Este es el que suele faltar en la vejez, pero las cosas pueden suceder de otra manera, si nos empeñamos. Soy pedagogo, me he dedicado toda la vida a la educación y, ahora que he cumplido ya los setenta años, me parece importante ocuparme de la educación de personas mayores. ¿No es esto una contradicción? ¡Educar a esa edad! ¡Qué bobada! Pues no lo es. Los niños deben tener una educación de niño, los adultos de adulto, y los ancianos de anciano. Cada edad tiene sus capacidades, sus limitaciones y sus retos. Siempre podemos progresar. Y esto me parece muy estimulante.</p>
<p>Como ya he cumplido setenta años, estas noticias me parecen estupendas.</p>
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		<title>Los Veranos</title>
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		<pubDate>Mon, 31 Aug 2009 23:00:16 +0000</pubDate>
		<dc:creator>J. A. Marina</dc:creator>
				<category><![CDATA[Desde mi Jardín]]></category>
		<category><![CDATA[Septiembre 2009 - NÚMERO 27]]></category>

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		<description><![CDATA[Hay una pequeña historia de las costumbres que se va perdiendo y que me gustaría ayudar a conservar. Por eso, les animo a que me manden los recuerdos de sus veranos infantiles. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Hay una pequeña historia de las costumbres que se va perdiendo y que me gustaría ayudar a conservar. Por eso, les animo a que me manden los recuerdos de sus veranos infantiles. Yo pasé los míos en Toledo, en un patio con aspidistras y sillones de mimbre. Toledo tiene el áspero honor de ser una de las ciudades más gélidas y más calurosa de la península, pero las casas antiguas, y yo vivía en una de ellas, estaban mejor protegidas contra el calor que contra el frio. Los braseros, que resultan muy cálidos en el recuerdo, calentaban muy poco en la realidad, y en cuanto uno salía de su círculo acogedor, se helaba. En cambio, en verano, los gruesos muros ofrecían una buena protección y, además, se practicaba la sabiduría de las corrientes de aire. Era todo un arte saber qué ventanas debían estar cerradas o abiertas a cada hora.</p>
<p>Hasta mediado de los años cincuenta no hubo en mi ciudad piscina pública, y cuando apareció la primera se dividió a los usuarios según las más estrictas normas de la moral vigente: los hombres por la mañana y las mujeres por la tarde, o al revés. Los chicos preferíamos irnos a bañar al rio, <blockquote class="pullquote pullquote_left"><p>Los veranos ya no son lo que eran. Los de mi niñez eran veranos sin veraneo y sin aire acondicionado. ¡Ah, y con muchas moscas!</p>
</blockquote>más animado y barato, y también más peligroso, porque el Tajo es traicionero. Uno de los ritos de paso de los adolescentes, era cruzar el rio a nado, y aún recuerdo lo interminable que se hacía esa primera travesía. Mis amigos y yo nos bañábamos en un lugar de importancia histórica. Es lo que tiene vivir en una ciudad como Toledo, que todo lo que hacíamos tenía como escenario un monumento, una ruina o una leyenda. Jugábamos en un torreón de la muralla, nos servían de frontón los muros del convento donde SantaTeresa escribió “Las Moradas”, y nadábamos en “el baño de la Cava”, que fue donde se decidió la venida de los árabes a España. Tras verla en el baño, el rey Rodrigo se enamoró libidinosamente de La Cava, hija del conde don Julián, y la deshonró. Como venganza, el conde don Julián facilitó la entrada en España de las huestes musulmanas. Tal vez por esa razón, como contaba con gracia Américo Castro, los cristianos medievales consideraban que bañarse era una actividad peligrosa y poco patriótica.</p>
<p>Por cierto, esta creencia duró hasta principios del siglo pasado. Sólo las recomendaciones higiénicas animaron a nuestros antepasados a tomar baños de mar (“baños de ola”, se llamaban), y tenían que hacerlo siguiendo un ritual numérico. No podían tomar los baños que quisieran sino siete o nueve, o un número cabalístico que he olvidado. El antipatriotismo del baño también duró mucho. Un famoso escritor falangista, don Enrique Giménez Caballero, explicó así la génesis de la guerra civil: “Si no hubiesen enseñado tanto los muslos las mujeres francesas en los vaudevilles y piscinas de París, donde se educaron nuestros republicanos; y si no se hubiesen entregado al culto del sol y del tueste en esas playas nórdicas que el “europeísmo” de hace algún tiempo puso de moda, quizá no hubiese estallado esta horrible Guerra Civil de España”.</p>
<p>Don Enrique tenía unas ocurrencias absolutamente turulatas. Durante una cena con Goebbels, el ministro de propaganda nazi, le propuso para unificar Europa que Hitler se casara con Pilar Primo de Rivera. En fin, son recuerdos suscitados por el verano. Ahora iba a hablarles de la “serpiente de verano”, que era una noticia casi siempre falsa que daba mucho juego a los periodistas durante el periodo de sequía vacacional, pero ya no tengo espacio. Queda en cartera para otra ocasión.</p>
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