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	<title>Revista BALLESOL &#187; M. López de Ayala</title>
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		<title>Cayetana</title>
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		<pubDate>Sat, 31 Dec 2011 23:00:18 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Mariano López de Ayala</dc:creator>
				<category><![CDATA[M. López de Ayala]]></category>
		<category><![CDATA[Revista 36 - Diciembre 2011]]></category>

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		<description><![CDATA[Deberías poner más cuidado a la hora de elegir la ropa que vas a ponerte. Ya se te pasó la edad de vestir con esas faldas, con esos pantalones, con esos colores [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Deberías poner más cuidado a la hora de elegir la ropa que vas a ponerte. Ya se te pasó la edad de vestir con esas faldas, con esos pantalones, con esos colores llamativos. A tus años lo que corresponde es usar una ropa discreta, de color oscuro o como mucho gris, que no destaque y que no llame la atención.</p>
<p>No está mal que quieras ir a la playa en verano, pero no nos escandalices utilizando esos bañadores que en una chica joven resultan graciosos y atractivos pero que en una persona como tú, con esos años, son patéticos y desagradables.</p>
<p>Tienes que ser razonable y darte cuenta de que con la edad que tienes ya no es aceptable verte ir de fiesta en fiesta, siempre alegre y sonriente, procurando no perderte ningún acontecimiento que pueda divertirte. Ha llegado el momento de que permanezcas el mayor tiempo posible retirada en tu casa y que únicamente te veamos asistiendo a reuniones familiares o a ceremonias en recuerdo de quienes nos van abandonando.</p>
<p>Hay que cuidar más las relaciones, por favor. A tus años las relaciones personales deben limitarse a la familia y a unos pocos amigos que, además, sean de tu misma edad y no llamen especialmente la atención por su estilo de vida.</p>
<p>Por supuesto que puedes tener una vida activa que te permita desarrollar tu autonomía personal. Podrías reunirte periódicamente con antiguas amigas con las que intercambiar comentarios sobre las enfermedades propias o ajenas, quizás dar paseos, recordar lo que fueron vuestras vidas. ¡Hay tantas cosas que podéis hacer las personas mayores!</p>
<p>Y claro que el amor tiene un lugar importante en tu vida. El amor a tus hijos, a los nietos, a quienes estuvieron y ya no están. Una persona como tú, con todo lo que has podido ver en tu vida, puede aportar muchísimo a quienes la rodean y entregarles todo su cariño.</p>
<p>Lo que tienes que comprender es que ya se te pasó la edad de enamorarte. Ya no es momento de empezar una nueva relación y mucho menos de casarse. Es ridículo. Ese comportamiento no es propio de una persona de tu edad y tu posición. ¡Imagínate lo que pasaría si quienes tienen tus años decidieran seguir tu ejemplo!</p>
<p>Hay una edad para cada cosa y a ti ya se te ha pasado la de hacer las cosas que haces y la de llevar la vida que llevas.</p>
<p>Seguir por ese camino no te llevará a nada bueno. ¡Hasta podrías ser feliz!</p>
<p>¡Olé, Cayetana!</p>
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		<title>Maravillas</title>
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		<pubDate>Wed, 31 Aug 2011 23:00:47 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Mariano López de Ayala</dc:creator>
				<category><![CDATA[M. López de Ayala]]></category>
		<category><![CDATA[Septiembre 2011- NÚMERO 35]]></category>

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		<description><![CDATA[Hace ya tiempo que me muevo constantemente acompañado de un teléfono móvil (o portátil, como prefieran) que me ofrece multitud de ventajas y prestaciones. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Hace ya tiempo que me muevo constantemente acompañado de un teléfono móvil (o portátil, como prefieran) que me ofrece multitud de ventajas y prestaciones. Hay entre ellas una que siempre me ha parecido de especial utilidad: aquella que permite ver e identificar a la persona que me está llamando. ¡Lástima que los caracteres de la pantalla sean tan pequeños que me obliguen a recurrir a las gafas para verlos! Mi vista ya no es la que era y para cuando he conseguido encontrar las gafas, ponérmelas y mirar la pantalla la persona que me llamaba, cansada de esperar, ha colgado. Bien es cierto que todo este proceso sirve para que sea yo el que tenga que llamar entonces incrementando así mi factura telefónica.</p>
<p>También dispongo en el coche de un espléndido cuadro de instrumentos que me informa de la velocidad a la que circulo, de la temperatura, de la hora, de los kilómetros que puedo recorrer con la gasolina que queda en el depósito y de otras múltiples cuestiones a algunas de las cuales todavía no les he encontrado demasiada utilidad. ¡Lástima también que la distancia a la que se encuentra y el tipo de iluminación no me faciliten su lectura! Podría recurrir otra vez a las gafas, pero no me compensa demasiado saber la hora o la temperatura a cambio de no ver la carretera.</p>
<p>¿Qué decir de los actuales aparatos de televisión y de los mandos que permiten manejarlos a distancia? Cambiar de canal, variar el volumen, partir la pantalla viendo dos o más programas a la vez, manejar todos los aparatos audiovisuales con un único mando y tantas funciones a nuestro alcance. ¡Lástima que las únicas teclas que soy capaz de usar son aquellas de las que he memorizado su posición! Las restantes ni las veo (y todo esto sin entrar en detalles sobre lo que ocurre cuando hay que programar el mando). Era todo más sencillo cuando el mando a distancia funcionaba por la voz: ¡niño, levántate y cambia de canal!</p>
<p>Sin olvidar todo el resto de maravillas que tenemos a nuestra disposición: medicamentos con una información detallada sobre su composición y efectos; alimentos que nos señalan la fecha antes de la cual debemos consumirlos; relojes capaces de medir nuestra presión sanguínea además de indicarnos la hora en diversos lugares del mundo; aparatos capaces de almacenar cientos de canciones y reproducirlas a nuestra voluntad; cajeros automáticos por todas partes que nos permiten disponer de dinero; etiquetas que nos informan de la composición de cualquier prenda de vestir además del lugar en el que ha sido fabricada. Cada vez más información en espacios más pequeños (¿quién es capaz de verla?).</p>
<p>Si hasta ahora lo he conseguido supongo que podré sobrevivir imaginando lo que pone en todos estos lugares.</p>
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		<title>¡Abre los ojos!</title>
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		<pubDate>Tue, 31 May 2011 23:00:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Mariano López de Ayala</dc:creator>
				<category><![CDATA[M. López de Ayala]]></category>
		<category><![CDATA[Junio 2011 - NÚMERO 34]]></category>

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		<description><![CDATA[Cuando los días se alargan y el calor nos llena el cuerpo, alargando también nuestra memoria, cuando la luz se hace presente con más fuerza que en cualquier otro [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Cuando los días se alargan y el calor nos llena el cuerpo, alargando también nuestra memoria, cuando la luz se hace presente con más fuerza que en cualquier otro momento, cuando las noches nos invitan a alargar el día, basta con cerrar entonces los ojos y sentir todos esos colores entre los que hemos vivido y que nos embriagan con su presencia.</p>
<p>El color verde de los árboles bajo los que pasábamos la tarde mirando los remolinos del río y el color amarillo de los campos lejanos moteado del rojo efímero de las amapolas.</p>
<p>La mezcla del albero, el grana y oro, el blanco y el rojo vivo de la fiesta en la plaza donde los maestros jugaban con la vida y el arte se enrocaba en el engaño.</p>
<p>El color brillante de tus ojos sin fondo en los que mi esperanza y tu alegría se mezclaron.</p>
<p>Azules profundos en el cielo y azules tibios sobre las olas donde siempre encontraba la seguridad de tu mano y cualquier preocupación perdía peso e importancia.</p>
<p>La azalea extendiéndose como una bata de cola sobre el empedrado de Santa Cruz y dejándonos sin respiración y sin fuerzas para apreciar el blanco del jazmín que daba vueltas en torno a los cipreses con la pasión de un enamorado.</p>
<p>Y sigo con los ojos cerrados y no puedo dejar de ver los reflejos que parpadean en tu pelo, el color de tu respiración en el frío, las señales oscuras que tus manos dejaban en la arena y las vetas plateadas en el cielo.</p>
<p>Te engañaría si dijese que es eso todo lo que veo. También me encuentro con el negro que rodeaba las pérdidas y ha dejado para siempre su tinte en las ausencias. Ese gris tormentoso que nos invadía muchas más veces de las que nos gustaría recordar. El verdoso de la niebla con la que, airados sin sentido, nos envolvíamos.</p>
<p>Y no me importa la mezcla porque los unos no existen sin los otros y nunca se me ocurriría trocear el arco iris.</p>
<p>Todo eso es lo que está ahí esperándote. No tienes más que mirar. Es una buena razón para abrir los ojos.</p>
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		<title>Por ellas</title>
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		<pubDate>Mon, 28 Feb 2011 23:00:41 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Mariano López de Ayala</dc:creator>
				<category><![CDATA[M. López de Ayala]]></category>
		<category><![CDATA[Marzo 2011 - NÚMERO 33]]></category>

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		<description><![CDATA[Supongo que al principio, aunque hubiera más, únicamente dos estaban ocupadas. El resto estaban allí esperando a los que debían llegar más tarde. Poco a poco todas fueron [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Supongo que al principio, aunque hubiera más, únicamente dos estaban ocupadas. El resto estaban allí esperando a los que debían llegar más tarde.</p>
<p>Poco a poco todas fueron recibiendo a quien iba a ser su ocupante habitual. Nosotros nos acomodamos a ellas y ellas se acomodaron a nosotros, de manera que cuando, imprevisiblemente, alguien cambiaba su sitio ellas y nosotros nos encontrábamos fuera de lugar, con la misma sensación rara que produce ponerte ropa de otros.</p>
<p>Siempre quedó alguna vacía, reservada para los que pudieran aparecer de manera accidental. Y todos la ignorábamos como si no formase parte de nuestra vida. Y cuando la mirabas te sorprendía su presencia y la tristeza con la que nos observaba sabiendo que nunca iba a tener una compañía estable.</p>
<p>Las recuerdo en torno a la mesa, esperándonos y siempre dispuestas a acogernos para ofrecernos a cada uno de nosotros la visión de todos los demás.</p>
<p>También recuerdo cómo participaban con nosotros cuando teníamos una celebración especial y, entonces, iban cambiando sus posiciones y se agrupaban hacia un lado de la mesa haciendo que todos nosotros estuviésemos más cerca unos de otros. Incluso había que buscar algunas en otros sitios porque con todas ellas no era suficiente. En esos momentos sí se notaba de verdad cuáles de ellas formaban parte de nuestro día a día y cómo se distinguían de aquellas otras que estaban allí de paso.</p>
<p>Con el paso del tiempo empezaron a quedarse solas y vacías. Poco a poco nos íbamos alejando iniciando vidas distintas a las que ellas no podían incorporarse. Otras se quedaron abandonadas por aquellos que dejaron de estar entre nosotros. A veces volvíamos a juntarnos y, entonces, nos recibían como si nunca nos hubiéramos alejado, como si no nos hubiésemos, ellas y nosotros, echado tanto de menos.</p>
<p>Y otra vez, como al principio, únicamente dos de ellas se encontraban ocupadas. El resto esperaban a quienes ya no iban a volver salvo en raras ocasiones.</p>
<p>Tiempo después esas dos también se quedaron vacías y dejaron de moverse y de notar unas manos acariciándolas todos los días.</p>
<p>Y hoy vuelvo a verlas a todas ellas en torno a la mesa y se, y ellas también lo saben, que únicamente en apariencia están solas. Porque nos sigo viendo a todos sentados en ellas, cada uno en nuestro sitio, en ese que ocupábamos sin pensarlo. Porque estáis cada uno en vuestra silla y yo, desde la mía y gracias a todas ellas, os estoy viendo como si siguiéramos todos juntos. Porque gracias a estas sillas todos seguimos teniendo nuestro lugar en casa.</p>
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		<title>No podía dejar de mirarte.</title>
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		<pubDate>Tue, 30 Nov 2010 23:00:30 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Mariano López de Ayala</dc:creator>
				<category><![CDATA[M. López de Ayala]]></category>
		<category><![CDATA[Diciembre 2010 - NÚMERO 32]]></category>

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		<description><![CDATA[No se que pensarías cuando nuestras miradas se cruzaron. Posiblemente ni me vieras. No formaba parte de tus preocupaciones porque no necesitaba tu atención [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>No se que pensarías cuando nuestras miradas se cruzaron. Posiblemente ni me vieras. No formaba parte de tus preocupaciones porque no necesitaba tu atención ni tus cuidados.</p>
<p>Te veía cansada. Tus ojos delataban que una <span id="more-3429"></span>parte de ti estaba en otro lugar. Agitabas la cabeza como si intentaras vaciarla de todo lo que no querías tener en su interior.</p>
<p>Arrugabas la frente como si así pudieses también arrugar y hacer más pequeños los problemas que habías dejado en casa. Y, mientras te miraba, intentaba imaginar qué era lo que tanto te angustiaba: ¿un padre enfermo? ¿un hijo en dificultades? ¿problemas con tu pareja? ¿dificultades económicas? Fuese lo que fuese, lo cierto es que todo tu cuerpo decía a gritos que no te sentías con muchas fuerzas para seguir adelante, que la vida estaba siendo demasiado dura contigo y que necesitabas descansar sin que nadie viniera a añadir más preocupaciones y problemas a los que tú ya tenías.</p>
<p>Y entonces, mientras no podía dejar de mirarte y te veía cansada, te llamaron y pidieron tu ayuda.</p>
<p>Tanto te miraba que ya no recuerdo si era una señora que quería levantarse del sillón, o era un señor que pedía ayuda para que le acompañaran al baño, o eran unos familiares que querían informarse sobre un pariente.</p>
<p>No recuerdo nada de lo que te pidieron ni quien lo hizo. Únicamente recuerdo que no pude dejar de mirarte porque, entonces, tu cuerpo se enderezó, tus hombros se alzaron, y tus ojos brillaron como si en este mundo no hubiese nada más importante que esa persona que había pedido tu ayuda, como si para ti no existiera ningún otro problema que mereciese tu atención.</p>
<p>Y entonces, mientras te miraba, comprendí que así era como realmente pensabas y sentías. Que esa sonrisa, esa amabilidad y ese cariño no eran ficticios. Que tus problemas y preocupaciones nunca impedirían que prestaras la mejor de tus atenciones a las personas que las necesitaban.</p>
<p>En España cerca de 200.000 personas trabajan en Centros Residenciales de Atención a Personas Mayores entregando todo su esfuerzo y profesionalidad y poniendo a disposición de quienes en ellos residen y de sus familiares y allegados su mejor capacidad y dedicación.<br />
Y no puedo dejar de mirarles.</p>
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		<title>Tal como me lo contaron</title>
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		<pubDate>Wed, 01 Sep 2010 08:00:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Mariano López de Ayala</dc:creator>
				<category><![CDATA[M. López de Ayala]]></category>
		<category><![CDATA[Septiembre 2010 - NÚMERO 31]]></category>

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		<description><![CDATA[Se levantó temprano, aún más de lo que en él era habitual. Ya hacía tiempo que no necesitaba dormir demasiadas horas y, además, su cuerpo no aguantaba mucho tiempo en la misma [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Se levantó temprano, aún más de lo que en él era habitual. Ya hacía tiempo que no necesitaba dormir demasiadas horas y, además, su cuerpo no aguantaba mucho tiempo en la misma posición sin que empezaran a dolerle partes del mismo de las que casi ni se acordaba.</p>
<p>Dedicó toda su atención a lograr un aspecto impecable: un esmerado aseo, un afeitado perfecto, incluso aquella colonia de la que normalmente no hacía uso.</p>
<p>No le resultó sencillo elegir la ropa adecuada. El resto de los días tenía por costumbre escoger aquella que le resultaba más cómoda sin preocuparse excesivamente por las combinaciones de colores ni revisar si estaba perfectamente planchada. Tampoco le daba demasiada importancia al resultado final; los espejos le devolvían una imagen tan conocida que ya ni le prestaba atención.</p>
<p>Pero aquel era un día especial y buscó aquella camisa que resaltaba con el color de su piel y aquella chaqueta que recibió como regalo y que tanto apreciaba. Tuvo que echar mano de la plancha para conseguir que el pantalón presentara una única raya en lugar de las múltiples que normalmente lo adornaban.</p>
<p>Casi se le olvidó revisar los zapatos, pero antes de salir de casa recordó lo importante que era ese último detalle, las veces que le había llamado la atención sobre ello y dedicó un especial cuidado a lograr arrancarles un llamativo brillo.<br />
Un último vistazo al espejo de la habitación le convenció de haber logrado su objetivo, por lo que, poniéndose la alianza que tanto quería, enderezó con esfuerzo la espalda, abrió la puerta y se enfrentó a la luz de la calle con una sonrisa y con la ilusión del que está convencido de que va a tener un gran día.</p>
<p>No podía dejar de llamar la atención en el café donde solía desayunar y, naturalmente, no podían dejar de decírselo.<br />
¡Vaya elegancia! ¿Vas de fiesta?</p>
<p>Satisfecho del efecto causado les explicó que iba a ver a su mujer a la residencia en la que se encontraba ingresada. Hacía tiempo que no había podido visitarla porque había pasado unos meses en el hospital pero hoy la vería de nuevo.<br />
¡Que mérito tienes!, le dijeron. Todo este tiempo yendo a verla cuando ella ni se da cuenta de tus visitas, y además arreglándote tanto y ella ni siquiera se acordará de ti.</p>
<p>Eso no es lo importante, les contestó, porque ¿sabéis? yo sí me acuerdo de quien es ella.</p>
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		<title>Pobre de mí</title>
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		<pubDate>Mon, 31 May 2010 23:00:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Mariano López de Ayala</dc:creator>
				<category><![CDATA[M. López de Ayala]]></category>
		<category><![CDATA[Junio 2010 - NUMERO 30]]></category>

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		<description><![CDATA[Casi ni me acuerdo de cuando se acabaron las fiestas de San Fermín. Afortunadamente ya están aquí otra vez. Y las del Carmen. Y la Virgen de Agosto. Y las innumerables celebraciones [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Casi ni me acuerdo de cuando se acabaron las fiestas de San Fermín.</p>
<p>Afortunadamente ya están aquí otra vez. Y las del Carmen. Y la Virgen de Agosto. Y las innumerables celebraciones de Septiembre. Algunos, incluso, podrán disfrutar de esas eras que nos llenaban el cuerpo de paja y grano.</p>
<p>El invierno toca a su fin y nuestros huesos se van acomodando a un tiempo más cálido y luminoso, con todos los olores del verano golpeando nuestros sentidos.</p>
<p>Todo verdea mientras los días se alargan y van arrancando una gama de amarillos y rojos que nos dañan los ojos pero de los que no podemos apartar la mirada mientras el calor del suelo sube por nuestro cuerpo.</p>
<p>Y el tiempo vuelve a ser nuestro.<br />
Prepárate porque vamos a utilizarlo como si nunca lo hubiéramos hecho.<br />
Dando satisfacción a nuestras pequeñas e importantes aspiraciones: un desayuno sintiendo como el frescor de la noche va dejando paso a la calidez de la mañana; la quietud del mediodía que con su calor aplasta nuestras fuerzas y aumenta el sentimiento de la compañía; un paseo cuando la tarde empieza a refrescar; y esas noches luminosas con millones de estrellas guardándonos y encendiéndose únicamente para nosotros.</p>
<p>Me vas a decir que no tengo grandes aspiraciones. Me dirás que debería plantearme objetivos más ambiciosos: viajes, países lejanos, otras culturas, otras tierras, otros mares. Pensarás que me conformo con poca cosa y que otra vez estoy echando a perder la oportunidad que este tiempo me ofrece.</p>
<p>Pero bien sabes, porque llevamos muchos años hablando de lo mismo, que al final nunca nos arrepentimos de haber empleado nuestro tiempo en vivir juntos, simplemente un día detrás de otro, disfrutando de su sencillo contenido: mirarnos cuando abrimos los ojos y nos descubrimos; sorprendernos con nuestra presencia; recorrernos por caminos conocidos donde nuestras manos se acoplan en moldes perfectos; escuchar una respiración que, tantas veces oída, casi ni distinguimos de la nuestra propia; disfrutar de nuestras imperfecciones; echarnos de menos hasta cuando estamos juntos.</p>
<p>Para todo eso no nos hacen falta aviones, trenes, carreteras, puertos.</p>
<p>Para todo eso nos basta con el tiempo que ahora se nos ofrece en una cantidad que parece nunca agotarse.</p>
<p>Para todo eso nos basta con la luz que se extiende más allá de donde debería empezar la noche.</p>
<p>Y, naturalmente, con San Fermín que viene ya a acompañarnos.</p>
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		<title>Tiempo</title>
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		<pubDate>Sun, 28 Feb 2010 23:00:21 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Mariano López de Ayala</dc:creator>
				<category><![CDATA[M. López de Ayala]]></category>
		<category><![CDATA[Marzo 2010 - NÚMERO 29]]></category>

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		<description><![CDATA[Creemos tener todo el tiempo del mundo. Por eso cuando la vida nos golpea, lo que sucede con más frecuencia de la deseada pero con menos de la que nuestras quejas dan a entender, [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Creemos tener todo el tiempo del mundo. </strong>Por eso cuando la vida nos golpea, lo que sucede con más frecuencia de la deseada pero con menos de la que nuestras quejas dan a entender, no tenemos ninguna prisa en levantarnos. Podemos dar infinitas vueltas en el suelo. Llorar durante horas y días enteros. Disfrutar de nuestra amargura y dedicar un tiempo indefinido a odiar ese mundo que tan injusto es con nosotros.</p>
<p>Pensamos que siempre habrá otra oportunidad. Por eso somos capaces de renunciar sin demasiado esfuerzo a disfrutar de las ocasiones que se nos ofrecen. No importa perderse un amanecer, una mirada, un beso, una sonrisa, porque es seguro que se presentará una segunda y una tercera oportunidad.</p>
<p>Y convencidos, como estamos, de que siempre tendremos tiempo más adelante tampoco es muy grave si discutimos, nos arrojamos palabras y gestos inmerecidos y permanecemos días procurando ignorarnos. Siempre será posible una reconciliación. Siempre queda tiempo para curar esas heridas que nosotros mismos nos hemos producido.<br />
Dejamos para más adelante la lectura de ese libro que nos han recomendado, ya lo haremos en otro momento. Ya veremos esa película la próxima semana, o la otra. Ya te diré mañana cuanto te necesito.</p>
<p>Y todo esto para terminar descubriendo que mañana será un día diferente. Que la semana próxima, el mes siguiente, no tienen nada que ver con el presente y que no nos ofrecen lo que ahora tenemos a nuestro alcance.<br />
Ese amanecer que hemos dejado de ver no vuelve nunca. Esa caricia que negamos no podremos volver a hacerla (o a recibirla). Los besos que no damos se pierden definitivamente. Los días que hemos dejado transcurrir enfadados, sin hablarnos, son días desperdiciados en los que no disfrutamos de nuestra compañía. Las heridas que causamos siempre dejan cicatrices y un punto inmerecido de infelicidad.</p>
<p>Nunca es sencillo permanecer mucho tiempo enfadado, tener la necesaria fuerza de voluntad y capacidad de concentración para conservar el rencor. Pero además resulta ser un desperdicio porque si mi enfado y rencor se dirigen a quienes quiero ya sé que no durará demasiado y si es por quienes no siento aprecio ¿por qué voy a sentir rencor?</p>
<p>¿Qué sentido tiene perderme la luz del cielo y el brillo de tus ojos cuando sonríes?</p>
]]></content:encoded>
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		<title>Manos Dame la mano</title>
		<link>http://www.revista-ballesol.es/firmas/m-lopez-de-ayala/manos-dame-la-mano/</link>
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		<pubDate>Mon, 30 Nov 2009 23:00:05 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Mariano López de Ayala</dc:creator>
				<category><![CDATA[M. López de Ayala]]></category>
		<category><![CDATA[Diciembre 2009 - NÚMERO 28]]></category>

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		<description><![CDATA[Mira como nuestras manos se juntan y escucha lo que se dicen una a otra y lo que se cuentan sobre lo que pensamos y sentimos.Mi mano que apenas se atreve a rozar la tuya. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Mira como nuestras manos se juntan y escucha lo que se dicen una a otra y lo que se cuentan sobre lo que pensamos y sentimos. Mi mano que apenas se atreve a rozar la tuya. ¿Notas que no quiero que te vayas? Tu mano que se desliza sobre la mía reconociendo un terreno tantas veces recorrido, un lugar seguro y tranquilo.Esa mano con la que me tocas la cara cuando la salud no me acompaña. Ese contacto por el que casi merece la pena estar enfermo. Unas manos que se entrelazan como si pudiésemos estar todavía más unidos. Que se aprietan suavemente para recordarnos que estamos juntos. Que mueven los dedos para decirse lo que las palabras nunca podrían expresar. Dame la mano cuando vengas a verme y déjala que hable. Me va a contar cuánto te cuesta verme así. Cómo te gustaría recordarme únicamente como era antes, cuando te conocía y sabía recordar cada uno de tus gestos, cuando me adelantaba a tus palabras y adivinaba lo que ibas a decir porque yo iba a decir lo mismo. Dame esa mano y déjame sentirla. No pienses que no me doy cuenta de lo que sientes, de las dudas que tienes, de las ganas de saber si me entero de que has venido, de saber si mañana me acordaré de ti o tendrás que empezar de nuevo a contarme quién eres.<br />
Quizás te han contado que, desde que empecé a olvidarme de las pequeñas cosas, cada vez soy menos consciente de lo que me rodea. Que la enfermedad, aunque mi cuerpo no la manifieste, avanza y ya no soy capaz ni de reconocerme a mí mismo. Que la evolución del Alzheimer es así y debes acostumbrarte a ser una extraña para mí. Pero nuestras manos dicen algo diferente. Lo sabes cuando tomo tu mano entre las mías y la estrujo con fuerza para poder, como siempre, verte cada día con ojos nuevos. Lo sabe tu mano cuando la mía intenta evitar que la sueltes y se duele y languidece cada vez que intuye que estás triste. Lo saben tus manos cada vez que las acaricio y recuerdan todos los momentos que han vivido, todas las lágrimas que han secado, todas las risas que han dibujado. Pasa un momento tu mano por mi cara y déjala recoger todo lo que ya no soy capaz de decirte pero todavía pienso y siento.</p>
<p>No te asustes cuando mi mano busque tus brazos, tu cara y tu cuerpo: sólo quiero contarte que te comprendo, que te acompaño y que sigo siendo yo mismo. Dame tu mano y siente como la mía grita que sé quién eres y no podré nunca olvidarte.</p>
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		<title>Todo empieza en Septiembre</title>
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		<pubDate>Mon, 31 Aug 2009 23:00:16 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Mariano López de Ayala</dc:creator>
				<category><![CDATA[Firmas]]></category>
		<category><![CDATA[M. López de Ayala]]></category>
		<category><![CDATA[Septiembre 2009 - NÚMERO 27]]></category>

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		<description><![CDATA[Hasta ese año todos los anteriores nos había acometido la misma sensación: septiembre era un mes final, un mes que se situaba al término del camino. Se terminaban las vacaciones [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Hasta ese año todos los anteriores nos había acometido la misma sensación: septiembre era un mes final, un mes que se situaba al término del camino. Se terminaban las vacaciones; se terminaba el verano; se terminaba el buen tiempo y, en muchas ocasiones, se terminaban esas amistades que habíamos forjado con la luz de julio y el calor de agosto.</p>
<p>Era inevitable la pesadumbre que se apoderaba de nosotros cuando inevitablemente debíamos volver a una rutina que se nos hacía lejana y extraña. Se contagiaba esa depresión de la que a nuestro alrededor se hablaba entre los compañeros de trabajo o de estudio, entre nuestros familiares y amigos. Pero aquel año, a pesar de todo ello, era difícil que de nuestras caras se borrase esa sonrisa de satisfacción que no pasaba desapercibida por muchos esfuerzos que quisiéramos hacer. Esa sonrisa apenas mostrada que no terminó de ser comprendida por quienes la veían y a la que únicamente nosotros éramos capaces de encontrarle sentido. Lo apuntamos con los primeros calores.</p>
<p>Lo definimos a lo largo del verano y ahora, en septiembre, lo comenzábamos con toda la energía que el futuro nos pedía. ¿Por qué íbamos a deprimirnos si el resto de nuestra vida empezaba ahora? Septiembre ha sido desde entonces el momento en el que todo empieza. Empieza el nuevo curso lleno de buenos propósitos que, sin remordimientos, casi nunca llevaremos a cabo. Empieza un tiempo en el que saborear todos los recuerdos y experiencias que hemos acumulado. Por supuesto, empieza la nueva temporada de fútbol que tanto hemos echado de menos en estos meses. Y por encima de todo empieza un nuevo año en el que revivir y seguir viviendo aquella ilusión con la que continuamos la aventura de aquel verano y de todos los que después deberían venir. De todos los meses y estaciones del año en las que seríamos capaces de descubrir juntos olores, colores y luces que septiembre comenzaba a apuntar.<br />
¿Quién dijo que todo terminaba en septiembre? ¿Cómo iba a terminar si justo en ese momento lo estábamos empezando? Recuperar nuestra vida corriente, nuestros amigos de siempre, y todo aderezado con las nuevas especias acumuladas al sol del verano. Pocos meses en el año ofrecen las oportunidades que nos brinda septiembre. ¡Hasta a  los malos estudiantes les da una nueva!</p>
<p>Es un buen momento para saber qué queremos hacer de nosotros y para rellenar el final del título de una antigua película: “Cuando llegue septiembre …….”</p>
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