ARTURO FERNÁNDEZ. UN PRIMER ACTOR DE 80 AÑOS

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La popularidad de Arturo Fernández es desbordante. Estamos discretamente en una esquina del restaurante “Ferreiro”(asturiano, para hacer patria) y continuamente quieren saludarle. Incluso un vecino de mesa espera paciente y al cabo de un rato le dice: – Perdón, Arturo, encantado de saludarte. Te conocí por la voz…, es que soy ciego.

No le molesta esa popularidad. “Al contrario –dice– en mi caso y después de tantos años, sería dramático no tenerla…”

Está delgado, se cuida, viste impecablemente, como ya es tradición en él .Y no evita hablar de la edad… “Mira, me faltan unos días para cumplir ochenta años. Soy consciente de que un día u otro tengo que irme, porque ya es tiempo; pero no tengo ninguna prisa”. Es como si hubiera hecho un pacto, y el tiempo se detuviera ante este joven de 79 años, todo energía, todo vitalidad y que ha logrado que con sólo un apellido como Fernández se le conozca en todos los rincones de España. No es fácil. De hecho, sólo Suárez, con Adolfo, y González, con Felipe, lo han conseguido.

Una infancia dubitativa

La carrera de Arturo Fernández está salpicada de anécdotas dignas de unas jugosas memorias. Recorre su biografía desgranando hechos curiosos que le han ido llevando, como sin querer, a ser uno de los principales actores de la alta comedia española.

A.F.-Yo pertenezco a esa generación perdida, que éramos niños cuando estalló la Guerra Civil; nací en el 29 y al terminar, como es fácil suponer, hacíamos lo que podíamos. Todo estaba por construir después de los bombardeos. Era desolador. Yo fui a la escuela con los Hermanos de la Doctrina Cristiana, que era para hijos de obreros. Ahí transcurrió, con la inconsciencia lógica, mi niñez. Visto desde ahora se podrían añadir tintes dramáticos; pero no fue así y por eso hablo de inconsciencia. Mi padre se tuvo que exiliar, porque había pertenecido a la CNT. Y mi madre subsistía lavando botellas. Las dificultades eran enormes, claro.

Pero sirvieron para madurar. El joven Arturo, pasada la guerra, con nueve años, creció de golpe. “Es como si te plantaras de repente en los 18.
A.F.-
No tuve ninguna vocación definida. El interés estaba en trabajar en lo que se podía, aunque siempre te alienta un poco la trayectoria de los demás. Mi padre era mecánico ajustador, así que todos pensaban que lo mejor era tener un oficio. Mi madre quería que yo fuera oficinista porque le parecía un trabajo más digno; porque los oficinistas se vestían bien y llevaban corbata. Pero lo que no sabía mi madre es que yo era el inventor de las faltas de ortografía, así que poco futuro iba a tener en una oficina…

Logró entrar en un taller hasta los 14 años. Parecía gran cosa porque el nombre era rimbombante: Talleres Electrotécnicos.

“Pero no era lo mío”, dice Arturo.
A.F.-Era un negado; hasta el punto de que después de tres años, no sabía ni colocar una bombilla…

Fue cuando tuviste tus escarceos como marinero…
A.F.-Bueno, fue, como siempre que me ocurre algo, por culpa de una mujer, Pilarín, mi novia (¡con 14 años!). Su padre tenía una lancha, una motora de pesca, y no se le ocurrió mejor cosa que decirme que como yo trabajaba en el taller de electromecánica que me fuera con ellos a la mar, por si se estropeaba el motor. Yo no tenía ni idea, pero no podía negarme. Así que a la mar me fui con la fortuna -siempre me acompañó la fortuna- de que no se estropeó ni una sola vez. Porque si no, no sé qué hubiera pasado…

Y de los talleres electrotécnicos, pasó a un almacén a  seleccionar pedidos.
A.F.-Y eso sí se me daba bien. Yo era ordenado y curiosín como decimos en Asturias. Al poco tiempo, me nombraron –hay que decirlo bien alto– “encargado de personal”. La verdad es que eran 2 las personas que allí trabajaban. Tenía 16 años y allí estuve hasta los 18.

Un tes”

El río Piles discurre por el término municipal de Gijón –patria chica de Arturo- y desemboca en plena playa gijonesa. Es, además, uno de los elementos que identifica a los gijoneses.

¿Como fue aquello de ser “El Tigre de El Piles”?
A.F.-
Por casualidad . Un amigo,  Campos,  se metió a boxeador. Y según me comentó, le pagaban 150 pesetas semanales. ¡Aquello si que era un sueldo!. Así que me apunté a lo mismo. Es verdad que no podía porque no tenía la edad para que se me autorizara, pero con un cambalache con amigos, logré falsificar la ficha y pude boxear. Boxeábamos por la Cuenca Minera y, la verdad,es que no se me daba mal del todo. Y al mismo tiempo, como iba por la cuenca minera vendía chocolate que hacía un vecino mío.

Y recuerda Arturo aquellas tabletas cuadriculadas que llegaban sobre papel de estraza. Como siempre , detrás de una mujer… Llegas a Madrid…
A.F.-Como siempre en mi vida, por una mujer. La conocí en Gijón, donde ella veraneaba. Yo tenía 20 años y ella era mayor que yo, por supuesto.

¿Por qué “por supuesto”?
A.F.-Porque cuando tienes 20 años te gustan las mujeres mayores que tu. Salimos mes y medio. Y luego engañé a mi madre con una carta que teóricamente yo había recibido desde Madrid diciendo que me reclamaban para algo de boxeo. Y así llegué a Madrid, a la aventura, el 9 de septiembre detrás de aquella mujer bellísima…

Arturo Fernández llego a Madrid con seiscientas pesetas en el bolsillo. Un capital entonces, con el que podía subsistir por lo menos durante dos meses. La primera pensión que recuerda era un cuartucho en a calle Jardines, en plena zona de prostitución, de la que se marcha en cuanto puede. Y se queda en la calle León, número 1, portal que todavía mira con cierta nostalgia cuando va al teatro que esta por allí cerca.
A.F.-Y ya sabes que en las pensiones en seguida haces amigos. Y en efecto, un compañero que estaba conmigo trabajaba en figuración. Y un día me dijo…¿Y por qué no vienes?. Puedes estar de figurante en alguna película. ¿Y por qué no ?, me dije. Y así estuve cinco meses haciendo de comparsa, haciendo bulto, haciendo de grupo de gente…

De “extra con frase”
A.F.-
Y un día, el ayudante de dirección que , por cierto , era asturiano me dijo: “¿Serías capaz de decir una frase?”¿Una frase?…¡y el Quijote entero! -le contesté. La verdad es que a mi no me parecía difícil aquello. Según me iba familiarizando con aquel ambiente, me parecía que lo de decir una frase y estar ante la cámara no era complicado.  El problema estaba en que no te podías equivocar, porque las repeticiones gastaban celuloide y por tanto eran más caras. Pero me salió muy bien. Recuerdo aquella frase perfectamente: “¿Pero todavía no has dicho en casa que te alistas hoy?”. La película era “La Señora de Fátima”. Y no equivocarte entonces era una garantía. Y como tenía buen físico -¿ para que voy a negarlo?- tuve enseguida otra oportunidad. Con Guillermo Marín. Fue mi segunda frase: “Ah, sí, el Ministerio del Ejército ya nos lo ha comunicado”

¿Sería capaz de decir una frase? me preguntó.  ¿Una frase?… ¡Y el Quijote entero! le contesté.

De todas formas, todo era precario de tal modo que cuando le llega el turno de hacer la mili y le destinan a Logroño, Arturo cree que es la gran solución. Porque tenía cama y comida gratis. Todo gratis. Guarda muy buenos recuerdos de aquella etapa, hasta el punto de que tuvo serias tentaciones de reengancharse y quedarse en el Ejército. Y recuerda con nostalgia aquel permiso especial que le concedieron. Cuando se fue de Gijón su madre le dio, envuelta en plástico, una estampa (“es una estampa que me acompaña siempre”). Al instalarse en una de aquellas tiendas grandes de campaña en que dormían, Arturo, católico, creyente, de fe, clavó la estampa en el mástil central. Un día tocaba visita de altura: el General y el Obispo iban a visitar el campamento. Entraron a mirar la tienda y al ver la estampa, el Obispo pregunto de quién era. Arturo dio un paso al frente y dijo “mía”. Después le felicitaron y le dieron un mes de permiso.
A.F.-¡Y no te lo vas a creer!. Como yo estaba en la mili, mi madre había ido a ver a mi padre, a Francia. Así que no tenía a donde ir. ¡Con un mes de permiso!. No pude coger aquel mes…

Llega la primera película.

Licenciado, vuelve a Madrid y se entera de que Rafael Gil va a hacer una película de mineros.
A.F.-No podía perder aquella oportunidad. Así que a través del ayudante de dirección, le hago llegar que como asturiano, yo fui minero y que la mina era lo mío. El protagonista era Fernando Sancho. Y había algún plano en que estábamos los dos y el director destacó la imagen mía, teñida de carbón. Ahí empezó todo. Poco después hice de apóstol Santiago en “El Beso de Judas”. Y Rafael Rivelles me dio la primera oportunidad en una comedia de Pitigrilli, donde tuve un éxito fantástico. Y después llegó una de las obras que mas me empujaron: “La herencia”, de Calvo Sotelo.

 

El eterno galán.

El galán nace , se hace él o lo hace el público?
A.F.-El galán es un primer actor que tiene buen físico. Nada más que eso. Luego, es verdad que el texto ayuda, como ayuda el vestuario, el entorno, el decorado. Y, claro, el texto hay que saber decirlo con ese no se qué que el galán tiene.

Supongo que tienes que hacer ejercicios permanentes de memoria…

A.F.-La tengo buena, es verdad. Es una de esas ironías de la vida. Yo no quise estudiar y resulta que llego a una profesión que se basa en el estudio. Creo que todos los textos que yo me aprendí en mi vida constituirían una biblioteca entera. Tengo buena memoria, es verdad. Y mejora con el ejercicio. Estudiando se ejercita…

Y además de galán, siempre haces de un poco pícaro, un mucho seductor, algo perdedor…

A.F.-Es que así son los personajes que van a mi forma de ser. Y que además coincide con lo que le  gusta al público. Porque es una realidad: el público te dice lo que quiere. Por eso elijo comedias de este tipo, que tienen un diálogo elegante, inteligente, con situaciones muy atractivas, con decorados llenos de glamour. No sabría trabajar con un decorado cutre, como no sabría salir al escenario con un mono de trabajo .Y además rodeado de actrices elegantes, magníficas, bellas. Creo que la imagen más clara de la alta comedia es esa de que al levantar el telón, huele a Chanel nº 5; y no me aparto de esa alta comedia que yo creo que es el género más difícil de interpretar. Por eso son tan escasas.

No sabría trabajar con un decorado cutre, como no sabría salir al escenario con un mono de trabajo Puedo ser seductor en el escenario. En la vida real no. En la vida real, soy hombre de una sola mujer. Quizá cada quince días, pero de una sola mujer.

¿Te has parado a definir la elegancia?
A.F.-No sabría definirla. Es como si me preguntas el olor de una flor .Es algo que perciben los demás, no tu. Va posiblemente unida a maneras de ser, al respeto a los demás, a la educación, al saber estar. No sabría definirlo. Cuando me clasifican entre los elegantes, la verdad es que me sorprende, pero me halaga. Y cuando dejen de hacerlo, pensaré que ya no tienen gusto.

¿Se puede uno dirigir a sí mismo, como en tus comedias?

A.F.-Sí. Yo he sido siempre muy intuitivo en todo. Y en este caso, me ayuda mucho la situación, la comedia en si, aunque hay quien dice que soy mejor director que actor. Y tengo la suerte de elegir a las actrices. Ahora a mi lado está una actriz estupenda, Carmen del Valle.

En el escenario , siempre rodeado de bellezones, ¿y en la vida real?

A.F.-Mira: he sido o puedo ser seductor en el escenario, pero por lo que otro ha escrito. En la vida real, no. En la vida real soy hombre de una sola mujer. Quizá cada quince días,  pero de una sola mujer.

Puedo ser seductor en el escenario. En la vida real no. En la vida real, soy un hombre de una sola mujer. Quizá cada quince días, pero de una sola mujer

Da la impresión de que además del  texto, metes muchos latiguillos de tu cosecha cuando interpretas…
A.F.-
Hay una experiencia y después de la televisión, por ejemplo, me he quedado con el Chatín, para toda la vida. Todos tenemos tics y en mi caso, ya los conoce el público. Lo importante es que sea el público el que se haga a ti. Y yo he tenido esa inmensa suerte. Y fíjate que curioso: el acento asturiano, que al principio de mi carrera era fatal, porque parecía que todos teníamos que hablar como si fuéramos de Valladolid, después me ayudó mucho. Suelo ser siempre el mismo. Soy Arturo Fernández en cada comedia y así me acepta el público.

Ochenta vigorosos años

La gente empieza a decir si tienes un pacto con el diablo. Casi 80 años.¿Qué haces para mantenerte de esa forma tan prodigiosa?

A.F.-Nada especial, salvo estar a gusto conmigo mismo. Haber elegido una profesión que me gusta por encima de todo y sin hacer daño a nadie. Todo lo que soy se lo debo al público y vivo sólo para eso. A lo mejor, como se dice en el texto de la comedia, es que se me olvida envejecer. La verdad es que cuando vives del público, tienes que dedicar tu persona a sacrificarte. Me cuido, es verdad; pero además es que nunca he sido trasnochador, ni juerguista. No hago ejercicio físico, aunque me cuido y soy metódico en el comer.

Y dices que a lo mejor tu eres de los que te quedas aquí…

A.F.-¡Pudiera darse!

Eres un joven de setenta y nueve. ¿Temes la vejez?
A.F.- Mira, me faltan unos días para cumplir ochenta años. Soy consciente de que un día u otro tengo que irme, porque ya es tiempo. Y lo que siento, de verdad, es dejar de besar a mis hijos, no verlos, no estar con ellos, o con mis dos nietos… Me da la impresión de que soy como un jugador que cuando mejor está jugando, se tiene que retirar. Cuando más estás disfrutando de la vida te avisan de que te tienes que ir yendo. Temo sobre todo a esa enfermedad que te pueda dificultar la calidad de vida, no temo a la muerte, sino a la limitación de la enfermedad, a dejar de ver la playa.

¿Cómo va cambiando la perspectiva con la edad?

A.F.-Te vas haciendo más conservador. Y si te das cuenta a esta edad te están privando de todo… ¿Dónde están aquellas orquestas de nuestra juventud con las que podías bailar en un salón… ¿o aquel orden y aquel respeto?. Yo he vivido una época, la mejor de mi vida, con orden y respeto… ¿Cualquier tiempo pasado fue mejor?. Es muy posible. Claro que lo miras desde lejos. También existía entonces mi madre, que ya no está. Y ahí, con la nostalgia y con los recuerdos es donde yo noto que envejezco por dentro.

¿Tienes miedo a algo?

A.F.-Como actor, al fracaso, porque me afecta. No lo conozco, por suerte, pero siempre tienes ese miedo. En otros aspectos no tengo miedo a nada. Tengo confianza en mí mismo. Y creo que la vida me ha dado mucho más de lo que esperaba. Se ha portado muy bien conmigo. Y yo también con ella,  ¿eh?. Y quede claro que estaré en el teatro hasta que el público lo decida.

La vida me ha dado mucho más de lo que esperaba. Se ha portado muy bien conmigo y yo también con ella, ¿eh?

¿Algún consejo para ser feliz?
A.F.-Los consejos hay que darlos en metálico. Los consejos no deben darse más que para llevar dinero al banco. Porque lo que tu piensas no vale para otra persona que no piensa como tú.

Para terminar, Arturo: convence a los lectores de BALLESOL para que vayan a verte al Teatro Marquina con “La Montaña Rusa.”
A.F.-Hay autores que hay que ver y este es el gran autor de moda, Eric Assous, que entre otras cosas adaptó Los Puentes de Madison. Mira, esta obra la interpretó Alain Delon en París. Al que le guste el teatro, tiene que ir a verla, porque juega con el público de una manera increíble. Cada diez minutos hay una sorpresa. Y prueba de ello es que el público la comenta, no pasa desapercibida: es una gran comedia… Hay que verla

Y yo añado. Y hay que ver a Arturo Fernández derrochar energía e interpretar ese texto que promueve sonrisas. Y risas de manera continuada. Gracias, Arturo.

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Ramón Sánchez-Ocaña
Ramón Sánchez-Ocaña (Oviedo, 1942) entró en Televisión Española en 1971 y presentó el telediario durante años, pero se hizo famoso con el espacio 'Más vale prevenir'. Después continuó su labor divulgativa en Telecinco, Canal Sur y Punto Radio, entre otros medios, y ha escrito varios libros sobre alimentación, sida y cirugía estética, entre otros temas.