José Mª Carrascal, periodista

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Fotos: Luis Marino Cigüenza

Es como una enciclopedia viviente. Le hablas a Carrascal de cualquier hecho importante de los últimos 60 años y es como pulsar la tecla de la Wikipedia. Y no solo por todo lo que ha vivido, sino y sobre todo, por cómo lo ha vivido. Mantiene además, la memoria prodigiosa del testigo directo que le permite adornar el recuerdo puro con los detalles que lo hacen más cercano, más real.

Este es José María Carrascal, periodista curtido en muchos mares.
Porque fuiste marino mercante.

«Sí. Estudié filosofía y náutica, en Barcelona. No por interés hacia el mar, esa es la verdad , sino porque en aquel momento y dada mi posición, era la única manera de colmar mi ambición de conocer mundo».

Tiene una memoria prodigiosa y recuerda cuando con cinco años vió desfilar a los milicianos en 1935, cuando se celebraron elecciones.

«Me llevó al desfile la muchacha, porque su novio iba en la formación. Y recuerdo como si fuera hoy el día 17 de julio de 1936: estábamos en el pueblo de mis abuelos, en Folledo de Gordón, en León y apareció mi padre (en el coche que venía de Pola) y dijo solamente: “Está Madrid que arde…”. Y allí pase la guerra, como un niño que no vivió horrores, sino que disfrutó de no tener clases y de estar todo el día jugando en la calle».

Madre maestra y padre inspector de Enseñanza. Sin duda crearon un ambiente de seriedad docente. Otro sector de la familia vive en Lugo y allí se traslada el joven José María que empieza el bachiller a los 10 años. Era aquel bachiller de los 7 cursos…

«Y puedo decir una cosa con voz bien alta: todo lo que sé lo aprendí en aquel bachillerato. Teníamos unos grandes profesores que procuraban, además de darnos conocimientos, que tuviéramos un espíritu abierto. Hasta el punto de que cuando llegué a la universidad me pareció de menor amplitud de miras. Encontré la universidad como más provinciana».

A finales de los años cuarenta José María quiere conocer mundo. Y aunque quiere estudiar filosofía, piensa que lo único que le va a permitir recorrer la geografía es entrar en la marina, por ello elige esa carrera técnica y sobre todo, corta.

«Y me embarqué. Estuve dos años en el vapor “Vizcaya”, un carguero que me llevo de Alemania, al Reino Unido, a Estados Unidos, a Italia, a Chile… Vi mundo, pero me di cuenta de que aquello no era para mi. Yo tenía un falso concepto de la navegación. No es tan romántico, es duro, muy duro; Cuarenta y seis días tardamos por ejemplo desde Chile a Santander. Y con una vida a bordo muy estricta».

Y de pronto apareces como profesor de español en Berlín. ¡Y sin hablar alemán!

«Vi un anuncio en el que pedían un profesor de español en Berlín, en efecto, para la escuela de ingenieros. Hispanoamérica era un destino muy habitual de los técnicos alemanes que hacían allí grandes obras. Así que lo solicité y me dieron el puesto. Y no, no hablaba alemán. Hay que decir que allí, todos los profesores de idiomas son nativos y que desde el primer momento dan sus lecciones en el idioma correspondiente. Los alumnos ya tenían un poco de idea, así que no me fue difícil».

Conserva de esta etapa alemana muy buenos recuerdos sobre todo, porque le tocó vivir experiencias únicas.

«Por ejemplo, tuve muchos alumnos que venían del Berlín Este. Y de hecho dirigentes comunistas enviaban a sus hijos a estudiar a la zona occidental; pude ver de primera mano cómo el comunismo es el más desigual de los sistemas».

De Berlín se conocía poco en España, porque todos los corresponsales estaban destacados en Bonn, que era la capital de la Alemania Federal. José María pensó entonces que estaría bien que algún periódico español retratara esa urbe con zonas tan diferentes como la comunista o la occidental, y así planteó varios reportajes que se publicaron en ABC.

«Poco después y con varios artículos míos ya publicados en distintos medios, escribo a Pueblo. Y dos o tres semanas más tarde me contesta Emilio Romero, el director, diciéndome que dos han sido publicados y que quieren más. Empecé con dos semanales, luego, tres, luego cuatro».

El muro

Deja las clases de español porque ve un anuncio de la Volkswagen en el que solicitan un traductor literario (no técnico) para sus comunicaciones. Se presenta y obtiene el puesto, mucho mejor pagado que las clases y con un aliciente más: la fábrica está en el Berlín oriental. Así que se le proporciona un visado que le permite atravesar la frontera una vez a la semana.

«Yo tenía un baremo muy curioso. Cuando no había problema de ningún tipo, el paso por la frontera era rápido y sin inconvenientes. Y cuando se sospechaba que podría pasar algo, el paso fronterizo se hacia pesado, largo, incómodo y con una burocracia exasperante. Así que un buen día, en una de las reuniones habituales que los corresponsales teníamos con los diplomáticos, comenté –por la experiencia de la frontera- que se estaba preparando algo muy serio. Era 1961. Poco después de aquello aparecieron los MIG en vuelo rasante por la zona. Parecía que se iba a iniciar otra guerra. Y lo que se inició fue la construcción del muro».

Inmediatamente le piden crónicas con todos los detalles. (Hay que decir que la comunicación por télex estaba sumamente restringida porque era carísima).

«La enorme suerte que yo tuve es que funcionaba muy bien la Asociación de Periodistas Extranjeros en Berlín, y que además teníamos la fortuna de que allí había periodistas de las dos partes. Sin duda, los del este eran todos espías que les interesaba todo lo que nosotros podíamos contarles, y a nosotros nos interesaba todo lo que ellos nos comentaban, aunque ya sabíamos que teníamos que ponerles un filtro importante».

Fue una época muy interesante de Alemania. Allí conoció a una azafata de Panamerican con la que se casó. Y no la conoció en un avión, sino que eran vecinos. Se casaron por lo civil y luego por la iglesia en el único sitio que entonces se podían casar “en alemán”, que fue en Montserrat.
Emilio Romero, tras su brillante corresponsalía en Berlín le propone trasladarse a Moscú, cuando aún no había relaciones diplomáticas. Acepta. Viene a Madrid, pero parece que no está bien visto que un periódico español tenga un corresponsal allí, porque de manera inmediata, un periódico ruso tendría un corresponsal en España. Mientras tanto, Carrascal termina la carrera de periodismo y el diario Pueblo le nombra corresponsal en Nueva York. Y allí se queda hasta 1990. Sus crónicas han recibido todos los reconocimientos posibles.

Premio Nadal de novela

Ya en Nueva York el interés poliédrico de Carrascal le lleva a conocer muy a fondo el mundo hippie.

«Yo había informado amplia y profundamente de la revolución cultural, que realmente empieza en Berkeley, en California y en el barrio hippie de San Francisco, alrededor de la calle 9 y la primera Avenida. Me interesó mucho aquel mundo y me metí en él, pero con perspectiva. Vi su subida vertiginosa, aquella de las muchachas con flores, de haz el amor y no la guerra… Todo el mundo quería ser hippie. Y enseguida vi que estaba profundamente amenazado por la violencia y la droga… Y fue una noticia real la que me dio la pista para escribir mi novela “Groovy”,
que viene a significar “guay”. Y fue así como una vieja aspiración que yo tenía desde que leí “Nada”, la novela de Carmen Laforet, que era ganar el premio Nadal, se hizo realidad».

Una chica “bien” que llega al East Village con todos los ideales hippies, de las flores, de la música, de la paz, y a los tres días se ve envuelta en un asesinato…

«Vi enseguida que todo aquello se iba a pervertir con la incorporación a aquel mundo de hispanos y negros y que aquella combinación iba a ser explosiva, como así resultó. Esa es la novela. Es verdad que incluso tuve que traducir el lenguaje de los hippies, pero me metí de lleno y me interesó mucho. Y no sé si por la novedad, si por el tema, pero me concedieron el Premio Nadal de forma rotunda».

Luego más novelas como “Mientras tenga mis piernas” que considera mejor, pero que no tuvo el mismo éxito. Sí, pensó en alguna ocasión dedicarse a la literatura…

«Pero tenía que dejar el periodismo. Una novela requiere mucho tiempo, mucha dedicación, mucha arquitectura de la historia. Y eso te aleja del periodismo. Además yo tenía que viajar constantemente dentro de la inmensidad de Estados Unidos, así que escribo y escribí libros, si, pero no novelas».

 

La jubilación va a ser la etapa más larga de nuestra vida. Aproximadamente unos 30 años. Llegamos a ella sin experiencia. Hay que empezar a prepararla veinte años antes.

 

Los años y la jubilación

Dices que ninguna etapa necesita más preparación que la jubilación, y que sin embargo es la que menos se prepara.

«Es cierto. Si lo analizamos veremos que antes te jubilabas y poco tiempo después de morías, porque la vida era mucho más corta. Ahora, sin embargo, viendo nuestra longevidad, se puede decir que la jubilación va a ser la etapa más larga de nuestra vida. Aproximadamente unos 30 años. Llegamos a ella sin experiencia. Hay que empezar a prepararla veinte años antes».

¿Y cómo?

«Tenemos que basarnos en tres puntos. El primero es la salud. Hacer una vida sana, austera y sobre todo, activa. Por ejemplo, mi consejo –que yo sigo– es que a los 50 o 60 años hay que dejar de cenar. Si hablamos de las comidas, hay que ser estricto».

¿Por ejemplo?

«Mi dieta es muy clara. Desayuno fruta, te con leche y una rebanada de pan integral con aceite de oliva. Como una ensalada, un pescado o carne y el postre. Los domingos, pasta o paella. Y un día a la semana lo dejo para plato de cuchara: lentejas, habas o garbanzos. Si tengo que ir a una cena, pues la compenso con la comida del día siguiente. Nada entre las comidas. Y así llevo décadas sin alterar el peso. Y sin pasar hambre».

Seguimos hablando de salud y evidentemente ahí juega un papel decisivo cómo hayamos tratado a nuestro cuerpo. Somos como una máquina, como un automóvil. Depende de cómo hayamos hecho el rodaje y cómo lo hayamos cuidado, así se comportará en su vejez.

«El segundo punto, muy importante, sin duda, es preparar la cuestión económica. Y también eso hay que preverlo con bastante antelación. Es verdad que en muchos casos no depende de nosotros y que son muchos los jubilados que viven ahogados económicamente».

Pero hay que prepararlo, hay que saber con qué y cuánto se cuenta.

«Y el tercer punto, que sí depende de nosotros, es la actitud. Hay que tener una actitud positiva ante las cosas. Y sobre todo hay que aceptar que uno ya no es el protagonista, que las nuevas generaciones vienen pidiendo paso y van situándose en los lugares que antes ocupábamos nosotros. No hay más que fijarse un poco en que los jefes de gobierno son cada vez más jóvenes. Ya no somos los protagonistas, nos convertimos en espectadores, lo cual nos permite también una cierta tranquilidad».

 

No sabemos si son alegres porque viven más o al contrario. Pero el hecho cierto es que los alegres viven por lo menos, mejor.

 

Los miedos

¿José María: por qué crees que los mayores tienen miedo?

«Es cierto que el miedo crece con la edad. Y habría que hablar en plural, de los miedos, porque son muchos o pueden serlo. Es miedo a la enfermedad, miedo a la necesidad, miedo a ser apartados, o últimamente incluso miedo a no poder socorrer a los hijos… Hay un miedo guardado dentro a perder la salud o que la salud empeore. Miedo a la soledad o al sufrimiento e incluso miedo a la vida y miedo a la muerte. Si lo analizamos en profundidad, nos daremos cuenta de que el miedo es producto de la debilidad y por eso se da especialmente entre los niños y los mayores, los más desvalidos».

¿Y qué podemos hacer?

«Lo que hemos hecho a lo largo de toda nuestra vida: analizarlo, mirarlo de frente, y distinguir en los miedos lo que hay de real y lo que hay de imaginario. Como dijo Roosevelt en su discurso de 1933, “de lo único que debemos tener miedo es del miedo mismo, del terror sin nombre, sin razones, injustificado, que paraliza los esfuerzos necesarios para convertir el retroceso en avance”. Eso es lo que debemos hacer en esta etapa de la vida. No tener miedo a nuestros miedos, admitirlos como algo natural y ver qué tienen de verdad».

Y hay un punto, José María, importante, que nos comentaba el psicólogo Miguel Silveira: debemos ser conscientes que el 99% de nuestros miedos no se cumple nunca.

Viven más los alegres

¿Es verdad que viven más las personas positivas y alegres?

«Es lo que dicen las estadísticas. Aunque no sabemos si son alegres porque viven más o al contrario. Pero el hecho cierto es que los alegres viven por lo menos, mejor. Porque si te fijas, hay gente que parece que disfruta amargando, que siente satisfacción cuando te da una mala noticia. En el fondo, lo que pretenden es pasarte a ti el problema. Si está triste o enfadado, va y te lo cuenta y entonces serás tú el que queda incómodo, como si él se liberara traspasándote su angustia…».

Espiritualidad

También das una importancia grande a la espiritualidad en esta etapa.

«¡Claro! Es que es el espíritu el que nos diferencia de los animales, el que nos ha permitido pasar de primates a ser los dueños de la naturaleza. El espíritu es ese soplo divino que nos da la inteligencia, la pasión, el disfrute del arte, la creatividad… La espiritualidad es básica en nuestras vidas. El hombre en su reflexión –que es un pensamiento sobre otro pensamiento- se da cuenta de todo lo que le rodea y piensa que tiene que haber otra vida. Y así nacen las religiones y así la razón sustituye al dogma. Todas las religiones tienen el mismo mensaje de convivencia y de caridad: no desees a otro lo que no quieras para ti. La espiritualidad nos da, sobre todo, esperanza».

¿Y la muerte, José María , la temes?

«Miedo, no. Solo que hay que tenerle miedo al miedo, como te decía. Pienso siempre hay vida después de ese miedo. Hay que asimilarla. Hay que ser conscientes de que esto se acaba y en ello hay algo positivo, porque nos da la dimensión real del tiempo. Así es la perspectiva que nos da la edad, la que nos hacer ser conscientesde que lo más precioso es el tiempo. Hay que aprovecharlo, aprovechar cada minuto, porque se acaba. No en vano se dice que el tiempo es oro. Y que nos sirva como consuelo echar la vista atrás y comprobar que la vida no ha sido un camino de rosas, que hubo desengaños, pesadillas, que también hemos sufrido… Hay que tener esperanza. Yo medito muchas veces sobre ello y distingo entre tercera edad (mayores, pero con buena salud y válidos) y la cuarta edad, que es esa en que somos dependientes. Y muchas veces pienso ya en la “quinta edad” que seria precisamente esa que me planteas… tras la muerte».

Y las corbatas

Ya nos vamos. Tiene que ir a un plató de televisión.
José María, te habrás dado cuenta de que en nuestra conversación no te he preguntado por las corbatas…

«¡Gracias!».

Pero por lo bajo le pregunto cuántas tiene y me dice que no sabe, que no las ha contado. Y que sí, que le fastidiaba bastante que toda su profesión cara al público pudiera quedar solapada por las corbatas. Y llega a decir que lo único serio que hay ahora en España es el fútbol.
«Es lo único serio. Es un juego apasionado en el que a veces el pequeño puede ganar al grande, y eso gusta mucho, porque es algo que no ocurre en la vida normal. Y aunque solo juegan 22, la realidad es que los millones que lo están viendo también juegan a su manera. Es un juego simple pero que requiere mucha habilidad y que se juega no solo con las piernas, sino también con el corazón…».
Al despedirnos, Carrascal me dice:

«Y un aviso. Creemos que después de jubilarnos nos va a sobrar el tiempo y que vamos a poder hacer todo aquello que no pudimos durante etapas anterior. Sin embargo, escríbelo claramente: vamos a seguir igual de ocupados que antes. Por eso es importante seleccionar lo que queremos hacer».

 

Unas notas biográficas:

Carrascal pasea sus muy bien llevados 83 años con una envidiable inquietud por el mundo de hoy. Por eso, con el conocimiento profundo que le da la experiencia, expone en “El mundo visto a los 80 años”, su último libro, sus opiniones sobre todo lo que ustedes puedan imaginar. Es como si al haber llegado a esa edad, se dijera: no me preguntéis más. ¿Que qué opino yo de la globalización, o del comunismo, de la izquierda, de Dios, de los nacionalismos, de la emigración…? Pues aquí está, de primera mano, de manera directa, sin intermediarios y un poco poniéndose el mundo por montera.
Un ejemplo: “¿Cuándo nos convenceremos que nuestros problemas no se resuelven cambiando las leyes, sino cumpliéndolas?”
O este otro: “El proceso de desespañolización de España ha sido tan rápido como letal. Las Autonomías, más que articular el Estado, como se pretendía, lo han troceado y solo sirve ya como el tío rico al que se le pide dinero sin darle nada a cambio”. Y al hablar de la situación actual: “El Estado de Bienestar, esa hermosa construcción que ha hecho de Europa un paraíso comparado con el resto del planeta da sus últimas boqueadas: llamarle a esto crisis es llamar catarro a la pulmonía”.

 

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Ramón Sánchez-Ocaña
Ramón Sánchez-Ocaña (Oviedo, 1942) entró en Televisión Española en 1971 y presentó el telediario durante años, pero se hizo famoso con el espacio 'Más vale prevenir'. Después continuó su labor divulgativa en Telecinco, Canal Sur y Punto Radio, entre otros medios, y ha escrito varios libros sobre alimentación, sida y cirugía estética, entre otros temas.