JUAN LUIS GALIARDO

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UN JOVEN GALÁN DE 70 AÑOS

Habla a borbotones. Y como tiene la costumbre de impostar la voz para que se le oiga desde el escenario, parece que habla para todos los demás. No es extraño que se acerquen a saludarle, “Porque te estoy oyendo desde allí”, le dice Fernando Méndez Leite. Es una voz llena, potente, joven. A veces parece que te riñe y en ocasiones, como habla de forma directa, parece que esta representando una escena conocida…

 

Es que hay que hablar así, fuerte, sin empequeñecerse, sin rubor.

 

Tiene -y perdón, Juan Luis- una sonrisa pícara, como de golfo de la comedia clásica. Y tiene una historia que ya se perdona a sí mismo. Vivió, cayó, se levanto, volvió a caer, volvió a levantarse y ahora, ya con la serenidad de los 70, recapacita, se perdona, mira al horizonte y piensa que nunca fue mala persona, aunque a veces pudiera parecerlo. Es en la definición tradicional un buen tipo con una biografía que puede parecer trágica, pero que no es más que el resultado de una falta de apreciación en la línea de salida.

Recorre España ahora con la cara pintada de blanco como el payaso de la Comedia del Arte, vistiendo de Harpagón, llevando la palabra de El Avaro, de Molière, por los rincones del país para decir con esa voz nítida  y varonil, que la corrupción esta ahí, que la avaricia mueve más montañas que la fe y que los valores, por desgracia, son mutables y casi siempre perecederos.

Su sueño sería que los escolares de todo el país pudieran ver esta obra, a precios módicos, para que en vez de estudiar en la literatura quien es Molière, pudieran ver y vivir este Avaro y hacer una especie de teatro-forum didáctico; que  pudieran discutir escena por escena, esta sátira mordaz. Porque como el mismo señala no se trata sólo de un avaro económico. Es un viudo machista y absolutista en sus juicios y en sus órdenes. Lo de menos es que la expresión tenga unos matices de la época de Molière. Lo importante es que denuncia la “harpagonmanía” que invade todo…

LA REBELDÍA CONTRA EL PADRE

No soñabas con el teatro ni con ser actor. Tu futuro estaba en ser ingeniero agrónomo… ¿Qué pasó para ese giro tan radical?

Me rebelé contra mi padre. Hubo un momento en mi vida que me negué a hacer aquello que mi padre me decía, me ordenaba o saliera de él. Es difícil de entender. Era un poco como decir “Lo manda mi padre, pues no lo hago”. Era una rebeldía primaria, lo comprendo, pero era así. Lo entendí después gracias Manuel Trujillo, mi psiquiatra, un tipo excepcional. La rebeldía contra mi padre era de tipo freudiano como si de verdad quisiera asesinarle físicamente.

Pero, ¿por qué? ¿Qué pasó para tenerle esa aversión?

Todo parte de la muerte de mi madre, una muerte prematura y que en mi vida es un hecho fundamental. Ella tenía una salud muy delicada, por un problema cardiovascular. Cuando nació el tercero de sus hijos, le dijeron que no era conveniente que tuviera más, porque podía comprometer su vida. Pero no hicieron caso. Tuvo cuatro hijos más. Hasta que murió. Por éso cuando me preguntan de qué murió mi madre siempre digo lo mismo. Murió agotada de embarazos…

Son palabras duras que Juan Luís desgrana sin ningún odio ya. Lo cuenta como si fuera ya algo ajeno. Como algo sucedido en una historia que no fuera suya.

Fue cuando me rebelé contra mi padre al que culpé de aquella muerte. Y me rebelé contra él, contra todo el sistema, contra todo. Y éso, estar en contra de todo, te convierte en un marginal.Yo había convertido a mi padre en un asesino y le miraba desde la marginalidad. Así aguante tres años más, hasta que  mi padre se casa por segunda vez. Y eso es algo que ya no puedo soportar.

 

Viví con absoluta inestabilidad emocional, con relaciones equívocas con las mujeres: yo buscaba en ellas una madre y ellas me convertían en padre de sus hijos.  Cinco hijos de tres mujeres distintas.

 

Llega entonces la rebeldía total. Deja la carrera y se enfrenta psíquicamente a su padre, como diciendo “eso que quieres tú, no lo quiero yo. Y si lo mandas tú, no lo hago.

Es aquella una etapa de absoluta inestabilidad emocional, un vivir ajeno a todo, con relaciones equívocas con las mujeres. Quizá es que yo buscaba en ellas una madre y ellas me convertían en padre de sus hijos. Cinco hijos de tres mujeres distintas.

Su padre cae enfermo. Una larga enfermedad.

Y aunque al final quise, no me dio tiempo a reconciliarme con él. Yo sigo con mi carrera de actor, que inicié casi por casualidad. Todo me va muy bien; perdón, debo decir que todo debería de irme muy bien. Pero no es así. Cuando debería estar saboreando todo el éxito profesional, me hundo. Yo era el prometedor galán europeo, con vistas a Hollywood. Pero me hundo, toco fondo y padezco una depresión de caballo. Quizá si lo miro desde ahora puedo comprender que la depresión, por lo menos en mi caso, es como un sentimiento de culpa no entendido.

¿De qué te arrepientes, Juan Luís?

Hasta hace poco, de muchas cosas. Pero ahora, ya, de nada, porque me he perdonado. Hice cosas, hice sufrir a gente, he enterrado a dos de mis mujeres, a un hijo, incluso a mi padre… Ahora ya he pedido perdón, ya he quedado en paz conmigo mismo y creo que ya no debo nada a nadie, creo que ya no tengo deudas emocionales.

En alguna ocasión has dicho que has bajado varias veces a los infiernos, como si hubieras sido un “desastre vital”…

Sí, porque a veces no digieres lo que te ocurre. Yo tuve la suerte de que el deporte me liberara de las drogas, por ejemplo; algo de tabaco, sí, pero sólo en su momento. Hice y hago deporte y eso me obliga a cuidarme físicamente. Nado y soy campeón de España de los 50 metros braza. En mi categoría, claro, a partir de los 69 años. Pero conocí el infierno de la ludopatía. Eso sí que es tremendo. Porque empiezas a jugar como una evasión y luego te vas atando y atando… es como una auténtica locura.

¿Y el drama de tu hijo?

No me gusta hablar de ello. Murió. Fue un aprendizaje impresionante. Yo le ayudé a morir y él me enseñó muchísimo. El fue el revulsivo para que yo iniciara mi tratamiento psiquiátrico… No, no me gusta hablar de ello.

LA PSIQUIATRÍA SALVADORA

Juan Luis, ¿qué te ha enseñado la psiquiatría?

Fui al psiquiatra en busca de ayuda. No tuve mas remedio que ir y por suerte, ahora ya no soy paciente: soy amigo. Creo que cuando se necesita hay que pedir ayuda y pedirla a quien pueda prestártela. Yo era infeliz, vivía en un exabrupto constante, dominado por la cólera, por la rebeldía. Creo que la psiquiatría me enseñó LO QUE NO SE DEBE HACER; quizá porque lo que se debe hacer lo tienes en ese libro gordo interior que llamamos conciencia; lo que pasa es que huimos de la conciencia de forma permanente, nos buscamos miles de disculpas para huir de esa conciencia. Y hay que recuperarla, hay que pararse ante uno mismo y reflexionar, todos los días. Un ratito para ordenar la cabeza, la mente, pensar en tu día, en lo que tienes que hacer, en lo que has hecho mal. Y no dejar pasar el tiempo sin pedir perdón, si es necesario pedirlo; pero no con el e-mail, sino llamando: “Oye, mira, perdona, creo que me he pasado esta tarde…”

 

El tratamiento psiquiátrico me ayudó a entender  mi rebeldía total contra mi padre.

 

Juan Luis es un torbellino de palabras. Y como si se lo tuviera todo muy aprendido,  muy reflexionado, va pensando en voz alta.

No se nos enseña a vivir porque estamos continuamente manipulados. La velocidad a la que vivimos hace que no nos bajemos de la moto para analizar un poco a dónde vamos. A mi –y desde la perspectiva de hoy creo que tuve mucha suerte- me bajó de la moto mi propia vida. Y lo agradezco mucho. Fue mi depresión la que me devolvió la conciencia. Lo decía muy bien mi psiquiatra, Manolo Trujillo: Mira Juan Luís es como si estuvieras conduciendo tu coche desde el asiento de atrás y fueras además por una vereda. Yo te puedo colocar en el asiento del volante y llevarte hasta la autopista. Ahora bien, el que puede pisar el acelerador e ir a la velocidad adecuada, eres tú.

 

VIVIR COMO ACTOR

¿Un actor se ve obligado a vivir como actor? En otras palabras, ¿actúa siempre y a todas horas?

Mira, he descubierto dos cosas con mi tratamiento psiquiátrico. Yo tengo temperamento de actor, soy -creo- buen comunicador y tengo extraversión, lo que me permite mostrar mis sentimientos. Y he aprendido también que hay que obrar libremente sin herir al prójimo. Eso es importante. Pero insisto: temperamento de actor, o carácter. Tengo, eso sí, la voz impostada que me viene muy bien para que se me oiga desde la última fila del teatro; pero que resulta complicado para la vida normal. Porque parece que hablas mas alto de lo debido como si quisieras llamar la atención. Y no es así. Ya digo: tengo temperamento de actor, no carácter de actor. Yo sólo me convierto en actor cuando cinco minutos antes de comenzar la función cierro los ojos y medito. Y me convenzo de que soy un medio y no un fin. Después, al acabar, tres minutos después, vuelvo a ser el ciudadano Juan Luís.

Siempre hablas de que eres una promesa.

¡Claro! Un tipo que viene de una andadura como la mía, no puede ser mas que una promesa.

¿Te arrepientes de haber sido galán?

No, no, no. Lo que ocurre es que utilicé mal la plataforma que me dió la vida.

He sido un bala perdida, pero encontrada en la madurez…

 

¿Se puede decir que fuiste un bala perdida encontrada en la madurez?

Totalmente. Ahora ya no echo nada de menos. Perdoné aquella etapa. Lo que decía el psiquiatra: estaba conduciendo desde el asiento de atrás y por un camino de cabras y ahora ya estoy en la autopista y a la velocidad que ordenan.

¿El actor vive de la vanidad?

Sí. A veces, demasiado. Y eso hay que corregirlo con el trabajo diario; pero es cierto lo que dices. El actor vive lo exultante del éxito y lo dramático del fracaso. Y también aquí la psiquiatría puede ayudarte porque te permite lo mejor de todo, que es relativizar tanto el éxito como el fracaso.

Estoy seguro de que muchos de nuestros lectores quieren saber la respuesta a esta pregunta. ¿Cómo un actor o una actriz puede besar apasionadamente, por ejemplo, a una persona que odia?

Eso es algo que tienes que ir aprendiendo. Porque en las películas, donde la convivencia es bastante mas íntima y cordial que en el teatro, es fácil que al acabar los rodajes, quedes con una actriz, si te gusta… Pero eso es algo que tienes que aprender. Y en el caso de que te toque en el reparto alguien que no puedas ver, entonces tienes que echar mano de la técnica. Y es muy sencillo: ver al personaje y no a la persona. Yo lo hago continuamente con mi propio trabajo. Ver siempre al personaje. Yo no soy Harpagón, el avaro de Molière, soy Juan Luís Galiardo, excepto en horario de teatro.

Y se pinta la cara de blanco para marcar la distancia. Lo de menos es la persona. Lo que importa es el personaje, su actitud, lo que hace, lo que siente, lo que dice. Trata así de alejar el personalísimo.

Tu etapa mejicana fue, dices, un gran aprendizaje…

Sin duda. Y fue cuando volví a encontrarme con esta profesión maravillosa. Es como si el destino volviera a decirme: “Lo ves? Este es tu sitio. Eres actor“. Y es que allí hice mas de 1000 horas de televisión. Volví a vivir el éxito y me di cuenta de que, en efecto, aquello era lo mío. Y cuando volví a España volví a confirmar que realmente esta era mi profesión.

LA PERSONA, EL FUTURO, LOS AÑOS.

¿Cómo ves el paso del tiempo? ¿Lo aceptas, te pesa, lo asumes?

Lo acepto, claro. Y la verdad es que tiene cosas maravillosas. El día que no pueda hacer mi oficio, lo dejaré. Espero ir dándome cuenta poco a poco; de hecho, uno se va alejando despacito casi sin darse cuenta; ya vas rechazando cosas, no tienes tantos compromisos… Me preparo para morirme, claro; aunque sin prisa. Y quiero una muerte no dolorosa ni para mí, ni para los demás. Eso hay que organizarlo. Porque el desprecio que la juventud (o que se ve en algún sector de la juventud) hacia la vejez, esa ignorancia, es abominable. Pienso muchas veces si no hemos prolongado la vida más de la cuenta. Y creo que uno debe aliviar ese tránsito. Lo digo muy en serio y bien despacio: hay que aliviar ese tránsito.

Te miras al espejo y… ¿qué ves?

Un hombre de algún pelo, que tiene 70 años biológicos pero que tiene unos 60 cinematográficos, (es decir, que todavía puedo dar credibilidad a un personaje de 60). Y vuelvo a decir que soy una promesa de muchas cosas. Hasta que deje de serlo. Todavía no han llegado muchos personajes que seguro que ahora, con los años, podré hacer mucho  mejor.

A la familia que ahora tienes como un viejo patriarca…

Sí, soy patriarca pero a mi manera, de una manera que saben todos ellos. Yo soy como soy, hago lo que puedo y no me gusta que me intenten manipular. Nuestras relaciones están presididas por el respeto mutuo y recíproco. Ellos ya saben que yo no creo en el patrimonio y que no voy a dejar herederos. Si puedo, les ayudo para que tengan los instrumentos necesarios para subsistir; pero salvo muerte repentina, ellos ya saben que lo que pueda quedar será para mi vejez.

 

Me veo como un viejo sereno, simpático y agradecido. Muy agradecido.

 

¿Y cómo te gustará vivir una vez que los años te alejen del teatro?

Tengo muchas cosas que hacer, muchos libros que leer y posiblemente, mucho que escribir. Sí, quizá escriba. Y desde luego pienso dedicar un tiempo a algo que he pensado siempre: a visitar enfermos. Es un ejercicio que me gustaría. Viviré esa etapa con una gran serenidad, espero. Me veo como un viejo sereno, simpático y  agradecido. Muy agradecido.

¿Y piensas alguna vez en la muerte?

Sí. Es una constante en mi vida. Pienso en ello continuamente, sin  obsesión, claro. No soy religioso pero si soy un hombre espiritual. Y por eso hablo mucho con mi conciencia.


Una vida de cine

Nació el 2 de marzo de 1940 en San Roque, Cádiz. Pronto se traslada a Badajoz donde había sido destinado el padre de familia. Cuando deja su apenas iniciada carrera de ingeniero agrónomo ingresa en la Escuela Oficial de Cine. Comienza su andadura interpretativa en 1960 y es hasta los años ochenta el galán de las películas españolas. Después se va a Méjico donde trabaja de manera intensa y cuando vuelve a España crea Penélope Films, una productora que le proporciona alguno de los éxitos mas importantes de su carrera, como “El disputado voto del señor Cayo” o la serie de televisión “Turno de oficio”. Entre sus películas se puede destacar Acteón, 1965, Coqueluche, 1970, Mayordomo para todo, 1975, La campanada, 1980, Soldadito español, 1988, Guarapo, 1989, Don Juan, mi querido fantasma, 1989, Madregilda, 1993, Familia, 1996, Pajarito, 1997, Adiós con el corazón, 1999, Lázaro de Tormes, 2000, Rosa, 2001, El caballero Don Quijote, 2001.

  • Tiene el Goya a la mejor interpretación en el año 2000. Ha sido Mejor actor por Martes de Carnaval  (2008, Festival de cine iberoamericano  de Huelva)
  • Premio honorífico Sant Jordi (2007)
  • Premio ACE (Nueva York) por El caballero Don Quijote  (2003)
  • Mejor actor por Adiós con el corazón  (2000, Festival de cine español de Málaga)
  • Mejor actor por Familia  (1997, Festival de Cine Hispano de Miami
  • Mejor actor (1969, Círculo de Escritores Cinematográficos)
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Ramón Sánchez-Ocaña
Ramón Sánchez-Ocaña (Oviedo, 1942) entró en Televisión Española en 1971 y presentó el telediario durante años, pero se hizo famoso con el espacio 'Más vale prevenir'. Después continuó su labor divulgativa en Telecinco, Canal Sur y Punto Radio, entre otros medios, y ha escrito varios libros sobre alimentación, sida y cirugía estética, entre otros temas.