Leopoldo Abadia

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Esta es su presentación de su último libro. De ser “una persona normal con amigos convencionales” pasa a tener amigos de la farándula, a tratarse de tú con Alaska y Vaquerizo, con Andreu Buenafuente y muchos otros.

¿Y qué es ser gruñón?

Su simpatía es contagiosa y parece curioso que le propongan escribir un libro para no ser gruñón, a usted que se pasa la vida sonriendo…

Quizá por eso… Igual han visto que tal vez yo no era ese gruñón y entonces se dijeron, bueno, pues que nos cuente el secreto. Pero debo decir que es un libro no solo para viejos. Es para todo el mundo, porque también hay jóvenes inaguantables. Todos, realmente, tenemos el peligro de ser gruñones. Y mira, como todo en la vida, exige su esfuerzo. No ser gruñón también lo exige. Hay que luchar por el optimismo, que lo entiendo como pelear con uñas y dientes para salir adelante de una situación concreta, sin que ello garantice el éxito. Esa es mi visión del optimismo.

Lo importante –dice- es no estar lamentándose todo el día, porque hay gente a la que le preguntas cómo estás y corres el peligro de que te haga un “diagnóstico descriptivo” de todos sus males. Y te apetece decirle, oye, que yo solo te pregunté cómo estabas, no que me hicieras un tratado de patología… No se puede pensar solo en ti mismo, sino dejar sitio a los demás que también tienen sus problemas…

¿Qué es un gruñón? Ya, me va a decir que una persona que gruñe.

Un gruñón es el que hace la vida imposible a los demás. Y sin querer es muy posible que haga que todo gire a su alrededor… Es ese que siempre dice que “con lo que yo trabajo…” “Con lo que a mi me duele la cabeza, tener que hacer esto y esto otro…” El gruñón, en definitiva, lo podemos definir como un esterilizador de ilusiones. Un pesimista hasta el final, del que hay que escapar como de la peste. Hay que esforzarse por ser acogedor, majo, que es una palabra que me gusta mucho. Eso no quiere decir que el no gruñón no se enfade. A veces se enfada, claro y suele hacerlo “cuando no toca”. Eso tiene la ventaja de que como no esta acostumbrado, se da cuenta y por eso pide perdón… Pero el gruñón, no; porque casi siempre está enfadado.

Y el peligro, aunque general, parece agudizarse cuando se es viejo. Tengo que hacerle la pregunta lógica. ¿Y qué es ser viejo?

Mira, una vez me lo preguntaron. ¿Viejo o mayor? Y dije claramente viejo, viejo. No es nada peyorativo si te lo dicen bien. Claro, si es como un insulto, “el viejo, ese…”, claro, te sienta mal. Es como si al adolescente le llamas “niñato”. Pero ser viejo es una realidad. Hace muy poco leía la estadística que decía que por término medio el español vivía 82,4 años. Y ya tengo 82. Así que le puse un correo a mi mujer, remitiéndole la estadística y diciendo solamente “¡Ay, madre!”. Ser viejo es una realidad. Es lo que dice el DNI. Y ya cuando lo renuevas y te pone que es válido hasta el año 9999. En definitiva ser viejo es ser mayor; es un señor al que le duelen las articulaciones y con experiencia porque ha vivido muchas cosas. Y, cuidado, que la experiencia es buena si se utiliza bien y mala si solo sirve para despreciar a los demás. Experiencia y limitaciones que hay que aceptar, y sacarle a todo ello el mejor partido.

Y habla de ese ridículo del viejo que se pone carcasa de joven…

Si, lo que yo llamo “adulescente”, el adulto que hace tonterías para parecer una chavalete. Tenemos que estar al día, comprender a los jóvenes, sí, pero sin hacer tonterías.

Uno de sus consejos es no acumular problemas, sino que uno es un problema y otro, otro; no son “¡todo problemas!”.

Es que todos tenemos tendencia al victimismo. Por eso, en vez de esa idea de acumular los problemas, lo mejor es ir resolviendo cada uno de ellos. Es también peligro de la edad. Si todos tendemos al victimismo, cuando somos mayores, lo hacemos más evidente. Hay que independizar los problemas. Y gestionarlos uno a uno; luchar por no sentirse abrumado. Y es verdad que hay que reforzarse en ello porque además, las limitaciones crecen y tiendes a darte pena de ti mismo.

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¿Tendemos a reñir más con los años?

Sin duda. Es que parece que asumimos que sabemos más por haber vivido más. Y eso no es del todo cierto. Haber vivido más te enseña muchas cosas, qué duda cabe. Pero eso no te da derecho a creer que por eso, yo se más que tu. No, no. No. Y ahí radica esa idea de que como se más, impongo mi criterio. Por eso hay que acordarse de que es importante hablar. Y que hablar es mas difícil que reñir… Haber vivido más no te proporciona ningún derecho añadido.

Sentirte parte del mundo

Es importante estar al tanto del mundo en que vives.

Obligatorio, debería ser obligatorio. Mira, tengo un amigo que se le paró el reloj cuando murió Franco. Como si desde entonces no hubiera ocurrido nada. No puede ser: hay que estar al día. ¡Cuánta gente mayor dice que “yo con el ordenador no quiero saber nada!” Eso es absurdo. El mundo que te abre un ordenador hoy es inmenso. Hay que exigirle que sepa qué son las nuevas tecnologías. Y viajar por internet, enterarse de todo lo posible. Es verdad que no sabremos hacerlo como nuestros hijos o como nuestros nietos, pero hay que estar al día, porque los mayores también formamos parte del mundo de hoy.

Qué siente cuando oye a una persona decir que quiere “matar el tiempo” u “ocupar el día”.

Me da pena. Matar el tiempo es todo lo contrario de lo que creo que hay que hacer, que es sacarle partido al tiempo. Yo recuerdo un señor que me decía “estoy contando los días que me faltan para jubilarme…” ¡Si el tiempo es lo mas valioso que tenemos! Y como cada vez corre mas deprisa, hay que ponerse las pilas!

…Y las batallitas del abuelo

Y las batallitas… ¿Por qué cree que tendemos a enrollarnos como persianas?

No tenemos derecho a enrollarnos, es verdad (y yo suelo hacerlo mucho, así que si me alargo, me cortas y en paz). La realidad es que como hemos vivido mucho, se tienen muchas historias que contar; pero no por ello hay que contarlas siempre, ni todas, ni muchas veces…. Aunque también esas batallitas tienen su parte positiva… Porque forman parte de las leyendas familiares. Y no es raro que en una reunión de cualquier celebración te digan eso de “abuelo cuéntanos otra vez aquello de …” Y lo cuentas añadiendo cada vez algo nuevo… Pero hay que ser muy, muy prudente. Cualquier cosa antes de que te digan eso de “Pero abuelo… otra vez?”.

Perdonar

Los expertos dicen que el perdón mejora la salud. ¿Cuál es su experiencia al respecto?

Sin duda el perdón es algo importante. Pero yo añadiría perdonar… Y OLVIDAR. Porque el que dice eso de “yo perdono, pero no olvido”, no esta perdonando del todo. En el fondo ese recuerdo tiene algo de resentimiento. Por eso a mí me parece un error inmenso eso de la memoria histórica. Me parece que recordar los que se hizo hace tantos años solo sirve para reavivar resentimientos y odios. No sirve para que no se vuelva a repetir, que es lo que suele decirse. Sin embargo, si olvido ya no tengo nada más que perdonar.

Se dice que la experiencia es un grado, ¿por qué, para qué?

Para aprender. Es verdad que has visto más cosas, has vivido más… pero también por eso estás más deteriorado. Y tienes que reconocerlo. Insisto en que tener más años y haber vivido más no te da derecho a humillar a otro porque tú sepas más. Mira, en aquellas escaleras me caí hace algún tiempo y me rompí la cadera, Para eso me ha servido la experiencia: para bajar escaleras con muchísimo más cuidado y por si acaso, cogerme a alguien para que no vuelva a ocurrir…

Y para reconocer las limitaciones

Sin duda, porque es una realidad. Los años te van añadiendo limitaciones. Y eso es muy útil para llegar a la humildad. Suelo decir que para servir, servir… y dejarse servir. Parece un juego de palabras, pero es así. Mira, yo ya llevo bastón desde que me rompí la cadera. A veces se me olvida. Lo llevo porque se han empeñado mis hijos. Bueno, pues al principio, no me hacía mucha gracia llevarlo. Ahora ya forma parte de mi. Y no me importa. Y a veces vas a bajar una escalera y te cogen del brazo… pues hay que dejarse servir, reconocer que eres un viejecito y debes tener la humildad de dejarte servir.

Vamos a hacer un ejercicio curioso: destacar los servicios de un abuelo.

Como abuelo de 45 nietos tendría que decir en principio, que todos somos útiles y que todos servimos para algo. Yo te contestaría diciendo simplemente “pregúntale a mi mujer, pregúntale a mis hijos, a mis nietos… Un abuelo puede servir para que muchos nietos lo pasen bien. Un abuelo ESTÁ. Y eso es importante. Saben que hay una referencia. puedes acercarte a un nieto y darle unas perrillas porque sabes que le vienen muy bien. Olfateas cómo están las cosas… Yo tengo en la agenda las fechas importantes de cada uno. Sin la agenda sería imposible, claro. Y les llamo en cada día importante de su vida: santo, cumpleaños, aniversario de boda, en todas las fechas significativas les llamo. Y eso, aunque parezca que no, HACE FAMILIA.

Y señala que hay que ser muy respetuoso con ellos. Ser consciente de que tienen que vivir su PROPIA VIDA. No meterse en la vida de tus hijos ni en la de tus nietos.

Mira, hay algo que quiero decir. Esa suegra o esa madre que a los hijos recién casados les preguntan de manera insistente: Y qué, cuándo viene el niño… Ahí hay que decir con delicada firmeza, pero firmeza real que eso no es cosa suya.

Inventarse un quehacer

Recomienda seguir trabajando. ¿Y el que no tiene en qué, qué hace?

Puede hacer muchas cosas, menos quedarse en casa, en zapatillas a ver la televisión y sin hacer nada. Eso es tremendo. Si no tiene algo que hacer, que se lo invente. Seguro que cerca hay un museo. Pues ir a verlo, y analizar cualquier pieza que haya allí. Y después ir a Internet y ampliar, dedicarse a algo profesionalmente, como si fuera un trabajo…

Hace muy poco me encontré con un taxista que tenía un hobby interesantísimo. Buscaba quién era cada uno de los titulares de las calles de Madrid. Y aprendía de ellos un montón. Tu le decías vamos a la calle tal, y te daba brevemente cuatro rasgos de la vida del personaje al que habían dedicado la calle…

Eso es. Hay que buscarse algo y apasionarse con ello para que te sea útil…

Una pregunta quizá extraña para un hombre con doce hijos y 45 nietos por ahora… Para quien vive solo, que necesita compañía, ¿recomendaría una residencia?

Pues no se qué contestarte. En teoría, desde luego. Puede estar acompañado, servido y atendido… Ahora bien, si es fruto del egoísmo de los hijos… no.

No hay ganadores

Una de las cosas que afirma es que en la vida no hay ganadores…

¡Claro! Todos ganamos alguna vez y todos perdemos muchas veces. Lo que ocurre es que solo contamos los triunfos. Si solo se cuenta lo bueno, parece que siempre ganas y eso no es cierto. Todos somos un poco ganadores y un poco perdedores, Pero en todas las facetas de la vida…

Y aconseja siempre RECOMENZAR.

Es que en la vida nos salen muchas cosas mal. Y es cuando tienes que recapacitar y decirte: pues vuelvo a empezar. Todos servimos para muchas cosas. A lo mejor no para eso que salió mal, sino para otras cosas. Mira a lo largo de los años te das cuenta de que no hay gente para tirar a la papelera:  alguien que a lo mejor fracasó en un aspecto, puede triunfar en otro. Y la vida te lo va enseñando.

Un amigo mío decía que hay que releer las instrucciones para comenzar de nuevo.

¡Claro! ¿Que se puede fallar? Mira, si Messi falla un penalti es porque los tira. Quien no los tira no los falla nunca… Es irritante ese que siempre dice: “Aquí lo que habría que hacer…” y lo dice sin mover un dedo. ¡Hay que hacerlo!

El futuro

¿Qué le falta por hacer?

Mi futuro es naturalmente corto. A mí me gustaría seguir como estoy y mientras tenga la cabeza bien, así seguiré.

Una de las consecuencias de ser mayor es saber que el tiempo que estás viviendo ahora corre mucho más deprisa y cada vez escasea más.

Es cierto. Corre mucho más. Y puedes hacer la prueba. Piensas que una cosa sucedió hace tres o cuatro años y la realidad te demuestra que ocurrió hace muchísimo más. Mira, en secreto, yo tengo un truco: si pienso que fue hace cinco años, multiplico por dos. ¡Y acierto casi siempre! Y si piensas que fue hace diez, multiplico y seguro que hace por lo menos veinte… Pero no hay que estar recurriendo siempre al pasado, ¿eh? Mucha gente piensa con cierta nostalgia y dice “esto en mi época no pasaba…”.Pues hay que decirle que sí, que sí pasaba. Prácticamente ocurría lo mismo, pero entonces no te enterabas porque estabas en otras cosas… O eso de “es que hoy la juventud…” Pues como antes, con matices, claro; pero como antes.

No es bueno mirar hacia atrás…

Los viejos somos el futuro corto, así que hay que ponerse las pilas. A nuestra edad se tiene más pasado que futuro, y por eso tenemos esa tendencia a mirar hacia atrás. Habría que recordar aquello que decía Mafalda: “mirar hacia atrás es como mirar el futuro con el cogote”. Hay que evitarlo, sobre todo si es para lamentarse… Cuantas veces decimos eso de “¡yo ya no soy el que era…!” Pues sí lo eres, sí; pero viejo.

Bueno, Leopoldo, ¿y cómo no me vuelvo un gruñón?

Con esfuerzo. Intentando pensar más en los demás que en tí. Ayudar, participar. Y eso sí: silenciar tus limitaciones y contárselas solo al médico. Es verdad que cuestan más las cosas, y levantarse del sillón, y caminar. Pero hay que hacerlo. Estar lo más activo que se pueda físicamente y buscar quehaceres intelectuales, para tener el cerebro en forma…

Un toque de melancolía

Con su vitalidad, con su mirada optimista sobre las cosas, parece que hablar de los años, de una posible melancolía, del tiempo que queda… puede sonar extraño

Puedes caer en la tentación de la depresión por lo poco que queda. Miras hacia atrás con nostalgia, como cuando recuerdas lo bonita que era aquella canción… sin darte cuenta de que lo bonito no era la canción sino la compañía. La tentación de la melancolía hay que evitarla, y ver que lo importante es el hoy. Tu trabajo es  el HOY. Mañana, ya veremos. Y no es esquivarlo, porque nadie va a esquivar el final. Te acabas muriendo, sí; pero a la muerte hay que darle la importancia que tiene.

Como un hecho natural

Como la consecuencia natural de haber nacido. Si te das cuenta, ocultamos la muerte. La gente no se muere. La gente “se va…”, “nos deja”… Mira, yo lógicamente, tengo un futuro ya muy corto. Pero no me entero ahora; desde que nací ya sabia que me iba a morir, así que con la misma naturalidad hay que tomarlo. Incluso en este libro del gruñón, ya he puesto mis últimas voluntades.

¿En serio?

Claro. Y son muy sencillas. Quiero una esquela en La Vanguardia, con cruz, que es un poco más cara. Que como soy de Zaragoza me pongan una imagen de la Virgen del Pilar en la mano. Y que de ninguna manera en el funeral uno de mis nietos salga a leer un papel de esos poniéndome por las nubes…

¿Y la enfermedad?

Cuando estoy sano la veo bien. Y cuando estoy enfermo la veo mal, claro. Pero si hablamos ya de la enfermedad seria, grave, como paso hacia la muerte, qué duda cabe de que te hace sufrir a tí, y sobre todo hace sufrir a los demás. Pero hace ya tiempo que tengo que asumir que me deterioro y que me seguiré deteriorando. Me gustaría no sufrir. Pero tenemos que ser conscientes de que la enfermedad también es normal, aunque no sea agradable

¿Cúal sería su consejo?

Vive en paz y aprovecha el tiempo para hacer felices a los demás…

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Ramón Sánchez-Ocaña
Ramón Sánchez-Ocaña (Oviedo, 1942) entró en Televisión Española en 1971 y presentó el telediario durante años, pero se hizo famoso con el espacio 'Más vale prevenir'. Después continuó su labor divulgativa en Telecinco, Canal Sur y Punto Radio, entre otros medios, y ha escrito varios libros sobre alimentación, sida y cirugía estética, entre otros temas.