MANUEL SANTANA

0
1140

La increíble historia de un recogepelotas llamado Manolín, que se fabricó su primera raqueta con el respaldo de una vieja silla. Era toda de madera.

LA HISTORIA ES COMO UN CUENTO Y PODRÍA ESCRIBIRSE COMO TAL

Érase una vez un niño que vivía al final de la calle López de Hoyos de Madrid. Se llamaba Manuel, pero todos le decían Manolín. Manolín Martínez. No era alto. Era avispado y tenía otros tres hermanos. Su padre estaba en la cárcel desde que terminó la guerra civil, porque le pilló en el otro bando. La madre trabajaba en todo lo que podía para sacar adelante a aquella familia en donde todo se compartía y en donde, como una orden expresa, estaba prohibido hablar mal de nadie. El hermano mayor de Manolín iba los domingos y fiestas de guardar (así se decía entonces) al Club Velázquez de Tenis, como recogepelotas. Aquel club estaba en la calle del mismo nombre y en el sitio que hoy ocupa el edificio de Iberia. Y un día la madre dijo: «Manolín, toma, vete a llevarle el bocadillo a tu hermano».

Y allá fue Manolín, con el bocadillo, a conocer qué era un club de tenis. Se quedó embobado viendo aquel deporte en el que las chicas jugaban con faldita blanca y los chicos con pantalón largo, también blanco. Estuvo un buen rato mirando el juego y la agilidad de su hermano para correr tras la pelota. Al domingo siguiente, Manolín le dijo a su madre: «Mamá, voy al club a llevar el bocadillo».

Y volvió. Y otro día mas, y otro. Hasta que se atrevió a decirle al profesor de tenis que si podría también ser recogepelotas. «Tú tienes que estudiar primero…» – «Solo los días de fiesta!».

Y así fue como “Manolín”, Manolín Martínez Santana entró de recogepelotas en el Club Velázquez. «La verdad es que aquel deporte me fascinó. Mira, yo tengo un odio visceral a la violencia, a todo lo que sea violento. Y me encontré de pronto con un deporte desconocido para mí, que no solo no era violento, sino que era de una elegancia exquisita. Los jugadores se pedían perdón cuando una pelota tocaba la red, todo eran frases amigables, no había contacto físico, cada uno tenía su campo… Era el respeto hecho deporte».

Manolo Santana recuerda cómo hizo su primera raqueta recortando el respaldo de una silla. Toda de madera, claro. Y le servía para pelotear contra las paredes con las bolas viejas que se desechaban.

«Recuerdo muy bien al profesor de tenis que había en el club. Era el Sr. López. Y un día le dije que si no podría yo pelotear en la pista. Y planeamos un truco. Me dijo: mira, cinco o diez minutos antes de que acabe la clase de una hora, tú vienes y me dices que me llaman por teléfono. Yo voy al teléfono y tú te quedas aquí y entonces le dices a quien esté jugando que si puedes pelotear. Y así fue. Claro, para los clientes era mucho mejor pelotear aunque fuera conmigo que estar esperando a que el Sr. López terminara de hablar. Y así empecé a pelotear…»

RECOGIDO EN FAMILIA

Seguramente en un rincón de su alma, Manolo Santana tiene un altar dedicado a la familia Romero-Girón. Eran dos hermanos, socios del club Velázquez al que iban con cierta asiduidad.

«Eran muy simpáticos, esa es la verdad. Hablaban conmigo y se conoce que les caí en gracia. Me preguntaron por mi familia, por mi madre, por mis hermanos. Yo tenía entonces catorce años. Mi padre ya había muerto y mi madre estaba sola tirando por nosotros. Empezaron por ayudar económicamente a mi madre. La dijeron que yo debía de estudiar y que podría llegar a vivir con ellos. Así fue. Eso sí, me impusieron una condición que siempre agradeceré. Yo viviría con ellos, en una lujosa mansión del barrio de Salamanca; pero todos los días debía de ir a comer con mi madre. Realmente, me adoptaron. Porque entré a formar parte de su familia».

Manolo lo cuenta con cariño. De pronto, se encuentra estudiando durante la semana, jugando como socio del club durante los fines de semana y “comiendo con cuchillo y tenedor”. Se adaptó muy bien. Y recuerda con gratitud inmensa a Álvaro y Aurora Romero-Girón que desde aquella lujosa casa de la calle Velázquez apostaron por el muchacho que tenía siempre la sonrisa puesta.

«Te advierto que al principio yo eché de menos mi libertad. Pero enseguida me di cuenta de que era mucho mejor acogerse a la disciplina, estudiar y trabajar para poder después jugar al tenis. Claro, en cuanto vieron mi disposición me compraron una raqueta buena y empecé a jugar con unos y con otros… Ya jugaba con los socios del club al que me habían apuntado a mí también. Pero nunca dejé de tratarme con los de mi pandilla…»

¿Y los estudios?

«Bien; aunque lo pasé muy mal, hay que decirlo. Porque empecé a estudiar tarde, de manera que yo me examinaba a mis 14 años, con chicos de 10. Y claro era un poco bochornoso. Y no es que fuera mal estudiante; es que empecé cuando era mayor».

«Fui por la vida como un espectador, con los ojos muy abiertos, tratando de aprender…»

¿Seguiste mucho tiempo en el colegio?

«No, no, no… Porque empecé a ganar campeonatos. Primero, del club, luego, de Madrid, más tarde el de España…»

Dejó de ser Manolín, claro. Y ya fue para todos, Manolo Santana. Tenía 20 años cuando se proclamó campeón de España que no es más que uno de los 72 torneos en que se coronó como número 1 (cuatro Grand Slam).

“UN TIPO CON SUERTE”

La biografía de Manolo Santana se titula “Un tipo con suerte”.

«Es que he sido desde mi más tierna infancia un tipo con suerte. Con mucha suerte. Mira, mi madre estaba a punto de parirme a mí y, cuando iba cruzando por la calle de O´Donell para ir a por leche a la maternidad, le cayó un obús al lado. ¡Y no explotó! Para que veas si tengo suerte. Pero debo decir una cosa: la suerte hay que buscarla. Hay que procurar estar en el sitio adecuado en el momento oportuno, o buscar ese momento cuando tú pasas por ahí… Es como la inspiración que decía Picasso. Sí, existe, pero tiene que pillarte trabajando. Y siempre con la voluntad de conseguir las cosas».

Sin embargo no parece que hayas tenido suerte en tu vida sentimental: tuviste cuatro parejas (y no se trata de que derivemos hacia las cosas del corazón).

«Mira cuando las cosas no funcionan, lo mejor es empezar de nuevo. He sido muy feliz. Y ahora soy muy feliz, así que, aunque de manera consecutiva, sí he tenido también suerte».

«Cuando pierdes –en el tenis o en lo que sea– quejarse no vale para nada. Lo que debes hacer es analizar qué hizo el otro y qué hiciste tú mal. De tu propia actitud depende casi todo».

Repasar la trayectoria de Manolo Santana es encontrarse con un torneo tras otro, un premio tras otro, un campeonato tras otro. Hasta ser el número 1 del mundo.

«Claro, lo que no dicen las biografías es que en los primeros años, me recorría el norte de España en una vespa para jugar en uno y otro sitio».

SIN BUSCAR EXCUSAS

La lección de tenis que Manolo siempre aplicó al deporte y a su propia vida, es verdaderamente ejemplar.

«No buscar excusas. Esa es la clave. Cuando pierdes –en el tenis o en lo que sea– quejarse no vale para nada. Lo que debes hacer es analizar qué hizo el otro bien y qué hiciste tu mal. Y luego llegar al convencimiento de que hay que encontrar la forma de ganar. En el tenis o en la vida. Si te enfrentas a un tío que mide dos metros y tú tienes 1,60, es evidente que si gana no es porque tenga más horas de entrenamiento. Así que habrá que buscar otra estrategia, analizar las cosas, ver por dónde puedes obtener tus ventajas que compensen las que inicialmente tiene él. Quiero decir con esto que de tu propia actitud depende casi todo. Por eso suelo decir que la suerte sí existe, pero que hay que buscarla».

Cuando se habla de la mentalidad en la pista y que es casi tan importante como la potencia física; ¿te refieres a esto?

«Exactamente. Todo el mundo elogia la mentalidad de Rafa Nadal. Es cierto. Tiene una enorme capacidad de sobreponerse. Y algo más en lo que todos estarán de acuerdo. La final de Australia contra Djokovic, la perdió Nadal; pero todos pudimos advertir que Rafa salió fortalecido. Porque ya se demostró a sí mismo que puede vencerle. Y eso es importante. Al creer que puedes ganar, al demostrártelo, ya tienes medio camino andado…»

¿Qué te dicen por ahí? Santana ya era ciudadano del mundo. Iba a jugar campeonatos a París, a Londres, a Nueva York.

«Y mi madre me preguntaba: ¿Y qué te dicen por ahí, hijo? Lo decía porque sospechaba que habría comentarios acerca de la España que nos había tocado vivir. Pero no. Lo más importante es que todo aquello me sirvió para valorar como se vivía en España, lo bueno y lo malo… De todo puedes sacar una lección. Te advierto que yo fui por la vida como un espectador, con los ojos muy abiertos, tratando de aprender…»

Y hasta Franco te condecoró.

«Es una anécdota muy curiosa que no puedo olvidar. Fue en 1966. Me habían otorgado una condecoración importante. Y entonces para ponérmela, organizaron una especie de partido de exhibición. Recuerdo que jugué contra José Luís Arilla, que muchas veces fue compañero mío en dobles. Pues bien, termina el partido y comienza el acto solemne. Parece que Franco nunca abrazaba a nadie. Pero se acercó a mí, y dándome un abrazo, me dijo: “No olvides nunca lo que te voy a decir”. Me quedé de piedra. Y en pleno apretón me susurra: “En esta vida, muchas veces pagan justos por pecadores”. Sin duda, ahora que yo paseaba el nombre de España por el mundo, era una forma de decirme que sabía lo de mi padre».

Tiempo después mantiene una estrecha relación con Adolfo Suárez. Son amigos de verdad hasta el punto de que una Nochebuena en que Santana estaba solo –recién separado- le llamó Amparo Illana, la esposa de Adolfo y le invitó a cenar en La Moncloa… Eran las Navidades de 1978.

«No lo puedo olvidar, como es lógico. Y seguimos tratándonos. En más de una ocasión me llamó Amparo para decirme: ¡Por Dios, Manolo, saca a Adolfo del despacho! Ahora sé que se está apagando, porque mantengo mi amistad con su hijo Adolfo, y lo siento. Lo siento mucho».

¿Y has dejado que el Rey te ganara al squash?

«No. Nunca me ganó. A veces, cuando hacemos ese ejercicio de jugar con la mano izquierda para entrenar, es posible; el Rey jugaba bien con la izquierda y pienso que quizá era zurdo reeducado; pero cuando jugábamos de verdad, nunca me ganó ni querría que yo le dejara ganar, eso seguro. Fue curioso porque en una ocasión me dijo que quería jugar conmigo, y que se iba a hacer una pista de squash… Tiempo después recibí una llamada diciendo que es el Rey y que si esa tarde podíamos jugar. Por supuesto, no le creí y rogué que no me tomaran el pelo. Pero al minuto volvió a llamar y ya me dijo: “es que ya tengo la pista nueva. ¿Podemos jugar esta tarde? Y claro, jugamos muchas más veces…»

Y recordamos la anécdota de cuando ganó en Wimbledon y quiso besar la mano de la Duquesa de Kent.

«¡Es que a mí me habían enseñado que besar la mano era el gesto de respeto hacia las señoras! Y no sabía que en casi todos los sitios es así, menos cuando se trata de la Familia Real Inglesa. Nadie me lo advirtió y aquella actitud mía dio la vuelta al mundo».

Cuando se van cumpliendo años. Son ya 74 años. Manolo está joven, juega todos los días al tenis, se entrena, prepara los torneos y viaja siempre que hay un campeonato importante en donde participe un español. Tú te mantienes siempre ahí. Ya no eres el campeón, pero sigues siendo Manolo Santana.

«Es que no puedo estarme quieto. Yo no nací para estar a mis años sentado en un sillón viendo la tele. No puedo estar quieto».

En 1983 Santana fue a Marbella para estar un año. ¡Y lleva 27…! Ha fijado allí su residencia. Le fascina el mar, le gusta el clima y lleva la parte tenística del hotel Puente Romano, que le ofreció Björn Borg. Mar, tenis, paseos… ese es su día. ¿Y si te sitúas ahora y miras hacia atrás?

«Vuelvo a hablar de la inmensa suerte que he tenido. Veo mi vida increíble. Y es más: pienso de verdad que los próximos 25 años van a ser impresionantes. Porque intentaré seguir mirando hacia adelante con cuidado de no cometer errores…»

¿Te pesa algo de tu vida profesional?

«Quizá el no haber podido o no haber sabido ayudar a gente que podría haber triunfado. Es posible que en el deporte hoy falte paciencia para llegar; se quieren triunfos rápidos, inmediatos, porque también es verdad que el deporte hoy está muy mercantilizado; y los jóvenes están mucho más deslumbrados por los éxitos y por lo que se gana, que por el esfuerzo. Se ve solo la parte brillante del deporte, no la de la disciplina, el trabajo, la constancia…»

¿Temes la vejez, Manolo?

«No. Es evidente que yo para mucha gente ya soy viejo. Pero para mí, no. Sigo haciendo deporte, me cuido, tengo gente alrededor más joven que yo, tengo a mis hijos, tengo a Claudia… Y sobre todo, y al menos por ahora, tengo la mente jovial».

¿Qué es lo que más te gusta de la vida?

«Me encanta la cantidad de gente que es sincera y honesta. Hay mucha, pese a lo que se dice. Y desde luego, rechazo la hipocresía y las falsedades para conseguir objetivos que nunca van a lograr».

¿Y qué querrías inculcar a tus hijos?

«La honestidad. Y que entiendan que un buen amigo es como un hermano; y que denuncien la falsedad de algunos personajes que hay y que existirán siempre».

¿Y un consejo que te atrevas a dar?

«Creer en ti mismo. Y si surge alguna adversidad, tener fuerza para vencerla».

¿Temes a la muerte, Manolo?

«No, temerla no. Queramos o no, va a venir; así que me preparo para ello. Busco estar contento conmigo mismo y que la gente que está a mi alrededor lo esté también».


  • Manuel Martínez Santana nació en Madrid el 10 de Mayo de 1938. Hasta Nadal, fue el único español que ganó el torneo de Wimbledon.
  • Ganó Roland Garros en 1961 y en 1964. Con Roy Emerson lo ganó en dobles.
  • En 1965 gano el US Open y en 1966 fue cuando Wimbledon se puso a sus pies.
  • En 1968 ganó la medalla de oro de los juegos olímpicos de México en donde el tenis participó como deporte de exhibición.
  • Se retiró en 1970 después de conseguir el trofeo Conde de Godó.
  • Siempre siguió vinculado al tenis y fue capitán del equipo español de la Copa Davis en dos ocasiones: de 1980 a 1985 y de 1995 a 1999. Pero nunca consiguió la célebre ensaladera para nuestro país.

 

Compartir
Artículo anteriorBALLESOL CIUDAD PARQUESOL
Artículo siguienteCÉSAR ANTÓN BELTRÁN
Ramón Sánchez-Ocaña
Ramón Sánchez-Ocaña (Oviedo, 1942) entró en Televisión Española en 1971 y presentó el telediario durante años, pero se hizo famoso con el espacio 'Más vale prevenir'. Después continuó su labor divulgativa en Telecinco, Canal Sur y Punto Radio, entre otros medios, y ha escrito varios libros sobre alimentación, sida y cirugía estética, entre otros temas.