BALLESOL LOS RECUERDOS

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Camino de Almería, el aire acondicionado del automóvil se me estropeó,  y, sin quererlo, recuperé experiencias antiguas. Atravesar  la meseta española, bajo un sol de justicia, abriendo la ventana que sólo dejaba entrar un aire abrasador y un profundo olor a siega, me recordó mis primeros viajes en un 600 amarillo, que todavía conservo, y que había conseguido por enchufe. Cuando se lo cuento a mis alumnos, nacidos en una sociedad de la abundancia, no se creen que antes hubiera que buscar recomendación para comprar un automóvil. De mis experiencias mecánicas ya sólo puedo hablar con conductores viejos, que aún recuerdan, por ejemplo,  lo que era mover un camión sin tener dirección asistida. Entonces tenía sentido la expresión “brazos de camionero”, porque, en efecto, hacía falta mucha fuerza para conducir aquellos trastos. También les hablo de cuando se llevaban a recauchutar las ruedas, o de las operaciones a las que se sometía un motor: rectificar y encamisar los cilindros. Ahora se habla mucho de reciclar. ¡Aquella sí que era una cultura del reciclaje! ¿Qué era si no la técnica del zurcido de calcetines con la ayuda de un huevo de madera? ¿Qué me dicen del sistemático heredar de trajes de los hermanos mayores?¿Y de los puntos de las medias? Camino del colegio me detenía siempre frente a una mercería, donde, en una especie de garita acristalada, había una chica muy mona con una media extendida sobre la boca de un vaso,  remediando los  estragos del uso con un punzoncito. También había una depurada técnica para reciclar la comida. La croqueta solía ser el último estado de ese proceso.

Desde entonces he creído que lo más parecido al cielo tenía que ser una mesa camilla

Pensaba en estas cosas mientras atravesaba la Alcarria, y después de doscientos kilómetros, la experiencia naturista estaba dejando de tener  encanto. Estaba sudoroso, con la camisa pegada al respaldo, maldiciendo al mecánico que no me había revisado bien el coche, y pensando en detenerme en un hotel y esperar la llegada de la noche para continuar el viaje. En ese momento,  sentí un movimiento de indignación contra mí mismo. ¡Pero qué blandito te has vuelto!, me dije. ¡Has pasado tres cuartas partes de tu vida pasando calor al viajar, y ahora parece que te fueras a deshacer como un polo por estar durante unas horas en un coche sin aire acondicionado! Entonces, mis recuerdos comenzaron a cambiar. Me acordé de lo inclemente que fue mi infancia –y la de casi todos. Mi familia vivía en un maravilloso e inhóspito caserón en Toledo. Con un patio, dos pozos, dos sótanos, uno de ellos sin final conocido, habitaciones cerradas desde hacía generaciones, y largos pasillos con ventanales. Como dicen los malos escritores, el frío que allí se pasaba no está descrito. No había, por supuesto, calefacción, y el único refugio era la mesa camilla y el brasero. Desde entonces he creído que lo más parecido al cielo tenía que ser una mesa camilla, y que la máxima liturgia celestial sería mover las brasas con la badila, para encandilarlas. De vez en cuando, alguno de los mayores daba una voz de alarma y todos se ponían muy nerviosos: ¡Había un tizo! Un tizo era un carbón de encina poco hecho, que echaba un humo desagradable y, según decían, tóxico. Todo el mundo había oído historias de personas imprudentes que se habían dormido sobre la camilla y habían pasado por la vía rápida de ese cielo cotidiano al cielo sin más, el de cinco estrellas.

Pensando en estas cosas, llegué a Almería. Disfruté de la brisa, y recordé la primera vez que vi el mar. Fue el mismo día que vi a una chica francesa con unos pantaloncitos cortos y unas larguísimas piernas bronceadas. Está visto que el día era propicio para los recuerdos.

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José Antonio Marina
Nieto del filósofo toledano Juan Marina Muñoz, José Antonio Marina es catedrático excedente de filosofía en el instituto madrileño de La Cabrera, Doctor Honoris Causa por la Universidad Politécnica de Valencia, además de conferenciante y floricultor . Estudió filosofía en la Universidad Complutense de Madrid, teniendo por compañero a su amigo y también escritor Álvaro Pombo. Durante ese tiempo leyó apasionadamente a Unamuno, fundó varias revistas y dirigió varios grupos teatrales.