BANCOS DE MEMORIA

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Se ha puesto en marcha una iniciativa curiosa. Un Banco de memoria para que quien quiera pueda guardar allí sus recuerdos, sus historias personales. Me parece buena idea, porque la experiencia de cada persona es irrepetible. La Historia, así, en grande, conserva los sucesos más importantes, pero no los pequeños acontecimientos cotidianos, las costumbres caseras. ¿Cómo va a recordar lo que hace sesenta años suponía para las familias tener una máquina de coser? ¿Se acuerdan de aquellas máquinas Singer, negras, con unas historiadas letras doradas, que tenían una forma vagamente parecida a una locomotora? ¿O las primeras neveras, en las que había que introducir las barras de hielo, que traían en unas carretillas? ¿O las primeras lavadoras o, mejor aún, el modo cómo se lavaba antes de que hubiera lavadoras? Hace unos años, con mis alumnos más jóvenes (16 años) hice un trabajo de investigación titulado “Sociología del recuerdo”. Mis alumnos procedían de treinta pequeños pueblos de los alrededores de la Sierra de la Cabrera, al norte de Madrid: El Molar, El Berrueco, Patones de arriba, Patones de Bajo, Torrelaguna, La Cabrera, etc. Les pedí que preguntaran a los más ancianos de su pueblo cosas acerca de su infancia. ¿Cómo eran las escuelas? ¿Cómo se hacían novios? ¿Iban de viaje de bodas? ¿A que jugaban? ¿Qué comían?trabajo, que algún día publicaré, fue muy emocionante para los ancianos, que se sentían escuchados con gran interés por gente muy joven, y para mis alumnos, que no salían de su asombro al comprobar cómo habían cambiado los tiempos. Les extrañó mucho que no hubiera viaje de luna de miel, ni siquiera a Madrid, que está a unos cincuenta kilómetros. Uno de los abuelos, que había sido carrero, contó que tardaba dos días en llegar a la capital, al paso de sus bueyes. El primer día llegaba hasta Fuencarral –ahora un barrio de Madrid- y allí pernoctaba en la Posada de la Negra.

 La Historia, así, en grande, conserva los sucesos más importantes, pero no los pequeños acontecimientos cotidianos

Recuerdo que en el centro de Toledo, donde yo vivía de niño, conocí todavía funcionando una posada de carreros, con sus cuadras y sus pesebres. Estaba ya de capa caída porque sólo se llenaba los martes, día en que los carros venían desde los pueblos al mercado. Eso da a la ciudad, en mi recuerdo, un aire todavía rural. Los carros de mulas subían por las empinadas cuestas, resbalando, entre los gritos de los muleros y el restallar de la tralla. En especial me acuerdo de unos que traían unas gigantescas calabazas a una fábrica de mazapán vecina a mi casa, para hacer con aquellos espectaculares frutos el “cabello de ángel”, el dulce de nombre más poético que conozco, mucho más incluso que el de “tocino de cielo” o el de “suspiros de monja”.

En el trabajo con mis alumnos hubo muchas cosas muy interesantes. Por ejemplo, las anécdotas del Rey de Patones. Según la leyenda, en ese empinado pueblecito hubo una monarquía rústica que duró hasta el siglo XVIII. Comprobé que la memoria selecciona sus recuerdos de forma conmovedora. Nuestros entrevistados apenas se acordaban del nombre de los alcaldes y, menos aún de los políticos de la capital. Pero todos recordaban el nombre de su maestra o su maestro. Esta permanencia es un callado homenaje a aquellas figuras cordiales, una victoria contra el tiempo.

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José Antonio Marina
Nieto del filósofo toledano Juan Marina Muñoz, José Antonio Marina es catedrático excedente de filosofía en el instituto madrileño de La Cabrera, Doctor Honoris Causa por la Universidad Politécnica de Valencia, además de conferenciante y floricultor . Estudió filosofía en la Universidad Complutense de Madrid, teniendo por compañero a su amigo y también escritor Álvaro Pombo. Durante ese tiempo leyó apasionadamente a Unamuno, fundó varias revistas y dirigió varios grupos teatrales.