EL SEXTO PODER

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Acabo de volver de mi huerta, donde ya maduran los primeros tomates, el verdadero sol del verano. He pasado junto a un maravilloso y viejo alcornoque, que está empezando a echar las hojas nuevas, y se me ha ocurrido escribir sobre la edad. En la doctrina política clásica se habla de tres poderes: legislativo, ejecutivo, y judicial. Después se le añadió un cuarto poder: los medios de comunicación. Antes era la prensa, y ahora son las redes sociales. Se habla menos del quinto poder, porque su mejor estrategia es pasar desapercibido. Me refiero al poder económico, que se oculta bajo el impersonal término de “los mercados”. Hoy quiero defender la existencia de un sexto poder. El más exclusivo de nuestro momento histórico. Me refiero a la edad. Nadie sabe como llamarla. Vejez resulta despectivo; ancianidad, anacrónico; tercera edad, parece más propio de un catálogo de espárragos (de primera, segunda o tercera). Me propongo reivindicar la palabra “senectud”, de origen muy noble, pues tiene la misma raíz etimológica que “sensatez”.
La vejez es una categoría cronológica. La senectud es una categoría cultural. Un modelo que frecuentemente se proyecta sobre las personas de edad. En la actualidad, la vejez cronológica ha cambiado, porque la gente vive más, pero tiene que cambiar también la categoría cultural, demasiado relacionada con la jubilación laboral que entraña la pérdida de influencia social y, frecuentemente, de poder económico. En realidad, ya está comenzando a cambiar. El Financial Times, que es algo así como la Biblia del mundo económico, anuncia la aparición de la generación U (Un-retired, los que no se retiran). Cada vez tienen más protagonismo los seniors. El Papa Francisco tiene 79 años. De los dos candidatos a la presidencia de Estados Unidos, Donald Trump tiene 70 y Hillary Clinton 69. Tener setenta años hace un siglo era como tener 50 ahora. Conviene recordar estas cosas para contrarrestar la influencia nefasta del modelo de senectud (tercera clase) que se está generalizando.

Vuelvo a la huerta y a la primavera que se está acabando, y recuerdo un bellísimo poema de Antonio Machado. El poeta pasea por el campo y ve un espectáculo trivial: el tronco de un árbol en el suelo. Cualquiera de nosotros hubiera pasado a su lado sin prestarle ninguna atención, pero los poetas ven más que el resto de los mortales. Machado percibe lo que será el comienzo del poema: “Al olmo viejo, hendido por el rayo, y en su mitad podrido, con las lluvias de abril y el sol de mayo algunas hojas verdes le han salido”. El hecho le parece tan admirable que no quiere olvidarlo y escribe: “Olmo, quiero anotar en mi cartera la gracia de tu rama verdecida”. Y luego, como se siente envejecido y triste, añade con un suspiro: también yo espero otro milagro de la primavera. Un milagro pequeño, tal vez, como esa breve hoja recién nacida, pero lo suficiente para alegrar al poeta.

En alguna ocasión les he hablado de lo que llamo “talento”, que es la inteligencia en acción. Y les he dicho que cada edad de la vida tiene su talento propio, que es la mejor manera de utilizar la inteligencia para vivir. Hay un talento infantil, un talento adolescente, un talento maduro, y un talento de la senectud. Y este, posiblemente, consiste en buscar afanosamente el milagro que esperaba Machado. Conseguir que brote alguna hoja verde. Por ejemplo, conseguir aprender algo nuevo.

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José Antonio Marina
Nieto del filósofo toledano Juan Marina Muñoz, José Antonio Marina es catedrático excedente de filosofía en el instituto madrileño de La Cabrera, Doctor Honoris Causa por la Universidad Politécnica de Valencia, además de conferenciante y floricultor . Estudió filosofía en la Universidad Complutense de Madrid, teniendo por compañero a su amigo y también escritor Álvaro Pombo. Durante ese tiempo leyó apasionadamente a Unamuno, fundó varias revistas y dirigió varios grupos teatrales.