EL TALENTO DE LOS ANCIANOS

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Investigo desde hace muchos años sobre la inteligencia humana, en especial sobre el modo de desarrollar el talento de todas las personas. Esta palabra designa el modo como utilizamos nuestra inteligencia. Me pareció importante utilizarla al reflexionar sobre el caso de uno de mis alumnos, un estudiante de bachillerato con unos resultados espectaculares en los test de inteligencia. Según ellos, era un superdotado. Sin embargo, tiene veinticinco años y está en la cárcel por tráfico de drogas. ¿Es inteligente o estúpido? Si atendemos a sus capacidades, era muy inteligente, pero si atendemos a lo que hizo con ellas, es muy estúpido. Para explicar esta ambivalencia necesitamos dos palabras. Una cosa son las competencias que tenemos (vamos a llamarlas inteligencia) y otra cosa es el uso que hacemos de ellas (vamos a llamarla talento). Mi alumno no tenía talento.

Esta distinción me ha llevado a pensar que hay muchos tipos de talento, por ejemplo si atendemos a la edad. Hay un talento infantil, un talento adolescente, un talento de la madurez y un talento de la ancianidad.  En cada una de esas etapas las competencias son diferentes, y las podemos usar de diferentes maneras, bien o mal. Pondré como ejemplo el entrenamiento físico. Los recursos musculares disminuyen con la edad, pero ¿significa eso que no se puede hacer ejercicio? No. Significa que el ejercicio tendrá que hacerse de otra manera. Pues bien, respecto de las funciones mentales sucede lo mismo. La memoria de las personas ancianas funciona de una manera distinta a la de las personas más jóvenes. Es más lenta y aprende con menos facilidad. Sin embargo, las personas de edad pueden ser más sabias utilizando los recursos que tienen. Una pedagogía de la vejez tiene forzosamente que ser distinta a las pedagogías de la infancia.

Tal vez les haya extrañado esta expresión “pedagogía de la vejez”. Es, en efecto, contradictoria, porque “pedagogía” deriva de la palabra griega “paidós”, que significa “infancia”. Lo que necesitamos es elaborar una “geragogía”. Las cosas están cambiando. Cuando reviso mi biblioteca compruebo que los títulos de las obras sobre este tema van cambiando con los años. Cuando era adolescente, apareció la “geriatría”, como parte de la medicina dedica a las enfermedades de la vejez. Más tarde, apareció la “gerontología”, que era la ciencia de la ancianidad, no sólo de las enfermedades. Ahora, recibo muchos libros titulados en inglés Aging, “envejecer”, que se ocupan de desarrollar el talento propio de esta edad.

El talento se define como la capacidad de elegir bien las metas, manejar adecuadamente la información, gestionar bien las emociones, y poner en práctica las virtudes de la acción.

En la ancianidad, todo cambia, pero el esquema permanece inalterable. Tenemos que elegir bien nuestras metas. Una de las cosas que mueven a todos los seres humanos es el sentimiento de progresar. Suele pensarse que una de las cargas de la vejez, de sus aspectos más depresivos, es que ya no se puede progresar. Creo que es una creencia falaz y dañina. Sin duda alguna, no se podrá progresar como lo hace un niño, o un adolescente, pero sí como puede hacerlo un anciano. A su manera, con sus metas propias. Uno de los aspectos más consoladores que tiene la religión, por ejemplo, es que afirma que se puede  progresar continuamente, que se puede ser mejor. Eso supone una afirmación optimista y amplia. Podemos cuidar nuestros sentimientos, podemos afinar nuestra sensibilidad. En un momento en que lo que nos parece lógico reclamar cuidados, tal vez debamos invertir la perspectiva y preguntarnos, ¿a quién puedo cuidar yo? En fin, la conclusión me parece evidente: necesitamos una “geragogía”, una “pedagogía de la ancianidad”, que nos permita desarrollar nuestro propio talento.

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José Antonio Marina
Nieto del filósofo toledano Juan Marina Muñoz, José Antonio Marina es catedrático excedente de filosofía en el instituto madrileño de La Cabrera, Doctor Honoris Causa por la Universidad Politécnica de Valencia, además de conferenciante y floricultor . Estudió filosofía en la Universidad Complutense de Madrid, teniendo por compañero a su amigo y también escritor Álvaro Pombo. Durante ese tiempo leyó apasionadamente a Unamuno, fundó varias revistas y dirigió varios grupos teatrales.