EN SUEÑOS

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Porque los sueños no son propiedad de nadie y seguir soñando es la gran señal de que estamos vivos

Hay un momento, casi de duermevela, en el que el sueño se va apoderando de la conciencia. Ese momento casi mágico en el que, cándidamente, nos proponemos controlar el tiempo que viene. Estamos en ese momento en el que muchas veces nuestra soberbia nos permite creer que vamos a poder planificar nuestros sueños, y nos decimos a nosotros mismos que esa noche vamos a soñar con lo que haríamos si la fortuna nos acompañase, lo que haríamos si tuviésemos la capacidad de decidir el destino de los demás (o el nuestro propio), lo que habríamos hecho en aquel momento del pasado, cuando no llegamos a aprovechar la oportunidad que se nos presentó (como si soñando pudiéramos cambiar nuestra vida)

Muy a nuestro pesar la realidad termina imponiéndose y pasado ese momento nuestra capacidad de decisión desaparece y los sueños discurren con absoluta libertad y, lo que es más importante y nunca terminamos de valorar adecuadamente, nosotros disfrutamos en nuestros sueños de una libertad que en ningún otro momento de nuestra vida tenemos al alcance.
En los sueños desaparecen todas nuestras limitaciones físicas y somos capaces de correr, saltar, nadar, incluso dormir. En los sueños tenemos habilidades que nos son ajenas y de las que nunca hemos disfrutado ni disfrutaremos.

A veces en nuestros sueños bailamos y cantamos, y no lo hacemos mal; convencemos a los demás con argumentos consistentes (de los que, por cierto, nos gustaría acordarnos al despertar para poder usarlos en la vida real); dejamos a un lado la vergüenza y ese absurdo sentido del ridículo que nos bloquea cuando estamos despiertos. En sueños también nos equivocamos, también cometemos errores, también nos hacemos daño o se lo hacemos a otras personas, también somos felices y también somos desgraciados, y tenemos alegrías y tristezas. En nuestros sueños visitamos y conocemos lugares a los que nunca nos hemos acercado o que sencillamente ni existen.

Los sueños no serían tan atractivos si no se pareciesen tanto a la vida real. Pero nada de todo eso tiene demasiada importancia: al fin y al cabo son sólo sueños y cualquier herida que hayamos recibido, o hayamos causado, desaparecerá cuando despertemos.
Porque soñando es cuando somos auténticamente libres y a nada ni a nadie estamos sometidos. Porque los sueños no son propiedad de nadie y seguir soñando es la gran señal de que estamos vivos. Porque no hay ninguna realidad tan hermosa como aquella que nosotros inventamos en nuestros sueños. Por todo eso (y por más) cuento con impaciencia el tiempo que falta hasta la noche

Y hoy ¿qué vas a soñar?