HISTORIAS

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Acabo de escribir una “Historia de la pintura”, con Antonio Mingote, un joven de noventa y dos años. Para mí ha sido una demostración del poder rejuvenecedor del entusiasmo, de la importancia de tener proyectos, sea cual sea la edad que se padezca o disfrute. Mi relación con la pintura es muy personal y escasamente técnica. No me importa confesarlo, porque no soy un historiador ni un crítico profesional. Para mi uso propio divido los cuadros atendiendo a dos características. Primera: ¿Los tendría en mi casa o no los tendría en mi casa? Hay cuadros maravillosos que no me gustaría estarlos viendo todos los días. Segunda: ¿Me gustaría vivir dentro de ese cuadro? En algunos casos, desde luego. Por ejemplo, en los de Sorolla. Sus soleadas playas mediterráneas y arcaicas me parecen deliciosas. También me gustaría visitar los estupendos cuadros de interiores del siglo XVIII y XIX, que nos proporcionan una instantánea de la vida privada. Tengo delante de mí la reproducción de uno de ellos. Está firmado en 1739 por François Boucher, el pintor preferido de madame de Pompadour, y se titula “El desayuno”. En una habitación pequeña, ricamente decorada, con un gran espejo de marco dorado que la amplía, una dama desayuna con dos niños pequeños. Por aquellos años, Luis XV había introducido la costumbre de comenzar el día tomando una bebida caliente acompañada con unos panecillos recién hechos. Sus antecesores empezaban con una comida en toda regla alrededor de las diez, pero París, como el resto de Europa se había rendido al atractivo del chocolate y del café, y éstas eran las bebidas preferidas para el desayuno. Pedro el Grande de Rusia estuvo a punto de provocar una revolución al obligar a sus súbditos a que desayunaran a la francesa. Con ello pretendía inútilmente occidentalizar a la Rusia profunda y lejana.

Estas pequeñas historias me parecen deliciosas. Nos muestran la vida desde dentro, lo cotidiano, las costumbres. Pequeños hábitos cuyo recuerdo puede perderse. Me ocurre lo mismo con las historias de familia. Las escucho con verdadera delectación, porque me parecen más emocionantes e imprevisibles que la más fantasiosa de las novelas. “La realidad sobrepasa la ficción”, como dice el proverbio. Todos somos archiveros de vidas pasadas y podríamos ser sus cronistas. Hace unos años pedí a mis jóvenes alumnos, que procedían de treinta pequeños pueblos de la sierra norte de Madrid, que preguntaran a sus vecinos más ancianos cuáles eran sus recuerdos más antiguos. Consiguieron una rica, variada y conmovedora información que tal vez publique algún día. Casi todos se acordaban del nombre de su primer maestro, de los juegos, de las fiestas, del primer viaje fuera del pueblo, de la primera chica o del primer chico, de los bailes y diversiones. Había anécdotas sorprendentes. Por ejemplo, que en un pueblito los alumnos tenían que llevar a la escuela su silla y, en invierno, un trozo de leña para la estufa. Y en otro, el maestro dejaba la escuela a media mañana, al cuidado del alumno más fiable, porque tenía que ir a vender pescado por el pueblo, con una carretilla. Es una pena que se pierdan esos retazos de vida. Por eso les animo a ustedes a que me escriban contándome alguno de sus recuerdos infantiles. Les voy a proponer un tema: los juegos. ¿A qué jugaban de niños? ¿Con quién, dónde, con qué o a qué jugaban?

Les animo a que me escriban contándome alguno de sus recuerdos infantiles

Esta petición tiene un doble objetivo. El primero, ya lo he dicho: no olvidar las cosas pequeñas. El segundo se lo digo ahora: animarles a escribir. Creo firmemente en las virtudes terapéuticas de la escritura. Es una forma de expresarse y de comunicarse que está al alcance de todas las personas y que amplía nuestro paisaje interior. No se trata de hacer obras de arte, sino obras de vida. Poner en un papel los recuerdos ordenada, amorosamente y, a ser posible, con una cierta gracia. Cuidar el estilo es como cuidar los modales. Una cuestión de empeño.

Comenzaré dando ejemplo. Crecí en una gran casona de Toledo, que daba a una plazuela con una sola entrada, que era nuestro campo de juegos. Hasta los 12 o 13 años, jugábamos los niños del barrio. A partir de esa edad, nuestro horizonte se ampliaba y teníamos mas relación con los compañeros del colegio. Niños y niñas jugábamos separados. Cada estación tenía sus juegos. El otoño era futbolero. La primavera traía de nuevo a las calles las canicas y la peonza. El verano provocaba el paso de la niñez a la adolescencia con un reto: bañarse en el río y, más aún, atravesarlo. El Tajo es traicionero y uno de mis compañeros se ahogó. Una vez a la semana, nuestra plaza era invadida por carros que venían al mercado que se celebraba en el cercano Zocodover. Los juegos cambiaban, porque la presencia de tantas caballerías era un motivo especial de diversión. Un día, sentí tal fascinación por un burrito plateado, que quise robarlo, e intenté meterlo en el patio de mi casa. Otro día les contaré esta efímera vocación de cuatrero. Espero sus relatos, que pueden mandar a la dirección de la revista.

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José Antonio Marina
Nieto del filósofo toledano Juan Marina Muñoz, José Antonio Marina es catedrático excedente de filosofía en el instituto madrileño de La Cabrera, Doctor Honoris Causa por la Universidad Politécnica de Valencia, además de conferenciante y floricultor . Estudió filosofía en la Universidad Complutense de Madrid, teniendo por compañero a su amigo y también escritor Álvaro Pombo. Durante ese tiempo leyó apasionadamente a Unamuno, fundó varias revistas y dirigió varios grupos teatrales.