JUEGOS INFANTILES

0
116

(O NO TANTO)

Cuando éramos niños era frecuente pasar el tiempo que teníamos libre jugando de muy diversas maneras, casi todas ellas en la calle, ese lugar en el que pasábamos las horas y donde encontrabas a los amigos, los que ya conocías y los que ibas conociendo, y también a los enemigos con los que siempre había cuentas pendientes que saldar.

Entre los juegos más sencillos, cuando todavía se tenían pocos años, estaba el del escondite.

El escondite, en su versión más sencilla, consistía en que uno de nosotros, situado cara a la pared, se tapaba los ojos y contaba hasta cien dando tiempo para que todos los demás buscaran un lugar donde esconderse. Finalizada la cuenta el que la había realizado (“el que la ligaba” decíamos) debía ir encontrando a todos los que se habían escondido y, una vez hallados, corría hasta el lugar donde había estado contando para golpear en él con la mano y decir el nombre de aquel al que había descubierto.

Por su parte, los que estaban escondidos debían aprovechar el momento en el que no fuesen vistos para acudir corriendo a donde se había contado, decir “por mí” dando en ese lugar con la mano y salvarse.

El primero que había sido encontrado sería el que a la siguiente vez “la ligaría” y debería buscar nuevamente a todos.

Sin embargo existía una forma de salvarse incluso para aquellos que ya habían sido descubiertos. Su suerte estaba en manos del último que todavía permanecía escondido. Éste podía, si era suficientemente hábil y rápido, rescatarlos a todos y hacer que quien en esa ocasión “la había ligado” “la ligase” de nuevo. No siendo descubierto, o incluso siéndolo, si conseguía llegar antes del que “la ligaba” al lugar donde éste había contado, golpear en él con la mano y gritar “por mí y por todos mis compañeros”, todos aquellos que habían sido descubiertos antes quedaban salvados.

Con estas reglas, especialmente la última, no era de extrañar que algunos de los participantes no se esforzaran demasiado por esconderse adecuadamente o no se preocupasen si eran descubiertos. Siempre podían confiar en aquel compañero que se había tomado interés en buscar un buen escondite, que había hecho todo lo posible para que no le descubrieran y que en su momento corría hasta quedarse sin aliento para poder salvarse y salvar a todos.

Al fin y al cabo cuando sabes que tu desinterés, tu incompetencia y tus errores van a resolverse con el sacrificio de los demás no existen muchos incentivos para que tú mismo te esfuerces. (Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.)