La Herencia

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La-HerenciaHe pasado un fin de semana en La Granja de San Ildefonso. El paisaje estaba resplandeciente, con almendros en flor destacándose sobre la sierra aún nevada. Hay en estos días de finales del invierno una deliciosa sensación térmica. El sol ya calienta pero todavía acaricia, sin abrumar como hace en verano. Estuve allí para participar en un Congreso sobre la relación entre generaciones, un tema que ha preocupado a todas las sociedades. ¿Cómo establecer una relación justa entre ellas? ¿Cómo hacer el traspaso de las responsabilidades sociales, personales? ¿Quién cuida a quien?

Mi conferencia trataba sobre educación, que ha sido siempre la encargada de transmitir de una generación a otra lo que los adultos consideraban importante. En este momento, resulta difícil decidir quien debe seleccionar lo que se enseña. Las cosas van tan rápidas que se empieza a tener la impresión de que sólo quien esté al tanto de las últimas novedades tecnológicas puede enseñar a los más jóvenes. Con eso, quedan fuera del ámbito educativo, las personas de edad. Las antiguas afirmaciones sobre la sabiduría de la ancianidad, han quedado absolutamente descartadas. ¿Es una postura sensata? ¿Es verdad que las personas de edad no tienen nada que aportar a la educación o al mundo?

No creo que haya una conspiración contra los mayores, pero tengo la convicción de que muchas ideas coinciden en un común menosprecio del pasado. Mencionaré algunas. Por presiones sobre todo económicas parece que sólo es valioso lo actual. Una persona puede escribir muy bien, pero si no manda tuits, tiene un Facebook, o está en las redes sociales, no se le va a valorar. Hay un insistente elogio de la innovación que vuelve anticuado e inútil todo lo anterior. Esto es grave porque lo anterior es la cultura, es decir, la experiencia de la Humanidad, lo que nos permite comprender cómo hemos llegado hasta aquí, por qué pensamos una cosa en vez de otra. El desdén por la cultura es otra consecuencia de este fervor por el presente tecnológico. Desdén que de paso se extiende a la memoria, que es la facultad del pasado. Cunde la idea de que no hay que aprender nada, porque todo se puede encontrar con facilidad en el ordenador. Cerrando el círculo, en los sistemas educativos hay una falta de interés por el estudio de la historia. En resumen, que parece que sólo lo recién nacido tiene valor y todo lo demás son restos arqueológicos sólo relevante para curiosos.

Pero sucede que los recién nacidos se limitan a responder a lo que les pasa: lloran, están a merced de los impulsos o de los estímulos, viven en el presente. Aún no tienen memoria. Tienen que aprender poco a poco la cultura, que no es un estorbo, sino la experiencia de la Humanidad. La gran herencia. Lo que las personas mayores tienen que transmitir no son las últimas técnicas, por supuesto, sino los grandes valores. El gran río de las conquistas humanas, cuya superficie es ondulada por las innovaciones técnicas o las costumbres sociales. La historia de la humanidad es la crónica de un permanente esfuerzo por salir de la selva. No aprender de los altibajos de esa historia puede condenarnos a repetirla.

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José Antonio Marina
Nieto del filósofo toledano Juan Marina Muñoz, José Antonio Marina es catedrático excedente de filosofía en el instituto madrileño de La Cabrera, Doctor Honoris Causa por la Universidad Politécnica de Valencia, además de conferenciante y floricultor . Estudió filosofía en la Universidad Complutense de Madrid, teniendo por compañero a su amigo y también escritor Álvaro Pombo. Durante ese tiempo leyó apasionadamente a Unamuno, fundó varias revistas y dirigió varios grupos teatrales.