LA RISA Y LA SONRISA

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Intervengo por teléfono en una tertulia radiofónica sobre la risa, y eso me anima a hablar aquí de la risa y de la sonrisa. Dos fenómenos que, a pesar de su parecido, son muy diferentes. La risa es un misterio que ha intrigado a psicólogos y a filósofos. Es estrepitosa, violenta, y maravillosa. No sabemos cuál es su finalidad ni su origen. Hay, como todos ustedes saben, muchos tipos de risa. A veces es el desahogo de un momento de tensión; otras, una manifestación de alegría o el imparable estallido que surge al percibir la comicidad de una situación o de un chiste; pero puede ser también un acto de burla y crueldad. Ridiculizar a alguien es una especie de asesinato moral. En ocasiones, nos hace pasar malos ratos porque no podemos controlarla y puede saltar en el instante más inoportuno. Estoy seguro de que recordará algún caso así, y lo mal que lo pasó.

En febrero, busca la sombra el perro”, dice un refrán castellano. El sol ya calienta, y el jardin, lavado por la lluvia y abonado por la nieve pasada –otro refrán dice que la nieve es el abono del pobre- , sonríe.

Todas las risas tienen algo en común. Nos liberan por un momento de alguna limitación o de algún peso. Hacen que nos sintamos más ágiles, más animosos y más fuertes. Por eso reir es un estupendo remedio contra la angustia que es, por el contrario, la conciencia de nuestros límites. Comenzó a interesarme este asunto después de leer la historia de un enfermo que superó una grave enfermedad riendo. Es un buen estimulante de nuestras defensas orgánicas y, por ello, no me extraña que los médicos recomienden la risa como medicamento, y nos animen a buscar sin descanso ocasiones de reir. La seriedad nos acogota y nos debilita. Lo malo es que cuando nos sentimos tristes, deprimidos o simplemente cansados, lo primero que desaparecen son las ganas de reir.

Afortunadamente, tenemos una solución de emergencia. La sonrisa. Sonreir es una estupenda capacidad humana. El niño sonríe automáticamente al nacer,y a los pocos días ya sonrie intencionadamente. Es su manera de demostrar bienestar. La sonrisa de un bebé nos indica que su mundo está apaciguado y en orden. Por eso, la sonrisa nos sirve como metáfora para designar todas las situaciones de serenidad y calma. Ya les he dicho que mi jardín está sonriente bajo el sol que augura la primavera cercana.

Los psicólogos han hecho un importante descubrimiento que deberíamos aprovechar. No podemos reir sin ganas, pero podemos sonreir sin ganas. Se ha comprobado que incluso los mejores actores, cuando rien en escena, manejan unos músculos diferentes a los que activan en la risa real. Es pues otra cosa, aunque parezca risa, y por eso carece de efectos terapéuticos. En cambio, la sonrisa fingida es una verdadera sonrisa, que tiene la maravillosa virtud de suscitar un cambio en el estado de ánimo de quien sonríe. Se da, pues, un camino de ida y vuelta. O bien el bienestar suscita la sonrisa, o bien la sonrisa suscita el bienestar. Podría darles
muchas referencias científicas sobre este hecho, pero no hacen falta. Pueden fiarse de mí. Se trata por ello de una terapia casera, barata, eficaz y sin ninguna contraindicación. Al contrario, tiene muchas ventajas, no solo personales sino sociales, porque la sonrisa es un gesto social de bienvenida, de acogimiento, de amistad, que endulza las relaciones, que tienden a hacerse con frecuencia hostiles. El efecto es inmediato. Hagan la prueba. Sonrían y verán como empiezan a tener ocurrencias más amables. Esta es, pues, mi prescripción facultativa. Consideren este artículo como una receta médica, que se puede utilizar sin ir a la farmacia.

Todas las risas tienen algo en común. Nos liberan por un momento de alguna limitación o de algún peso.

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José Antonio Marina
Nieto del filósofo toledano Juan Marina Muñoz, José Antonio Marina es catedrático excedente de filosofía en el instituto madrileño de La Cabrera, Doctor Honoris Causa por la Universidad Politécnica de Valencia, además de conferenciante y floricultor . Estudió filosofía en la Universidad Complutense de Madrid, teniendo por compañero a su amigo y también escritor Álvaro Pombo. Durante ese tiempo leyó apasionadamente a Unamuno, fundó varias revistas y dirigió varios grupos teatrales.