LAS CASTAÑAS

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Algo le está pasando al otoño. Las hojas no acaban de caer. Se emperezan en las ramas, como si no se creyeran que ha llegado el invierno. Tal vez sea el cambio climático. Este año, las castañas han venido tardías. En mi infancia, su presencia era puntualísima. Unos días antes de la fiesta de los Santos, aparecían las castañeras, una mínima industria artesanal. Era delicioso acoger en las manos ateridas el calor del cucurucho. Me gusta recordar esas pequeñas experiencias que adornan nuestras vidas, y les animo a hacerlo. A mí siempre me ha encantado el olor de la ropa planchada, un aroma seco y hogareño, y también el de l a h ierba recién segada. Y e l m aternal olor a tierra mojada, cuando en pleno verano ha llovido en la lejanía, o el limpio frescor de las sábanas recién cambiadas. Podría añadir muchas otras experiencias que constituyen mi tesoro cordial. El ruido del agua al correr, o el caer del surtidor de una pequeña fuente en un carmen de Granada. El admirable sentimiento de mantener por primera vez el equilibrio en una bicicleta. La plenitud de un vaso de agua, tras haberme perdido durante una mañana por los caminos ardientes de la Castilla profunda. También me gusta el olor a estiércol, cuando lo esparzo en mi jardín, tal vez porque me parece que estoy dando de comer a mi querida huerta. Y la imagen del vuelo raudo de los vencejos en los atardeceres de verano, antes de que se adueñen del aire los misteriosos murciélagos, y que me recuerdan un verso de García Lorca: “Un cielo grande y sin gente, monta en su globo a los pájaros”.

“Unos días antes de la fiesta de los Santos, aparecían las castañeras, una mínima industria artesanal. Era delicioso acoger en las manos ateridas el calor del cucurucho.”

Las castañas forman parte de ese particular museo de sensaciones. Y supongo que para muchos de ustedes también. En muchos lugares, la recogida de las castañas era una fiesta importante, que gozaba de ese aura anacrónico y mágico de las tradiciones milenarias. Se llama “magosto” en Galicia, “amagüesto” en Asturias, “magosta” en Cantabria, “gaztarreñe eguna” (dia de la castaña asada) o “gaztain jana” (comilona de castañas) en el País Vasco, “magusto” en Portugal, “castanyada” en Cataluña. No sé de donde viene su atractivo fantástico. Posiblemente de los tiempos prehistóricos, cuando la castaña era alimento principal. Influye, sin duda, la oscuridad de los bosques de castaños, el clima húmedo, la estación fría. La etimología de “magosta” indica también un pasado misterioso, aunque las opiniones se dividen. Unos piensan que procede del latín “magnum ustus”, que significa “el gran fuego”. Otros, que deriva de “magus ustus”, “el fuego mágico”. Lo constante en ambas posibilidades es el fuego. No hay magosta sin hogueras, en las que se asan las castañas, que estallan provocando castañazos. Reunidos alrededor del fuego, amparados por sus mil lenguas luminosas, oíamos contar historias de miedo, y nos recorría la espalda –fría y expuesta a la oscuridad- un estremecimiento delicioso. Nunca comprendí por qué podía disfrutar tanto con aquellos cuentos de aparecidos, que al mismo tiempo me espantaban. Tendré que incluir ese contradictorio recuerdo en mi museo particular de pequeñas experiencias inolvidables.

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José Antonio Marina
Nieto del filósofo toledano Juan Marina Muñoz, José Antonio Marina es catedrático excedente de filosofía en el instituto madrileño de La Cabrera, Doctor Honoris Causa por la Universidad Politécnica de Valencia, además de conferenciante y floricultor . Estudió filosofía en la Universidad Complutense de Madrid, teniendo por compañero a su amigo y también escritor Álvaro Pombo. Durante ese tiempo leyó apasionadamente a Unamuno, fundó varias revistas y dirigió varios grupos teatrales.