LAS PEQUEÑAS COSAS

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Acabo de volver de Santiago de Compostela. He paseado por los tejados de la catedral, cubiertos con grandes losas de granito. Un paisaje fantástico de torrecillas, garitas de piedra, ventanales y gárgolas. Pero no quiero hablarles de esa colosal solemnidad, sino de algo mínimo. En las rendijas y grietas de las piedras brotan unos minúsculos jardines, en los que apenas reparamos. Admira sin embargo la tenacidad de las semillas por germinar en un tan pequeño espacio. Estamos tan saturados de estímulos, tan distraídos, que no prestamos atención a esos “primores de lo cotidiano”, que decía Azorín. En fotografía hay un recurso fantástico que se llama “zoom”. Permite que nos acerquemos a un detalle. He decidido salir a hacer zoom sobre pequeños tesoros no percibidos. En el semáforo me detengo junto a un niño que va en su cochecito. Una paloma ha echado a volar cerca. El niño la ha señalado con la mano y ha gritado: ¡Mira! Un anciano alto y delgado ha saludado a alguien llevándose la mano al ala del sombrero. Hacía mucho tiempo que no veía un gesto tan elegante. Me siento en una terraza. Me sirven una cerveza. Un rayo de luz atraviesa el líquido que se torna explosivamente dorado. En un jardín cercano han segado la hierba, y me envuelve un aroma de campo y frescura.

Estamos tan saturados de estímulos, tan distraídos, que no prestamos atención a esos primores de lo cotidiano

Reanudo el paseo. Paso por delante de una frutería. Las actuales son hermosísimas. Recuerdo que hace muchos años, cada vez que iba a París hacía una visita a Fauchon, una maravillosa frutería en la Place de la Madeleine. Era como un viaje por todo el mundo porque, en efecto, allí había frutas de todo el mundo: plátanos de la Martinica, de Canarias, de Brasil, del Congo. Amarillos, rosas, marrones. Miro las brillantes manzanas. “Siempre eres nueva como nada o nadie, siempre recién caída del Paraíso, plena y pura mejilla arrebolada de la aurora”, escribió el poeta. Es una fruta plácida y hogareña, que se encuentra a gusto en los bodegones, por eso sorprende su presencia dramática en la historia. Adán y Eva fueron arrojados del paraíso –y nosotros con ellos- por haber comido una manzana. También disfruto mirando las verduras. Lo hago recordando viejos poemas de Neruda, que aprendí hace siglos. “La alcachofa/ de tierno corazón/ se vistió de guerrero”. El tomate, sol del verano. “Sin hueso, sin coraza, sin escamas ni espinas, nos estrega el regalo de su color fogoso y la totalidad de su frescura”. La espléndida cebolla merece un poema entero: “Cebolla, luminosa redoma, pétalo a pétalo se formó tu hermosura, escamas de cristal te acrecentaron, y en el secreto de la tierra oscura, se redondeó tu vientre de rocío”.

Vuelvo a casa, y me apresto a escribir este artículo. En ese momento, descubro otra sutil maravilla: la hoja de papel. Me contaba un misionero que vive en una remota tribu africana, que los niños del poblado se sentaban junto a su ventana esperando que les diera alguna hoja de papel inservible. Junto al papel encuentro otro objeto magnífico: el lápiz, a quien agradezco su humilde sacrificio, su generoso desgastarse en la obra. La palabra “lápiz”, derivada del latín “lapis”, que significa “piedra”, indica su origen mineral. En 1564, una tempestad derribó un árbol en Borrowdale (Inglaterra), dejando al descubierto un yacimiento de grafito. Entonces no se llamaba así. Fue un bautizo retrospectivo, porque se lo llamó “grafito”, después de que se le utilizara para escribir. Los pastores le utilizaron para marcar el ganado, y como manchaba mucho lo tenían que envolver en algo. A un matrimonio de carpinteros italianos –Simonio y Lyndiana Bernacotti- se le ocurrió insertarlo en una madera. Así surgió esa ligera maravilla que ahora tomo para escribir por fin este artículo, que si no va a hacerse demasiado largo.

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José Antonio Marina
Nieto del filósofo toledano Juan Marina Muñoz, José Antonio Marina es catedrático excedente de filosofía en el instituto madrileño de La Cabrera, Doctor Honoris Causa por la Universidad Politécnica de Valencia, además de conferenciante y floricultor . Estudió filosofía en la Universidad Complutense de Madrid, teniendo por compañero a su amigo y también escritor Álvaro Pombo. Durante ese tiempo leyó apasionadamente a Unamuno, fundó varias revistas y dirigió varios grupos teatrales.