LOS BRASEROS

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«Pasé mi infancia en Toledo, ciudad de clima extremo, en un maravilloso y enorme caserón, mejor preparado para el calor que para el frío»

En verano vivíamos en la planta baja, alrededor del patio, que constituía un fresco microclima. En invierno, subíamos al piso de arriba en busca del sol. A pesar de ello, los inviernos eran inclementes. La calefacción central no existía y, además, hubiera sido económicamente prohibitiva en una casa con demasiadas habitaciones de altos techos, largos pasillos con amplias cristaleras, siempre con corrientes de aire, y escaleras múltiples. El único modo de calentarnos era el humilde brasero. Pertenezco, pues, a esa desaparecida cultura calefactora. Aún recuerdo que cuando iba al colegio, veía delante de las puertas de las casas los braseros encendiéndose, con una pequeña y renegrida chimenea de lata encima del pequeño montículo de carbón.
Los braseros se hacían con una técnica compartida por todos. Primero se ponía un núcleo de carbón muy molido, que se llamaba cisco o erraj. Esta es una palabra árabe que entonces se usaba cotidianamente, y que ahora, según una de esas extrañas listas que permiten los mecanismos informáticos, ocupa el lugar 95.653 en la estadística de palabras más usadas. En este caso, de las menos usadas. El erraj es un carbón hecho a partir de los huesos de aceituna molidos. Sobre él se ponía carbón de encina, en trozos más grandes, que aún mantenían vestigios de su primitiva forma arbórea, y memoria de los carboneros de las dehesas de Extremadura.

 

«La provisión del carbón para los braseros y cocinas era un episodio emocionante y estremecedor para los niños»

De vez en cuando provocaba pequeños accidentes domésticos, cuando aparecían los “tizos”, unos trozos de carbón que echaban mucho humo y que era necesario desterrar apresuradamente, con la ayuda de la badila, una paleta de hierro que servía para retirar las cenizas y avivar las brasas, procedimiento conocido por “echar una firma al brasero”. Como las habitaciones estaban frías, fuera del círculo protector de la camilla y sus faldas, la espalda se quedaba helada, por lo que había que protegerla con toquillas, antes de que se llamaran un poco cursimente “echarpes”.
Aparecía en casa el carbonero, negro por el polvo de carbón, con una dentadura blanquísima por contraste, cubierta la cabeza con un saco de arpillera, lo que nos hacía mirarlos por una rendija como si fuera “el hombre del saco” con el que se nos asustaba. Cargaban unos serones que vaciaban en la carbonera, un “cuarto oscuro” donde iríamos a parar si no nos portábamos bien. Todo lo que tenía que ver con el carbón se relacionaba con malos comportamientos. Por eso, de vez en cuando, los Reyes Magos nos lo traían para hacernos recordar alguna fechoría.

 

No he conseguido averiguar por qué se llamaban así [cabrillas] unas manchas oscuras que salían en las piernas por la proximidad al calor. Me ha sido imposible descubrir la razón de este nombre. Si alguno de ustedes lo sabe, por favor, dígamelo.

Junto al brasero había siempre un gato friolero. O al menos eso creo recordar, aunque tal vez sea una invención mía. Lo que si había eran “cabrillas”. No he conseguido averiguar por qué se llamaban así unas manchas oscuras que salían en las piernas por la proximidad al calor. Me ha sido imposible descubrir la razón de este nombre. Si alguno de ustedes lo sabe, por favor, dígamelo.
Ahora que lo pienso, en este artículo ha aparecido un breve diccionario de palabras que hacía mucho tiempo que no utilizaba: brasero, cisco, erraj, badila, cabrillas. El lenguaje siempre suscita recuerdos, emociones, enlaces insospechados. Por eso comprendo al protagonista de un cuento que leí en mi infancia: “El niño que quería vivir entre palabras”. Algunas veces he pensado en escribir mi diccionario particular, que sería en realidad una historia de mi vida, sedimentada en el significado que doy a las palabras.

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José Antonio Marina
Nieto del filósofo toledano Juan Marina Muñoz, José Antonio Marina es catedrático excedente de filosofía en el instituto madrileño de La Cabrera, Doctor Honoris Causa por la Universidad Politécnica de Valencia, además de conferenciante y floricultor . Estudió filosofía en la Universidad Complutense de Madrid, teniendo por compañero a su amigo y también escritor Álvaro Pombo. Durante ese tiempo leyó apasionadamente a Unamuno, fundó varias revistas y dirigió varios grupos teatrales.