Los colores

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¿CUÁNTOS COLORES PODRÍAN NOMBRAR?

La primavera altera la savia de las plantas. Hay prisa por brotar, crecer, florecer. Cada estación tiene su propio color. Dorado y rojo el otoño, blanco el invierno, amarillo de mies el verano. Pero la primavera los tiene todos. En mi jardín florecen las petunias, las verbenas, los geranios, las azucenas. Disfruto con esa pirotecnia botánica. Me cuesta trabajo imaginar el mundo en que viven los animales que no perciben los colores. La mayoría de ellos solo captan dos. Los humanos al parecer percibimos tres –rojo, azul y verde- pero a partir de ellos podemos captar según los expertos siete millones de colores. Somos fantásticos alquimistas. Cuando era joven me dediqué a cultivar plantas. Para ser un buen cultivador necesitaba percibir muchos matices de color. Me irritaba profundamente que un cultivador avezado me dijera: Esa planta necesita nitrógeno, o tiene exceso de cloro o le falta el agua. Tenían la misma capacidad de observación que los médicos antiguos, que identificaban una enfermedad por el color o el olor del enfermo. Decidido a aprender rápido, pedí el catálogo de una fábrica de pinturas –no recuerdo si holandesa o alemana- que tenía más de doscientos matices de verde. Seguía a los expertos con mi muestrario de colores, apuntando el tono que ellos consideraban óptimo. No me sirvió para nada. El ojo percibía matices más complejos que ese colosal muestrario, que aún conservo como testigo de mi ingenuidad.

Durante toda mi vida he sido un coleccionista de palabras. En el caso de los colores me ha fascinado el diferente interés que cada idioma ha tenido por ellos. Los dani, un pueblo de Nueva Guinea, sólo tienen dos palabras para designar todos los colores. En francés, hay 126 y en rumano, 260. No sé los que hay en castellano, pero pueden intentar averiguarlo. Hay algunas palabras que apenas se usan. La bandera española es “roja y gualda”. “Gualdo” es un matiz del amarillo, el que muestra la flor de la gualda, una planta de cuya flor se extraía un tinte. Recuerdo que un día le pregunté a un labrador castellano cómo estaba el trigo, y me contestó: “Ya está enlimonando”. ¡Que bella palabra! La espiga ya estaba virando del verde al amarillo. Les propongo un ejercicio. ¿Cuántos colores podrían nombrar? Pueden incluir los que necesitan más de una palabra: verde botella, verde rana, verde pistacho, por ejemplo. Ya pueden empezar.

Vuelvo al comienzo del artículo, a la primavera. Tal vez recuerden un poema de Antonio Machado. El poeta camina con el campo y ve un árbol caído. Se detiene a mirarlo y se admira ante un hecho que a la mayoría nos pasaría inadvertido: “Al olmo viejo, hendido por el rayo, y en su mitad podrido, algunas hojas verdes le han salido”. Este hecho tan sencillo, tan trivial, conmueve al poeta. Le parece tan bello lo que ha visto que decide guardarlo en la memoria. Y como desconfía de ella decide escribirlo: “Olmo, quiero anotar en mi cartera la gracia de tu rama florecida”. Deberíamos recordar con gratitud y amor los momentos brillantes de nuestra vida, porque con frecuencia nos acordamos más de los malos que los buenos. Machado no termina ahí su poema. Añade algo que resulta para mi esperanzador. Al contemplar esa hoja verde que ha brotado del árbol seco, comenta: “Mi corazón espera /también, hacia la luz y hacia la vida, / otro milagro de la primavera”. ¿Cuál puede ser? No lo sé. Pero a punto de cumplir setenta y cinco años, este poema me rejuvenece.

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José Antonio Marina
Nieto del filósofo toledano Juan Marina Muñoz, José Antonio Marina es catedrático excedente de filosofía en el instituto madrileño de La Cabrera, Doctor Honoris Causa por la Universidad Politécnica de Valencia, además de conferenciante y floricultor . Estudió filosofía en la Universidad Complutense de Madrid, teniendo por compañero a su amigo y también escritor Álvaro Pombo. Durante ese tiempo leyó apasionadamente a Unamuno, fundó varias revistas y dirigió varios grupos teatrales.