LOS OFICIOS

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He recibido un encargo y tal vez puedan ayudarme a cumplirlo. Me han pedido que recuerde los oficios que había en mi infancia y que ahora han desaparecido. De repente mi memoria se ha poblado de figuras cordiales que creía olvidadas. De niño, yo vivía en Toledo, en una plazuela céntrica y recoleta a la vez. Por las mañanas se oía a veces un pregón: “¡Lañero! ¡Estañador!”. Aparecía un hombre con unos aperos de trabajo al hombro, un banquito donde sentarse, y las amas de casa le llevaban los cacharros rotos o las ollas agujereadas para que los reparara. Me veo mirando absorto su trabajo, porque siempre me ha fascinado contemplar la habilidad de las personas. Las lañas eran unas grapas que se ponían en las cazuelas resquebrajadas. Hacía dos agujeritos con una especie de berbiquí, metía las patitas de la laña, y las ajustaba con unos golpecitos dados con un martillo muy pequeño, casi de joyero. Y con el estaño cerraba los agujeros que el largo uso había producido en los pucheros. En la actual cultura del usar y tirar, me resulta conmovedora esa necesidad de aprovechar lo usado, que dio origen a humildes artesanías de la austeridad y la pobreza. Zurcir, por ejemplo. Echar piezas a las sábanas. Dar vueltas a los trajes. Cambiar los cuellos de las camisas. Teñir de otro color las prendas en casa. Algunos han desaparecido por el aumento del nivel de vida, otros por el progreso tecnológico. Por ejemplo, los vendedores de hielo. Iban por la ciudad con una carretilla en la que llevaban unas barras de hielo protegidas por arpilleras para evitar que se derritiesen. Lo más frecuente es que le pidieran una cuarta parte o un tercio de la barra, y entonces la partía con un hierro curvado y una gran habilidad. También han desaparecido los colchoneros, que aparecían periódicamente a rehacer los colchones de lana, a la que vapuleaban con unas curvadas varas de cerezo. Por supuesto, se extinguieron los carreros, a los que todavía conocí trasportando carbón por las calles de Toledo, con sus heroicas mulas que resbalaban y caían, y un borriquillo a la cabeza, supongo que para contagiarlas su tranquilidad y tozudez.

En esa cultura del reciclaje y de la autonomía, es comprensible que una máquina de coser fuera la propiedad más esencial de un ama de casa

Camino del colegio pasaba por delante de una mercería donde, encerrada en una pequeña garita de cristal, una muchacha que me parecía muy guapa cogía los puntos a las medias. Extendía la parte dañada sobre la boca de un vaso, y la reparaba con la destreza de un cirujano. Los automóviles también se sometían a variadas operaciones rehabilitadoras. Cuando habían cogido holgura, los cilindros se rectificaban y luego se encamisaban. Las ruedas se recauchutaban para recuperar las estrías perdidas, de la misma manera que a nuestros zapatos de colegiales les echaban repetidamente medias suelas cuando se agujereaban.

En esa cultura del reciclaje y de la autonomía, es comprensible que una máquina de coser fuera la propiedad más esencial de un ama de casa. Aún conservo, como pieza de mi propio museo emocional, una antigua máquina Singer de mi madre, con su aspecto equívoco medio equino medio ferroviario. Su rítmico ruido, sus acelerones y pausas, forman parte del fondo musical de mi memoria.

Todos estos hechos y objetos trenzan la profunda historia de nuestra cultura cotidiana, de nuestro humilde arte de vivir y sobrevivir, y creo que hay que recordarlos no como curiosidad sino como homenaje al ingenio, y al ascetismo de aquellas generaciones. Por eso escribo sobre estos temas y por eso le pido su colaboración. ¿Recuerda usted alguno de estos oficios perdidos? Si es así, mándeme una carta contándomelo a través de la recepción de su residencia. Se lo agradeceré mucho. Y le contestaré.

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José Antonio Marina
Nieto del filósofo toledano Juan Marina Muñoz, José Antonio Marina es catedrático excedente de filosofía en el instituto madrileño de La Cabrera, Doctor Honoris Causa por la Universidad Politécnica de Valencia, además de conferenciante y floricultor . Estudió filosofía en la Universidad Complutense de Madrid, teniendo por compañero a su amigo y también escritor Álvaro Pombo. Durante ese tiempo leyó apasionadamente a Unamuno, fundó varias revistas y dirigió varios grupos teatrales.