LOS VERANOS

0
81

Hay una pequeña historia de las costumbres que se va perdiendo y que me gustaría ayudar a conservar. Por eso, les animo a que me manden los recuerdos de sus veranos infantiles. Yo pasé los míos en Toledo, en un patio con aspidistras y sillones de mimbre. Toledo tiene el áspero honor de ser una de las ciudades más gélidas y más calurosa de la península, pero las casas antiguas, y yo vivía en una de ellas, estaban mejor protegidas contra el calor que contra el frio. Los braseros, que resultan muy cálidos en el recuerdo, calentaban muy poco en la realidad, y en cuanto uno salía de su círculo acogedor, se helaba. En cambio, en verano, los gruesos muros ofrecían una buena protección y, además, se practicaba la sabiduría de las corrientes de aire. Era todo un arte saber qué ventanas debían estar cerradas o abiertas a cada hora.

Hasta mediado de los años cincuenta no hubo en mi ciudad piscina pública, y cuando apareció la primera se dividió a los usuarios según las más estrictas normas de la moral vigente: los hombres por la mañana y las mujeres por la tarde, o al revés. Los chicos preferíamos irnos a bañar al rio, más animado y barato, y también más peligroso, porque el Tajo es traicionero. Uno de los ritos de paso de los adolescentes, era cruzar el rio a nado, y aún recuerdo lo interminable que se hacía esa primera travesía. Mis amigos y yo nos bañábamos en un lugar de importancia histórica. Es lo que tiene vivir en una ciudad como Toledo, que todo lo que hacíamos tenía como escenario un monumento, una ruina o una leyenda. Jugábamos en un torreón de la muralla, nos servían de frontón los muros del convento donde SantaTeresa escribió “Las Moradas”, y nadábamos en “el baño de la Cava”, que fue donde se decidió la venida de los árabes a España. Tras verla en el baño, el rey Rodrigo se enamoró libidinosamente de La Cava, hija del conde don Julián, y la deshonró. Como venganza, el conde don Julián facilitó la entrada en España de las huestes musulmanas. Tal vez por esa razón, como contaba con gracia Américo Castro, los cristianos medievales consideraban que bañarse era una actividad peligrosa y poco patriótica.

Los veranos ya no son lo que eran. Los de mi niñez eran veranos sin veraneo y sin aire acondicionado. ¡Ah, y con muchas moscas!

Por cierto, esta creencia duró hasta principios del siglo pasado. Sólo las recomendaciones higiénicas animaron a nuestros antepasados a tomar baños de mar (“baños de ola”, se llamaban), y tenían que hacerlo siguiendo un ritual numérico. No podían tomar los baños que quisieran sino siete o nueve, o un número cabalístico que he olvidado. El antipatriotismo del baño también duró mucho. Un famoso escritor falangista, don Enrique Giménez Caballero, explicó así la génesis de la guerra civil: “Si no hubiesen enseñado tanto los muslos las mujeres francesas en los vaudevilles y piscinas de París, donde se educaron nuestros republicanos; y si no se hubiesen entregado al culto del sol y del tueste en esas playas nórdicas que el “europeísmo” de hace algún tiempo puso de moda, quizá no hubiese estallado esta horrible Guerra Civil de España”.

Don Enrique tenía unas ocurrencias absolutamente turulatas. Durante una cena con Goebbels, el ministro de propaganda nazi, le propuso para unificar Europa que Hitler se casara con Pilar Primo de Rivera. En fin, son recuerdos suscitados por el verano. Ahora iba a hablarles de la “serpiente de verano”, que era una noticia casi siempre falsa que daba mucho juego a los periodistas durante el periodo de sequía vacacional, pero ya no tengo espacio. Queda en cartera para otra ocasión.

Compartir
Artículo anteriorBALLESOL, CON EL PRIMER CONGRESO DE TRABAJO SOCIAL DE MÁLAGA
Artículo siguienteSÍNDROME DE INMOVILIDAD
José Antonio Marina
Nieto del filósofo toledano Juan Marina Muñoz, José Antonio Marina es catedrático excedente de filosofía en el instituto madrileño de La Cabrera, Doctor Honoris Causa por la Universidad Politécnica de Valencia, además de conferenciante y floricultor . Estudió filosofía en la Universidad Complutense de Madrid, teniendo por compañero a su amigo y también escritor Álvaro Pombo. Durante ese tiempo leyó apasionadamente a Unamuno, fundó varias revistas y dirigió varios grupos teatrales.