PAISAJES

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Soy un gourmet paisajístico. No viajaría ni diez kilómetros para comer en un restaurante famoso, pero atravesaría medio mundo para disfrutar de un paisaje. Acabo de regresar de Boston. Su otoño tiene fama en el mundo por los coloridos que despliega. Abedules, castaños, robles, acacias, hayas, sorprenden con sus amarillos y rojos. Es el momento de esplendor de los bosques de Nueva Inglaterra. Cada paisaje tiene su instante glorioso. Como jardinero sé que un jardín no puede tener siempre la misma belleza, pero que es un logro conseguir que en todo momento haya algún rincón especialmente hermoso. ¿Qué paisaje recuerda usted como especialmente atractivo? Le voy a decir los míos: un amanecer en la isla de la Gomera, con nubes bajas que parecían incendiadas por el sol que aparecía sobre el mar; un atardecer en Bayona, con miles de gaviotas yendo a dormir a las playas de las islas Cíes; un interminable campo de Castilla dorado por la miel madura, las cataratas de Iguazú, bramando incansables, y el otoño de Boston.

En esta ocasión, no he viajado para ver paisajes. Junto a Boston, en el pueblecito de Cambridge, está la Universidad de Harvard, tal vez la mejor Universidad del mundo. Fui allí para enterarme de lo que se está investigando en este momento. En los laboratorios se diseña el futuro. Traigo algunas buenas noticias. Los últimos estudios sobre el cerebro humano demuestran que la capacidad de aprender –lo que se llama “plasticidad cerebral”- no desaparece nunca, y que aprender continúa siendo a cualquier edad una de las más profundas fuentes de satisfacción y de salud. Ya lo sabía, porque he dado muchas clases en Universidades de Mayores, y he visto el entusiasmo con que aprenden sus ancianos alumnos, pero ahora la ciencia confirma mi apreciación. Aprender es una de las experiencias cumbres de la humanidad.

Colecciono paisajes como otros coleccionan obras de arte. Creo que he visto los principales museos del mundo, y los más excelsos monumentos, y ahora prefiero contemplar la naturaleza.

Otra buena noticia está relacionada con esta. Nuevas pruebas demuestran que el ejercicio físico ayuda al mantenimiento y al desarrollo de la inteligencia a cualquier edad. Estos hallazgos me parecen sorprendentes, porque no se refieren a la “actividad mental”, que ya sabíamos que era buena, sino a la física: andar o hacer gimnasia, por ejemplo. Tercera noticia. El ejercicio es un poderoso antidepresivo. También lo sabíamos, pero ahora conocemos el mecanismo fisiológico que produce esos efectos, y no son mera ilusión sino un cambio real. La Universidad está muy interesada en estos temas porque ha descubierto que la ciencia del buen envejecer, en ingles la llaman “Aging”, puede ayudar a una parte importante de la población a vivir más feliz a cualquier edad. La felicidad es un cóctel que tiene tres ingredientes: el bienestar, la vinculación afectiva, y el sentimiento de que progresamos. Este es el que suele faltar en la vejez, pero las cosas pueden suceder de otra manera, si nos empeñamos. Soy pedagogo, me he dedicado toda la vida a la educación y, ahora que he cumplido ya los setenta años, me parece importante ocuparme de la educación de personas mayores. ¿No es esto una contradicción? ¡Educar a esa edad! ¡Qué bobada! Pues no lo es. Los niños deben tener una educación de niño, los adultos de adulto, y los ancianos de anciano. Cada edad tiene sus capacidades, sus limitaciones y sus retos. Siempre podemos progresar. Y esto me parece muy estimulante.

Como ya he cumplido setenta años, estas noticias me parecen estupendas.

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José Antonio Marina
Nieto del filósofo toledano Juan Marina Muñoz, José Antonio Marina es catedrático excedente de filosofía en el instituto madrileño de La Cabrera, Doctor Honoris Causa por la Universidad Politécnica de Valencia, además de conferenciante y floricultor . Estudió filosofía en la Universidad Complutense de Madrid, teniendo por compañero a su amigo y también escritor Álvaro Pombo. Durante ese tiempo leyó apasionadamente a Unamuno, fundó varias revistas y dirigió varios grupos teatrales.