PALABRAS DE LA INFANCIA

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Participo asiduamente en un delicioso programa de radio dirigido por Pepa Fernández. Me gusta, entre otras cosas, por el interés que demuestra por el lenguaje. ¡Hasta tiene un microespacio dedicado al latín! En ese programa, mi amigo Alex Grijelmo inventó una sección de la que ya les he hablado en alguna ocasión, titulada “palabras moribundas”, en la que se comentan palabras que todos habíamos escuchado de niños, pero que ahora no se usan o están en trance de desaparición. Estoy seguro de que les pasará lo mismo que a mí: esos vocablos despiertan una cierta nostalgia. Forman parte de nuestra infancia, como los juegos o las costumbres. ¿Quién no se acuerda de los “cabás”, que llevábamos a la escuela, o de los “plumieres”? Muchas de esas palabras son muy hermosas. Por ejemplo, “acerico”. Significaba la almohadilla que servía para clavar alfileres. Supongo que seguirá utilizándose y que lo que ya no se estile sea coser en casa. En cambio, mi infancia estuvo rodeada de alfileres, dedales, agujas, costureros y acericos. Entonces se cosía mucho. Una casa no era habitable si no tenía una máquina de coser, la “Singer”, que nos arrullaba con su traqueteo de tren inmóvil. Los alfileres no sólo servían para la costura, los escolares nos aprendíamos las cosas “con alfileres”, para que duraran al menos durante el examen. Las niñas jugaban a los “bonis”, que eran unos alfileres con cabeza de colores. Creo recordar que había dos juegos. En uno, se enterraban los alfileres en arena, luego se lanzaba una piedrecita y cada jugadora se quedaba con los que aparecían. En el otro cada participante jugaba con un alfiler, y el juego consistía en darles un golpecito con la uña del dedo pulgar para intentar cruzarlos. Quien lo lograba se quedaba con el “boni” del contrario. Si recuerdan ustedes las reglas de ese juego, les agradecería que me lo dijeran, porque estoy intentando recuperar juegos infantiles antiguos. Por ejemplo, el “guá”, que consistía en meter las canicas en un agujero.

palabras que Forman parte de nuestra infancia, como los juegos o las costumbres

Otra palabra que hace muchos años que no escucho es “achicoria”. Es un planta que se utilizaba como sustituto del café cuando este era un lujo prohibitivo para mucha gente. Había que conseguirlo de “estraperlo”, en el mercado negro. Otra palabra muerta y enterrada. En mi barrio había una “estraperlista”, esposa de un policía municipal, que tenía en su casa un diminuto supermercado oculto, donde íbamos en caso de extrema urgencia. Eran tiempos, claro está, en que la “cartilla de racionamiento” era el documento de identidad más preciado, excepción hecha de la “cartilla de fumador”, que permitía comprar el tabaco a Tabacalera, cuando llegaba la “saca”, que debía ser una vez cada quince días. Recuerdo que ese día, desde muy temprano había una cola de desesperados fumadores, que habían agotado su ración antes de tiempo, y aguantaban, con malos humos, la ausencia de humo. En la economía de supervivencia de después de la guerra, especializada en reciclajes, la achicoria se utilizaba no sólo para sustituir al café, sino también para teñirse el pelo o para broncearse las piernas cuando llegaba el verano.

Me viene a la mente, otra expresión de mi infancia. Posiblemente todos recordemos la voz de nuestra madre diciéndonos: “Vas hecho un adán”. En su origen, esa expresión se debió de utilizar para designar una persona pobre, vestida de harapos, un “pordiosero”, otra palabra ya moribunda, que significaba los que pedían “por Dios” una limosna. Desde el jardín donde escribo oigo el ruido de un “aeroplano”, otra palabra moribunda, y con él me despido.

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José Antonio Marina
Nieto del filósofo toledano Juan Marina Muñoz, José Antonio Marina es catedrático excedente de filosofía en el instituto madrileño de La Cabrera, Doctor Honoris Causa por la Universidad Politécnica de Valencia, además de conferenciante y floricultor . Estudió filosofía en la Universidad Complutense de Madrid, teniendo por compañero a su amigo y también escritor Álvaro Pombo. Durante ese tiempo leyó apasionadamente a Unamuno, fundó varias revistas y dirigió varios grupos teatrales.