PALABRAS OLVIDADAS

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Desde hace años colaboro en un programa de Radio Nacional dirigido por mi amiga Pepa Fernández. Me gusta, entre otras muchas cosas, por la atención que presta al lenguaje. Estoy seguro de que muchos de ustedes son seguidores suyos, y estaré encantando de transmitirle sus saludos. Una de sus secciones se llama: ”Palabras moribundas”, y se ocupa de palabras que han dejado de usarse. Hay palabras que dejan de usarse porque desaparece el objeto que designaban. Hoy, en el periódico, he leído un artículo titulado “Sidecar”, y he pensado que mucha gente no sabrá ya lo que significa. Era una especie de receptáculo que se acoplaba lateralmente a una moto para permitir llevar a un pasajero. Sin duda, un artilugio para aprovechar mejor la moto, de la misma manera que en los autobuses de mi infancia había unos asientos un poco precarios que se llamaban “transportines”, que se ocupaban sólo en caso de haber exceso de viajeros. Los dos adminículos han desaparecido prácticamente.

En otras ocasiones, solamente han pasado de moda ¿Qué palabras recuerdan que lleven muchos años sin escuchar? Seguro que si se esfuerzan aparecerán muchas. Me viene a la cabeza una frase que hace decenios que no escucho: “Es un calavera”. Se decía de las personas que llevaban una vida licenciosa, de los juerguistas, de los jugadores. La expresión posiblemente vendría del aspecto macilento de los que dedicaban la noche no a dormir, sino a andar de parranda. En 1835, Mariano José de Larra escribió un articulo titulado “Los calaveras”. Decía que era una acepción reciente de la palabra, pero cuya procedencia no sabía explicar. Hacía, en cambio, una tipología del “calavera”. , El “calavera” se divide en “silvestre” y “doméstico”. El “calavera silvestre” es un hombre de la plebe, sin educación ninguna y sin modales. El “calavera doméstico” admite diferentes grados de civilización, y su cuna, su edad, su educación, su profesión, su dinero.

Hay otros apelativos que me gustaría saber si ustedes conocen o han utilizado. Por ejemplo “pollo pera”. Significaba algo parecido a lo que ahora se designa con la palabra “pijo”. Un jovencito presuntuoso, atildado, rico por sus papás, que viste ropas de marca y sale con niñas pijas. No he conseguido descubrir el origen de la expresión “pollo pera”. Pero eso no es extraño. Hay expresiones que no sabemos de donde vienen. La palabra “pera” ha tenido diversos usos metafóricos. En una época designó el dinero. Luego, una especie de elogio: “Es la pera”, o incluso “eres la repera”. Desconozco también la procedente de este uso. Cercano al “pollo pera” está el dandi, una persona preocupada por su apariencia, muy interesada por la moda, de extensa e intensa vida social, excesivamente atildado, que aspira a ser el árbitro de la elegancia. En el siglo XIX abundaron. Recientemente lo sustituyó la palabra “metrosexual”, que ya ha desaparecido. Eran un poco “snobs”, otro término en desuso, que significaba originariamente “sine nobilitate”, y acabó significando “que imita con afectación la apariencia, los modales o el modo de hablar de la nobleza”. El snob quería ser aceptado, mientras que el dandi pretendía mantenerse una cierta distancia engreída. Como decía un ingenioso, no se si Oscar Wilde -que era un dandi- “el snob se muere porque le inviten. El dandi, una vez invitado, hace lo imposible porque lo echen”.

¿Qué palabras recuerdan que lleven muchos años sin escuchar?

Otra palabra que ya no se utiliza es flirtear. Era un tipo de coqueteo (término también olvidado), una relación amorosa superficial, un modo de atraer a otra persona sin gran malicia. Un cierto juego, que pretendía más encandilar que despertar grandes pasiones. Flirtear era un arte parecido a la esgrima, belicoso pero incruento. Tal vez ha pasado de moda porque era inocente, y exigía tiempo.

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José Antonio Marina
Nieto del filósofo toledano Juan Marina Muñoz, José Antonio Marina es catedrático excedente de filosofía en el instituto madrileño de La Cabrera, Doctor Honoris Causa por la Universidad Politécnica de Valencia, además de conferenciante y floricultor . Estudió filosofía en la Universidad Complutense de Madrid, teniendo por compañero a su amigo y también escritor Álvaro Pombo. Durante ese tiempo leyó apasionadamente a Unamuno, fundó varias revistas y dirigió varios grupos teatrales.