TODOS A LA ESCUELA

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Acabo de venir de la huerta. Hace frio, pero conviene cavar la tierra antes de que lleguen las heladas fuertes, porque así se queda suelta, preparada para la siembra de primavera. Si nieva, aún mejor. En Castilla se llamaba a la nieve “el abono del pobre”, porque esponja la tierra y la semilla se desarrolla más fácilmente. Me gusta mucho ver la tierra de los bancales bien rastrillada. El jardín en invierno tiene su propia belleza. Los pensamientos están en flor, a pesar del frio, y esto me parece una metáfora preciosa. Ya saben que tengo dos oficios. Soy jardinero –por eso les escribo desde mi jardín- y soy profesor de filosofía de gente muy joven. Ambas profesiones tienen muchos puntos en común. Tal vez recordarán que en los antiguos libros de educación se decía que educar a un niño era como cuidar de un tierno árbol, al que había que ayudar a crecer recto y frondoso. Lo cierto es que la palabra “cultivo” y la palabra “cultura” tienen la misma raíz. Cultivo melones y cultivo inteligencias juveniles. (Por favor, no hagan chistes). En los últimos años ha ocurrido un fenómeno muy interesante en el mundo educativo. Tradicionalmente, los libros de psicología de la educación se ocupaban de la infancia y de la adolescencia. Las cosas han cambiado, y ahora el periodo educativo se amplía hasta la ancianidad. ¿Cómo es posible? ¿Educarse durante toda la vida? Pues sí. De modo que prepárense. Todos deberíamos volver a la escuela. La educación trata de desarrollar nuestros recursos personales para enfrentarnos a los problemas que la vida nos impone. Cada edad tiene los suyos propios y deberíamos aprender a resolverlos en esa peculiar escuela. Los niños lo tienen aparentemente muy fácil. Pero sólo en apariencia. Recuerdo un caso ocurrido en una escuela de un barrio marginal de Nueva York. El profesor se dirige a una niña negra que está sentada en la primera fila. “Vamos a ver, Jane, ¿cuántas patas tienen los artrópodos?” Jane le mira desolada, da un profundo suspiro, y dice. “¡Ay, señor profesor, ¡ojalá tuviera yo sus mismas preocupaciones!” En efecto, la pobre niña, vecina de un barrio pobre, tenía unos problemas más dramáticos que los escolares.

La educación trata de desarrollar nuestros recursos personales para enfrentarnos a los problemas que la vida nos impone

¿Qué tendríamos que enseñar y aprender en una escuela para personas mayores? Pues el modo de enfrentarnos a las dificultades, problemas y conflictos que la edad hace más frecuentes. Unos tendrían que ver con la salud física, otros con el mundo de las emociones, los terceros con las relaciones con otras personas. Son asuntos que reclaman  una sabiduría y un tacto especial. Pero hay algo que me parece especialmente importante. Todos   necesitamos sentir que progresamos en algo. Estamos hechos así. No nos gusta sentirnos estancados, porque nos deprimimos. El niño dice muy orgulloso “¡Mira lo que hago!”, y esa maravillosa frase necesitamos decirla a cualquier edad. Tal vez piensen que es una pretensión insensata. ¿Es verdad que todos podemos progresar? No estaría mal que hiciéramos la prueba. No se trata de avances espectaculares, sino de pequeños retos vencidos. No vamos a correr los cien metros lisos, pero tal vez podamos subir diez escalones en vez de cinco, o aprender alguna cosa nueva, o ayudar a otra persona.

Estoy pensando en organizar una “Escuela para ancianos”. Puesto que hay “Jardines de infancia” debería haber también “Jardines de mayores”. Me sería de mucha utilidad que me ayudaran a diseñarlo. ¿Cómo les gustaría que fuera?¿De que les interesaría hablar? ¿Usted qué podría hacer? Si tienen alguna idea, escríbanla en un papel y digan en Recepción que me la envíen a la revista BALLESOL. A lo mejor lo pasamos muy bien realizando juntos este proyecto.

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José Antonio Marina
Nieto del filósofo toledano Juan Marina Muñoz, José Antonio Marina es catedrático excedente de filosofía en el instituto madrileño de La Cabrera, Doctor Honoris Causa por la Universidad Politécnica de Valencia, además de conferenciante y floricultor . Estudió filosofía en la Universidad Complutense de Madrid, teniendo por compañero a su amigo y también escritor Álvaro Pombo. Durante ese tiempo leyó apasionadamente a Unamuno, fundó varias revistas y dirigió varios grupos teatrales.