VOLVER AL COLE

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A la mayor parte de ustedes les ocurrirá lo que a mí, que, en la memoria, el otoño está unido a volver al colegio. El verano había ido decayendo y también el placer de las vacaciones, y en esa situación el comienzo de curso era una novedad ligeramente excitante. Ibamos a tener uniformes nuevos, libros, cuadernos, lápices nuevos y, además, nos encontraríamos con los amigos del curso anterior, y con algunos nuevos también, lo que siempre era interesante. Ahora, vivimos en la cultura del usar y tirar, y se nos anima a reciclar. Para reciclaje, mi infancia. Hasta la adolescencia no tuve un traje que no fuese heredado. Las prendas se transformaban. Lo que fue originariamente un abrigo, se convertía en un chaquetón, y luego en una chaquetita. Había artes del reciclamiento, como zurcir, echar piezas, teñir, coger puntos a las medias, poner medias suelas a los zapatos, recauchutar las ruedas de los coches. También en la cocina se reciclaba. Los garbanzos sobrantes del cocino se tomaban después fritos. La carne o el pescado reaparecían transformados en croquetas o en empanadillas. En ese ambiente, la experiencia de tener algo nuevo era insólita, sorprendente y total.

Todo aquello aparece en mi memoria lleno de encanto, pero ¿lo viví así realmente? Para ciertas cosas, la memoria es poco fiable. Adorna o deforma la realidad. Además, tiene una manía que a veces resulta muy desagradable: se acuerda solo de aquellas cosas que sintonizan con el estado de ánimo en que estamos. Si estamos tristes, sólo recordamos sucesos tristes, como si toda nuestra vida hubiese sido un valle de lágrimas. En cambio, cuando estamos alegres, vemos nuestro pasado a otra luz. Por eso, les recomiendo una cosa. Cuando estén de buen ánimo, apunten en un cuadernito recuerdos o experiencias agradables. Hagan una especie de biografía alegre, reúnan fotografías de momentos felices, y repásenlas cuando estén tristes, pero no recordándolas con nostalgia, sino reviviendo los mismos sentimientos que tenían en ese momento. Hay un conmovedor poema de Antonio Machado, en el que cuenta como le ha emocionado un hecho que hubiera pasado desapercibido a otra persona: “Al olmo viejo, hendido por el rayo y en su mitad podrido, con las lluvias de abril y el sol de mayo algunas hojas verdes le han salido”. El poeta no quiere olvidar ese suceso maravilloso y cotidiano y escribe: “Olmo, quiero anotar en mi cartera la gracia de tu rama verdecida”. ¡Buena decisión que deberíamos imitar!

Después de tantos años de dedicarme a la educación y a la enseñanza, la edad me anima ahora a escribir una “pedagogía de la ancianidad”. Una expresión que resulta contradictoria porque “pedagogía” deriva del griego “paidós”, que significa niño. Pero significa también el camino hacia el aprendizaje, y ese es el que debemos seguir todos. Mediante el aprendizaje desarrollamos nuestro talento. Y hay un talento de niño, un talento de adolescente, un talento de adulto y un talento de anciano. Y una de sus manifestaciones es el adecuado uso de la memoria.

Tengo frente a mí una fotografía que posiblemente tengan ustedes también. Soy un niño y estoy con el uniforme del colegio, sentado en un pupitre, con un mapa de España detrás. En aquel tiempo no había la costumbre ni los medios de hacer fotografías, con lo que muchos de nuestra edad sólo conservamos de nuestra infancia aquella fotografía rutinaria que nos hizo un día el fotógrafo oficial que venía al colegio. Me gustaría recuperar de ese niño la pasión por aprender. A todas las edades, resulta una experiencia maravillosa, que nos hace sentir más jóvenes. En este otoño cálido y seco, volvamos al colegio.