APAGUEN LAS LUCES, POR FAVOR

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Si la ciudadanía está informada y comprometida con un desarrollo sostenible, podemos iluminar bien y respetar los ecosistemas nocturnos. Hacerlo de arriba hacia abajo y con lámparas de bajo consumo son algunas recomendaciones fáciles de llevar a la práctica. Los gobiernos son los que tienen que rebajar el exagerado e innecesario alumbrado público. La contaminación lumínica está provocada por un ineficiente y mal diseño del alumbrado exterior.

Qué hermoso es poderse tumbar en el suelo y contemplar el cielo por la noche! Resulta una maravilla de la naturaleza, un espectáculo gratuito al alcance de cualquiera… Las personas que han viajado al continente africano, a América Latina o quienes viven en las Islas Canarias afirman de manera contundente lo diferente que se ve el cielo con respecto a la Península Ibérica o el resto de Europa. Si es que la contemplación del firmamento es cada vez más difícil, porque tenemos tantas farolas, pancartas lumínicas y las ciudades tienen encendidas las luces durante toda la noche. Cada verano, los medios de comunicación recuerdan este fenómeno y exhibición extraordinaria de la naturaleza. Y vemos cómo los aficionados a la astrología o simples curiosos han de irse al monte o a un lugar alejado de la urbe para disfrutar del momento mágico. Y es que con la elevada contaminación lumínica es imposible observar la lluvia de estrellas.

La contaminación lumínica es la emisión de flujo luminoso de fuentes artificiales nocturnas en intensidades, direcciones, rangos espectrales u horarios innecesarios para la realización de las actividades previstas en la zona en la que se instalan las luces. Un ineficiente y mal diseñado alumbrado exterior, la utilización de proyectores y cañones láser, la inexistente regulación del horario de apagado de iluminaciones publicitarias, monumentales u ornamentales generan este problema cada vez más extendido. La contaminación lumínica tiene como manifestación más evidente el aumento del brillo del cielo nocturno, por reflexión y difusión de la luz artificial en los gases y en las partículas del aire, de forma que se altera su calidad y condiciones naturales hasta el punto de hacer desaparecer estrellas y demás objetos celestes.

Es indudable que el alumbrado exterior es un logro que hace posible desarrollar múltiples actividades en la noche, pero es imprescindible iluminar de forma adecuada, evitando la emisión de luz directa a la atmósfera y empleando la cantidad de luz estrictamente necesaria allí donde necesitamos ver. Toda luz enviada lateralmente, hacia arriba o hacia los espacios en donde no es necesaria no proporciona seguridad ni visibilidad y es un despilfarro de energía y dinero.

La contaminación lumínica tiene dos impactos evidentes en el entorno y en las personas porque, por un lado, reduce la visibilidad del cielo nocturno y hace desaparecer de la vista las estrellas y, en segundo lugar, supone un evidente derroche de energía en forma de luz que va “a ninguna parte”. Aparte, genera numerosas y perjudiciales consecuencias como son el aumento de gasto energético y económico, la intrusión lumínica, la inseguridad vial, el dificultar el tráfico aéreo y marítimo, el daño a los ecosistemas nocturnos y la degradación del cielo nocturno, patrimonio natural y cultural con la consiguiente pérdida de percepción del Universo y los problemas causados a los observatorios astronómicos.

En cuanto al daño que se hace en los ecosistemas, hay que recordar que los humanos somos animales diurnos, aunque para dormir buscamos la oscuridad. Pero hay una multitud de seres vivos que viven y se han adaptado a la oscuridad y que no pueden bajar las persianas cuando se van a dormir. La contaminación lumínica rompe el equilibrio y las relaciones depredador y presa, altera el reposo, inutiliza las estrategias de camuflaje, las de reproducción, los ciclos circadianos, etc.

Recomendaciones

Podemos iluminar bien y respetar los ecosistemas nocturnos. Las recomendaciones básicas para una iluminación respetuosa con el medio y las personas son simples: iluminar de arriba hacia abajo, hacerlo con lámparas de bajo consumo y que no usen mercurio ni otros metales pesados, usar las potencias adecuadas para no deslumbrar, ni crear zonas de sombra demasiado oscuras, apantallar y orientar los focos correctamente para no enviar luz al cielo. En este sentido, la Asociación Contra la Contaminación Lumínica advierte que iluminar bien y reducir la contaminación lumínica “sólo es cuestión de buena voluntad”. Existen soluciones baratas y fáciles de implementar. “Evitar la contaminación lumínica no significa apagar el alumbrado; es iluminar mejor dirigiendo la luz allí donde la necesitamos, el suelo”, añade esta asociación.

¿No es excesiva la iluminación nocturna en ciudades como Madrid, Valencia o Sevilla? ¿No sobran farolas? Las estadísticas publicadas por el Ministerio de Industria, Turismo y Comercio sobre el consumo energético en alumbrado público en los últimos años mostraban un estancamiento en el crecimiento del gasto. Sin embargo, los resultados del análisis de las imágenes de satélite indicaban para España un aumento extraordinario de este consumo. Los datos oficiales correspondientes al año 2007 corrigen al alza el consumo energético anual, confirmando así las previsiones más pesimistas. El estudio “Contaminación lumínica en España”, muestra los datos hasta 2006 comparados con los del resto de la UE. España está muy alejada de la tendencia general del resto de países presentando mayor iluminación que la correspondiente a la potencia instalada, según las estadísticas oficiales de gasto en alumbrado público.

Según estos investigadores de la UCM, las malas noticias son, por una parte, que el incremento anual de gasto en alumbrado público en España crece mucho más rápido que la población. Se ha doblado el gasto desde 1990, es decir, en sólo 17 años. Por otro lado, España sigue estando a la cola de eficiencia en Europa, ya que el gasto en nuestro país es de 116 kilovatios por año y habitante, frente a los 91 y 43 de Francia y Alemania respectivamente. Ninguna provincia española cumple el objetivo de alcanzar los 75 kilovatios por año y habitante marcado por el Gobierno en el Plan de Eficiencia Energética 2004-2012. El gasto en alumbrado público supone al año cerca de 450 millones de euros, de los cuales más del 50 % no ilumina las calles, sino que se pierde hacia el cielo, o ilumina los árboles y fachadas.

Desde 2007, la Declaración de La Palma defiende, con el apoyo de la UNESCO, el cielo nocturno y el derecho a observar las estrellas. Esta Declaración fue elaborada por los participantes en la Conferencia Internacional en Defensa de la Calidad del Cielo Nocturno y el Derecho a Observar las Estrellas, reunidos en La Palma en  Abril de 2007, conscientes de que la visión de la luz de las estrellas ha sido y es una inspiración para toda la Humanidad y que su observación ha representado un elemento esencial en el desarrollo de todas las culturas y civilizaciones.
No olvidemos las futuras generaciones porque proteger el cielo es muy importante, como se establece en la Declaración Universal de los derechos de las generaciones futuras de la UNESCO: “Las personas de las generaciones futuras tienen derecho a una Tierra indemne y no contaminada, incluyendo el derecho a un cielo puro”.