PINTANDO LA VIDA DE DESTINOS

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Cariño” puede ser la palabra que más repita Dª. Herminia Llobet (Cardedeu, 1936). Su voz, afectuosa y tierna, refleja su propia vida en la que su valentía y sus ganas de disfrutar han ganado en las peores situaciones.

Ahora, a punto de cumplir 82 años, celebra sus vivencias recordando aquellos momentos en los que dibujaba en el balcón de su casa en Palafolls (Barcelona) mientras veía pasar los coches y miraba el cielo azul.


Instantes grabados en su memoria con la complicidad del pincel y un lienzo. Eran paisajes, flores, vida… recuerdos que se han recuperado recientemente con la exposición que la propia residente pudo contemplar en Ballesol Barberá del Vallés.
“Estaba casada pero me divorcié porque mi marido se llevó el dinero del banco y se fue con otra. Se quedó los seis millones del piso de mi madre, así que me puse a trabajar para cuidar a mis hijos y en mis ratos libres pintaba para relajarme”, confiesa Llobet, a ese soplo de aire fresco sobre los lienzos le daba la vida. Sus manos eran las portadoras de sus mejores ideas, de donde la inspiración surgía sin más y simplemente plasmaba: flores, jarrones o atardeceres, no importaba la temática, solamente el dejarse llevar y disfrutar. “Coloreando se me pasaban las horas volando”, confiesa. Y es que hay artistas que se expresan con gran energía y contundencia, y hay otros que prefieren hablar en voz baja, como Llobet.

No obstante, lo cierto es que la primera vez que decidió adentrarse en el mundo de los colores, las texturas y el olor a disolvente fue en uno de los cursos que organizó el Ayuntamiento de Palafolls. “En 1992 el municipio pensó en enseñar a cocinar, a coser o a pintar, y yo fui a esta última opción. Lo estuve haciendo durante bastante tiempo y los últimos fueron estos cuadros que ahora expongo”, rememora, pues la artrosis le impidió seguir dibujando. “Mi espalda no aguanta derecha y sentada se pierde la perspectiva”, asegura. Aun así, no pierde el optimismo que le caracteriza: “Me da pena pero disfruté mucho esa época y cuando la recuerdo estoy feliz”.
La pintura se volvió de esta forma parte del pasado hasta que un día el doctor de la residencia, Ricardo Santalices, descubrió el don de Llobet. “Le regalé un cuadro porque es una persona muy agradable y que atiende muy bien, pero cuando lo vio le gustó tanto que él dio los pasos para que se expusieran”. Una reacción inesperada para ella y de la que confiesa sentirse muy “orgullosa”.


Inteligente, curiosa y risueña, Dª. Herminia sigue cada día cultivando su amor por el arte y la cultura. Baila, lee todo lo que tiene a su alcance, cuenta adivinanzas e incluso compone sus propios poemas:
Amarte amor quisiera,
amarte con desespera,
amarte con ansia fiera,
amarte de tal manera,
que otro amor como mi amor no hubiera
Es mío, no es copiado de ninguna parte”, ratifica risueña y satisfecha de su invención. A pesar de que su infancia fue dura, porque su padre murió durante la Guerra Civil cuando apenas tenía 6 meses y con 14 años dejó el colegio para trabajar con máquinas de coser, Llobet aprendió por su propia voluntad, pues el “querer es poder”. Sin duda, es un ejemplo a seguir.