LOS LIMPIABOTAS

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SACANDO LUSTRE A LA HISTORIA

Con nostalgia y mucho esfuerzo nos llega el rastro de un limpiabotas. Su figura se encorva para lustrar los zapatos del respetable, que admirado, curioso o igualmente nostálgico, aporta a la historia tres euros y medio, cinco si son botas y siete si su color es blanco. La acera es suya, y la de enfrente, la Gran Vía… todo Madrid.

En 1946 un limpiabotas
cobraba 1,30 pesetas por limpiar un par de zapatos

 

 

La hilera de banquetas apiladas en la sombra de los edificios ha desaparecido y se cuentan con los dedos de una mano. Es un oficio más en extinción, aunque aún se pueda escuchar betún y cepillo en mano: “el limpiabotas, se limpian con brillo y mate, en negro y color” o “se echan parches americanos, quedando las botas nuevas”. Este profesional, también conocido como lustrabotas o bolero, comenzó su andadura, dicen, en el norte de la Península, en concreto en Barcelona. En 1824 nace en Montbrió del Camp, Fructuós Canonge Francesch más conocido como el Merlín español. Cuando aún era un niño se trasladó a Barcelona, donde tras emplearse en diversas actividades vio en el negocio de la limpieza del calzado la oportunidad para salir a flote. Pese a su humilde comienzo este personaje se convirtió en uno de los rostros más populares de la Barcelona del siglo XIX.

 

«La profesión no requería una gran inversión, pero lograr beneficios para sobrevivir implicaba dedicar muchas horas y esfuerzo
con el betún y el cepillo»

 

El oficio fue desde sus inicios una tarea reservada para hombres. A los primeros años de bonanza para estos trabajadores les siguió una época compleja con motivo del inicio de la Guerra Civil Española. Fueron perseguidos por su profesión, pero no dejaron que la presión acabase con su oficio, así que aunque de una forma mucho más dura, los limpiabotas siguieron dedicados a su labor. La profesión no requería una gran inversión, pero lograr beneficios para sobrevivir implicaba dedicar muchas horas y esfuerzo con el betún y el cepillo.

Exhibir los zapatos limpios suponía una seña de prestigio, por lo que la burguesía reclamaba este servicio  frecuentemente. Durante la década de los cincuenta su servicio costaba entre cuatro y cinco pesetas, y el verano era una época de auge gracias al turismo que desembarcaba en la ciudad.

Su profesión era tan demandada que se crearon los salones dedicados en exclusiva a la limpieza del calzado. Estos espacios estaban compuestos por cómodos sillones en los que los clientes recibían el servicio de los limpiabotas. Comenzaban con un golpe de cepillo para acabar con el polvo de los zapatos, a esto le seguía el betún que aplicaba con un trapo y volvía a finalizar con el cepillo en la mano. El resultado brillaba casi como una joya en los pies.
Eran personajes apreciados por los ciudadanos, quienes les llamaban normalmente “por mote” antes de sentarse en esas cómodas sillas –un poco altas- forradas de tela, desde la que recibían todo tipo de información, el periódico local del día o escuchaban de forma rápida y cercana lo que acontecía en el barrio. Era un deber más, como el de vestir pantalón y camisa negra antes de remangarse para colocar los cartones protectores de los calcetines o echar un vistazo a esa suela de la que poder sacar alguna peseta de más.

HISTORIA DEL LIMPIABOTAS

Fuera de nuestras fronteras el limpiabotas es una profesión que, aunque de bajos ingresos, sigue en funcionamiento. En México reciben el nombre de boleros. Este término surge por la necesidad de la sociedad mejicana de los años cuarenta de “darle bola” o brillo a sus zapatos antes de cualquier acto social.
El limpiabotas Patrick Bologna fue el encargado de asesorar Joe Kennedy en temas de bolsa, el cual asombrado por la implicación y el conocimiento de aquel trabador formuló la célebre frase “cuando hasta el limpiabotas habla de bolsa es tiempo de vender”.
Alfonso González llegó a ser pregonero en Santiago de Compostela. Fue conocida su amistad con Camilo José Cela, al que deslumbraba en sus breves encuentros en el aeropuerto de Santiago. Cuando le preguntaron que por qué cobraba a los españoles 250 pesetas y a los extranjeros 200 contestó con naturalidad: «Yo solo sé decir two hundred, y no quiero engañar a nadie».

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Ana Román
Licenciada en Periodismo por la Universidad Rey Juan Carlos. Especialista en temas de salud y en la comunicación a través de las redes sociales.