LOS MAESTROS DE RELOJERÍA CASA LOSADA

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Los maestros de la relojería Casa Losada cuidan el reloj de la Puerta del Sol de Madrid. En todos estos años, dice Pedro Ortiz, la mejor anécdota es que el “reloj no ha dejado de funcionar bien. De alguna manera se puede decir que no ha habido anécdotas”, asegura este maestro relojero que, además del reloj de la Puerta del Sol son los responsables del de la torre de la Catedral de Toledo, “100 años más antiguo que el de la Puerta del Sol”.

Fue en el año 1996 cuando los maestros relojeros de la relojería Casa Losada de Madrid restauraron el reloj de torre de la Casa de Correos de la Puerta del Sol, famoso, entre otras cosas, por haber sido el compañero fiel de las campanadas de fin de año para todos los españoles durante muchos años (las primeras campanadas que se televisaron fueron en diciembre de 1962, y desde ese momento, nunca se han dejado de retransmitir). “Una restauración integral: tuvimos que desmontar el 100% de las piezas del reloj”, recuerda Pedro Ortiz, quien junto a Santiago Ortiz y Jesús López, son los maestros relojeros encargados de la custodia del reloj que hoy día todavía conserva el 98% de sus piezas originales.

Siempre tiene que estar uno de guardia, ya sea agosto o diciembre

Desde entonces, y tras superar un concurso público, son los encargados del cuidado y mantenimiento de este histórico reloj, un trabajo expuesto siempre a la opinión pública y sobre el que todos los ciudadanos españoles, como ocurre en el fútbol o la política, tenemos una opinión, en lo que se refiere a las campanadas, los cuartos, etc. De hecho, esta es una de las conversaciones preferidas en el día de año nuevo.

Pero regresemos al famoso reloj. El origen del reloj de la Puerta del Sol, también denominado de la torre de la Casa de Correos, data de 1860, cuando José Rodríguez Losada, un prestigioso relojero leonés, construyó en Londres un mecanismo que donó al pueblo de Madrid como muestra de admiración hacia la reina Isabel II. El reloj de la Puerta del Sol es sin duda el más famoso de España. Su maquinaria es, como reconocen los expertos, una maravilla. Tiene sonería de horas y, lo que es más raro, de cuartos. Esto, explican los maestros relojeros, que da lugar a tantas confusiones el día de Nochevieja y a atragantarse con las uvas,“consiste en que cuando las agujas del reloj marcan una hora y cuarto suena un toque de dos campanadas, cuando da la hora y media suenan dos toques de dos campanadas cada uno, a la hora y tres cuartos, tres toques de dos campanadas, y, por fin, cuando se completa otra hora entera, suenan cuatro toques de dos campanadas cada uno y a continuación las campanadas de la nueva hora que, si son las doce, serán doce campanadas”.

Nuestro trabajo radica en minimizar al máximo este riesgo

Su característica tecnológica más sobresaliente es el tipo de escape, que no es otra cosa que “el sistema más importante de un reloj”.Consta de varias ruedas, la última de las cuales, llamada rueda de escape, es la más pequeña y mueve a las otras. Gira deprisa, con fuerza medida, impulsada por la energía que proviene de un muelle al que se comprime al dar hora al reloj y cuya descompresión origina la fuerza giratoria. Esta energía se convierte en un vaivén, gracias a un ancla, que se trasmite al péndulo. El péndulo de un reloj tarda normalmente un segundo en hacer su recorrido. En el reloj de la Puerta del Sol, tarda dos segundos. Sin embargo, gracias al avance continuo que le proporciona su maravilloso escape, sólo se retrasa cuatro segundos al mes. Está, dice Pedro Ortiz, sincronizado con el Observatorio Astronómico Nacional. “Por eso, cuando los realizadores de televisión nos preguntan por las campanadas, los cuartos, etc., les decimos que basta con que se sincronicen con el Observatorio Astronómico; es la forma más sencilla de que la retransmisión de las campanadas de fin de año salga correctamente”. Todas estas características le convierten en un reloj de torre sin igual en toda Europa.

Relojeros de guardia

Pedro, Santiago y Jesús son “relojeros de guardia”. Para nosotros, dice Jesús, no hay vacaciones ni nada parecido, “siempre tiene que estar uno de guardia, ya sea agosto o diciembre”. Porque, como reconoce el propio Jesús, nuestro trabajo es absolutamente necesario para que el reloj funcione, y que “funcione bien”. Todas las semanas, incluso dos veces, explica Pedro, “hay que elevar las pesas de la sonería y del movimiento, engrasarlo, revisar todas las transmisiones y la máquina, por si se necesita corregir algo”. Si no se hiciera así, el reloj se pararía. “Cuando subimos las pesas, la altura de la torre permite una reserva de siete días y unas horas. Si no fuéramos, las pesas se apoyarían en el suelo y luego se pararían por falta de fuerza”, señala Pedro Ortiz.

La mejor anécdota es que el reloj no ha dejado de funcionar bien

En diciembre hacemos exactamente igual que el resto del año, señalan los maestros relojeros, “lo que ocurre es que teniendo en cuenta la repercusión que tendría cualquier fallo, se pone más atención y se va más veces. Se prepara y se engrasa la bola, que tiene un mecanismo manual independiente del reloj, y no se usa el resto del año”. Y es a mediados de diciembre cuandocomienzan a prepararse. “Se comprueba el tiempo de caída de la bola y de duración de los cuartos y campanadas, aunque todo el año es el mismo ciclo, por si acaso”, asegura Jesús López. Ahora bien, por muy bien que funcione, el reloj puede pararse, reconoce Pedro Ortiz, y fallar como cualquier otra máquina. “Nuestro trabajo radica en minimizar al máximo este riesgo y, para ello, es fundamental el trabajo en equipo”.

Noche Vieja

Pero para poner a punto el complejo engranaje, que conserva su maquinaria original en un 98%, los relojeros tienen que trabajar todo el año, no sólo unos días antes. Conforme se va acercando el día, el mantenimiento se intensifica, y los últimos quince días los relojeros apenas salen de la torre, donde todo se revisa al máximo. Llegado el día de Nochevieja, las últimas horas son fundamentales: a las nueve de la noche los tres maestros se encierran dentro del reloj donde cada uno tiene una misión asignada. “Uno se encarga de bajar la bola dorada manualmente, otro vigila el segundero y un tercero controla el proceso general”, explica.

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Rafael Pérez Ybarra
Rafaél Pérez Ybarra es Licenciado en Ciencias de la Información en la Universidad Complutense de Madrid. Más de 20 años de experiencia en el periodismo científico y de salud. Colaborador de El País Salud, de la revista JANO Medicina y Humanidades, coordinador de la Revista Infoseisida, Editor de la revista Eidon de la Fundación Ciencias de la Salud. Ha trabajado en el Diario YA, en la VOZ de Asturias y el Diario Médico. Experiencia en Comunicación como asesor para la Industria Farmacéutica. Profesor en el Master Salud/Medios de Comunicación organizado por la Asociación de Informadores Sanitarios (ANIS) y la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid y en la Universidad de Verano del País Vasco.