LA UNIVERSIDAD DE LA “NUEVA EDAD”

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Hoy comenzamos una nueva sección de la Revista BALLESOL. Espero que sea interesante y útil para residentes, familiares, y profesionales interesados en desarrollar los “talentos de la senectud”. Estoy seguro de que esta expresión les habrá sorprendido. Por eso tengo que explicarla. He dedicado mucho tiempo y varios libros a estudiar el talento y cómo desarrollarlo. Talento no es tener competencias extraordinarias, sino usar bien la inteligencia. Comencé a utilizar esta palabra por el comportamiento de un alumno mío de primero de Bachillerato. Era un muchacho extraordinariamente inteligente. En los test de inteligencia obtenía una puntuación de 150, que denotaba altas capacidades. Y, además, era muy estudioso. Pero ese año llegó a la conclusión de que lo interesante estaba en la calle. Le gustaba mandar y tener dinero, dejó los estudios, se hizo jefecillo de una banda de chicos del barrio, a los que fue metiendo en negocios poco claros. Resumiendo: tiene veinticinco años y está en la cárcel por tráfico de drogas. El caso plantea una pregunta interesante: ¿este chico era inteligente o estúpido? Los test decían que era muy inteligente, pero el uso que hizo de esa inteligencia ha sido muy estúpido. Le faltó convertir su inteligencia en talento. “Talento” es la capacidad de elegir bien las metas, y manejar la información, gestionar las emociones, y poner en práctica las virtudes necesarias para alcanzarlas. Mi alumno se había equivocado al elegir sus metas, y eso había arrastrado al desastre todo lo demás.

Talento no es tener  competencias extraordinarias, sino usar bien la inteligencia

Si se fijan, esta definición de talento es muy flexible. Hay un talento infantil, un talento adolescente, un talento de adulto y un talento veterano. En cada caso supone el buen uso de la inteligencia adecuada a su edad. Me gusta la palabra “veterano”. Deriva del latín “vetus”, lo mismo que “vejez”, pero subraya un aspecto positivo: la experiencia, el poso de lo vivido, el paso de la vida profesional a otro modo de vida que, en este momento histórico, es afortunadamente muy largo, y que no debemos interpretar como un residuo, sino como una segunda oportunidad. En un tiempo acelerado, en que las generaciones jóvenes están demasiado ocupadas con aprender lo actual, necesitamos la veteranía para mantener el hilo de la experiencia histórica. No podremos competir con ellos en el manejo de los últimos aparatos tecnológicos, pero sí en la comprensión de lo que sucede.
Pero, a cualquier edad, el talento no es algo espontáneo ni casual. Es fruto de la educación. Por eso, necesitamos una pedagogía de la vejez, de la ancianidad, o mejor, de la vida veterana. Aunque la palabra “pedagogía” se entiende como ciencia de la educación y del aprendizaje en general, etimológicamente se refiere solo a la infancia. “Paidos” significa “niño” en griego. Pero el mundo ha cambiado. Somos conscientes de que debemos “aprender a lo largo de toda la vida”, y que, por lo tanto, necesitamos una nueva ciencia, a la que denominaremos “geragogía”, del griego “geros”, que significa “anciano. Es decir, hay que aprender a envejecer, lo mismo que se aprende a ser ingeniero.

La inteligencia veterana trabaja de una manera diferente a la inteligencia más joven y, además, puede experimentar diferentes problemas de salud o de relaciones sociales. Pero talento significa poder aprovechar óptimamente las posibilidades de cada momento. Esta es la palabra importante: posibilidad. Cuando se pierde, uno se convierte en un imposibilitado. La geragogía, el aprendizaje de la senectud, tiene como objetivo esencial aumentar las posibilidades vitales de todos los afectados. Los conocimientos neurológicos sobre la infancia y la adolescencia han permitido diseñar una mejor pedagogía. Y, de la misma manera, el avance en la comprensión del cerebro veterano nos hará progresar en este nuevo campo. El cerebro se reorganiza varias veces a lo largo de la vida, para optimizar los recursos que tiene.

Es cierto que el cerebro se encoge con la edad, que se produce una reducción general del riego sanguíneo, que hay procesos metabólicos que se hacen más lentos, y que el estrés continuado afecta seriamente a la eficacia cerebral. Pero Steven Rose, un experto en este tema, señala que algunos de esos cambios no suponen un empeoramiento de las funciones, si los sabemos gestionar. “En general –escribe Rose–, el envejecimiento se puede asociar a una lentificación de la capacidad para aprender cosas nuevas y a una reducción de la capacidad para adaptarse a contextos nuevos, pero también se puede asociar a una mejora de las estrategias empleadas para recordar capacidades y aptitudes ya aprendidas”.

En esta sección me gustaría poner a disposición de todos los interesados, informaciones que puedan resultarle útiles para vivir mejor, que es de lo que se trata. Incluso en situaciones que pueden no ser óptimas, podemos intentar ampliar nuestras posibilidades de acción. Cuando se experimenta el más mínimo progreso, se despiertan energías que creíamos desaparecidas.

La longevidad ha hecho que aparezca un “nueva edad”, para la que no estábamos biológicamente preparados. En este momento hay en España más de 400.000 nonagenarios, y el número no hará más que aumentar. La nueva ciencia tiene que descubrir modos de vivir plenamente esa nueva edad. Todos queremos ser felices, pero la felicidad es la compleja satisfacción de tres grandes deseos: el bienestar físico y económico, relaciones sociales agradables, y un sentimiento de progreso. Las personas de edad también deben cuidar esta última necesidad. Ser capaces de emprender proyectos de mejora, aunque al leerme les parezca imposible.

Vamos a hablar de temas apasionantes. Por ejemplo, estoy muy interesado por lo que se llama “reserva cognitiva”. Se han detectado casos de personas cuya autopsia ha demostrado que padecían Alzheimer, pero que no habían manifestado ningún síntoma. Los especialistas han llegado a la conclusión de que podían tener una especie de “capital cognitivo”, que les permitía compensar las deficiencias provocadas por la enfermedad.
Esta sección aspira a ser optimista, sin falsear la realidad. Pensar que podemos ampliar nuestras posibilidades produce siempre ánimo y esperanza. Tengo una ventaja para ser de fiar en este asunto: no hablo de oídas, pues estoy cerca de cumplir ochenta años. Nos veremos en el próximo número.

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José Antonio Marina
Nieto del filósofo toledano Juan Marina Muñoz, José Antonio Marina es catedrático excedente de filosofía en el instituto madrileño de La Cabrera, Doctor Honoris Causa por la Universidad Politécnica de Valencia, además de conferenciante y floricultor . Estudió filosofía en la Universidad Complutense de Madrid, teniendo por compañero a su amigo y también escritor Álvaro Pombo. Durante ese tiempo leyó apasionadamente a Unamuno, fundó varias revistas y dirigió varios grupos teatrales.