LA SOPA CON MÁS CUENTO DE LA HISTORIA

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Andar a la sopa boba es la expresión que hace referencia a vivir dependiendo de los demás. Es decir, aquellas personas de la escuela de la vagancia, donde predomina el pasotismo y la falta de trabajo y constancia.

Con la situación social actual y metidos de lleno en la crisis económica, se escuchan algunos comentarios muy sabios de las personas mayores en relación al consumo desmesurado que hemos practicado durante estos años y, en contraposición, sobre la vida más austera o más sobria que se llevaba hace unas décadas. Hacemos referencia también a la reflexión de que hoy en día todo es más fácil. El planteamiento de algunos mayores sobre la falta de constancia, trabajo y esfuerzo para conseguir las cosas se encuentra vigente.  ¡Y es una pena! La sociedad de consumo de hoy se mueve más por “que me lo den todo hecho” y si además “lo consigo sin que me cueste ni un duro mejor, que mejor”. Está claro que andar a la sopa boba no es un estilo de vida novedoso, porque en todos los tiempos siempre ha existido el listillo de turno que consigue las cosas sin voluntad y con cara.

Muchos jóvenes y no tan jóvenes andan por la vida a la sopa boba, es decir, llevan una vida holgazana. La expresión “andar o estar a la sopa boba”, también alude a vivir a expensas del otro. Como es el caso de algunos jóvenes que dependen de sus mamás y van a sus casas con los tupperwares vacíos para que se los llenen de comida casera y buena. Puede asemejarse al cántico típico de los vendedores africanos de los mercadillos que atraen al consumidor con su “bueno, bonito, barato”. ¡Y tan barato! A estos jovencillos les sale la comida gratis, como aquél amigo que todos tenemos que siempre se olvida el monedero, cuando sale a la calle. En estos casos, no queda otro remedio que decir: “no te preocupes, yo te invito”.

El origen de esta expresión se remonta a que antiguamente un grupo de estudiantes, de origen muy humilde, y de la carrera de Letras se alimentaban tan sólo con la sopa que les daban algunas órdenes religiosas, en concreto los Capuchinos, en las porterías de sus conventos, donde solían coincidir con los mendigos. La hora de comer esta suculenta sopa era sobre las 12 del mediodía. En realidad, la sopa que tomaban era boba, es decir, la sopa boba se preparaba a partir de guisos mezclados, que sobraban de los alimentos de los comensales de una posada o de un bar. Eran los restos del menú diario. Lo interesante es que a cambio estos estudiantes de letras puras gratificaban a los Capuchinos con alguna pieza musical, verso o trova.

Está claro que hoy en día andar la sopa boba significa llevar una vida holgazana, sin sufrir grandes preocupaciones. Al menos aquellos humildes estudiantes, que eran pobres, se lo curraban y ofrecían versos y canciones a cambio de una sopa que les alimentara. Regalaban poesía, que siempre es algo bonito.

Hoy, muchos viven del cuento a conciencia, que resulta peor. La vagancia se impone y puede convertirse en un virus en expansión. Muchas personas no salen a la calle a buscar trabajo porque viven todavía de papá y mamá,  porque es mucho más cómodo. Otros piden las bajas por un inapreciable lumbago para vivir a costa de los demás durante meses y años. Menos mal que ya existen empresas que vigilan si es verdad y al final se les pilla.

Es peligroso que se imponga la ley del sin esfuerzo, porque si no se pelea por algún objetivo se perderá el horizonte y el sentido por vivir. Es bastante cómodo cuando conseguimos las cosas sin luchar, pero es más gratificante lograrlas por uno mismo, aunque cueste trabajo. Éste llega a ser reconfortante. Lo malo es que para algunas personas esa satisfacción personal no es sentida ni valorada y, por eso, se prefiere vivir a la sopa boba, aunque el plato no alimente mucho. Lo que sí importa es que el plato llena, sin pensar en la calidad del alimento. En este contexto, la televisión no ayuda en esta tarea educativa, donde predomina el espectáculo y las facilidades para conseguir dinero y así andar la sopa boba. Pero, ¿qué pasa con la verdadera felicidad? Todo se resume en la banalidad. Todos los trabajos son dignos, y más teniendo en cuenta que cada vez cuesta más desarrollarse profesionalmente de lo que uno ha estudiado. Ganarse el pan del día a día como los ingredientes para preparar la sopa, es importante para saborear con más placer esa comida tan trabajada. Aunque claro, seamos generosos, porque donde comen dos comen tres; dejaremos un plato para el amigo que se presente por sorpresa.

La sociedad de consumo de hoy se mueve más por “que me lo den todo hecho” y si además “lo consigo sin que me cueste ni un duro mejor, que mejor”