CINEMA PARADISO

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Hay veces que la vida puede tener el título de una película. Para D. José Peralta (La Puebla de Híjar, 1923), quien dejaba volar la imaginación de muchos desde la cabina del cine, es Cinema Paradiso (1988), de Giuseppe Tornatore.

Casi con la misma edad que el pequeño protagonista del clásico, Totò, este turolense descubrió el amor por la gran pantalla junto a sus padres. El signo de la cruz (1932), de Cecil B. DeMille, fue el principio de toda una vida dedicada al cine.

Sería imposible saber hoy con exactitud la cantidad de películas que han llegado a pasar por mis manos”, repasa con un suspiro y sentado plácidamente en el sillón de su apartamento de Ballesol Almogávares, Barcelona, donde reside, por qué no decirlo, “de película”, (sonríe).

Aunque en un principio no se planteó ser operador de cabina, el destino hizo que Cine Salón Avenida de su pueblo se topara en su camino y, a partir de entonces, dedicase su día a día al celuloide. Un trabajo muy laborioso pero que le permitía, desde aquella sala, disfrutar de todas las cintas que se proyectaban, de los estrenos y de los avances tecnológicos que iban surgiendo y le iban fascinando cada vez más.

Me gustaba todo, desde recoger el saco de las películas hasta volver a cerrar las cajas metálicas”, evoca. A lo que añade, sin ningún vestigio de duda: “La cinematografía ha sido la pasión de mi existencia”.

D. José Peralta vivió los mejores años de las salas de cine e incluso tuvo el honor de trabajar en la inauguración del Cine Palacio Balaña de Barcelona en 1965. “Recuerdo que la prensa lo publicitaba como ‘el cine más moderno de Europa’ y en realidad era así, era el más nuevo en aquella época”, recuerda con especial cariño. “Contaba con instalaciones equipadas para poder pasar películas de 70m/m y sonido estereofónico de seis pistas magnéticas que daban un sonido y una imagen excelente”, rememora con perfección. Allí estuvo hasta su jubilación en 1988 y aunque fuera su lugar de trabajo, también era su hobby, así que le dieron un pase para que no se perdiera los estrenos.

Son tantas las transformaciones y ha variado tanto el quehacer de las cabinas de cine que se puede decir sin complejos que el oficio de operador cinematográfico, tal y como era conocido originariamente, ha desaparecido”, sostiene apenado. Un sentimiento que también le aflora cada vez que ve que cierran un cine.

Creo que las películas que hoy se ofrecen al público son en general más sofisticadas y con menos sentimientos que las de antes ya que muchas están hechas por un ordenador”, argumenta. Por eso, él prefiere los films de la época dorada de Hollywood y en especial, las de comedias y los musicales. Lo que el viento se llevó (1939), de Victor Fleming, es la cinta que pasó por sus manos y que nunca olvidará. “Siempre la recomiendo”, afirma.

Como buen cinéfilo, llegó a albergar en su casa muchas películas y libros en su estantería. “En el comedor de mi casa lo tenía todo, estaba repleto”, cuenta con orgullo. Por eso y por toda su experiencia, Peralta puede explicar en tan solo unos minutos todas las innovaciones técnicas tanto de los propios films como de las salas en las que se proyectaban en orden cronológico.

Y le encanta, porque hablar de cine es su tema preferido. En la Residencia Ballesol Almogávares aprovecha cualquier momento para conversar con el personal y con otros residentes sobre todos sus conocimientos. “También hemos hecho talleres de memoria de actores y actrices o películas”, destaca Peralta, en los que él, fue el más aventajado.

Una vida entre cintas y proyectores que solo algunos han podido vivir y vivirán, porque en un mundo en el que las series imperan y el consumo de cine ha cambiado, Peralta es uno de los pocos operadores de cabina que pueden contar su experiencia de esta profesión casi extinta. “Son recuerdos que no olvidaré mientras viva”. El cine le ha marcado para siempre y de él se lleva la lección más importante que aprendió tras esas salas, la humildad: “He estado siempre en una cabina encerrado dando diversión a los demás”.