PROFESIONES QUE SOBREVIVEN A LA HISTORIA

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Dª. María Josefa Campos – MODISTA

Las niñas de los años cuarenta adoraban las muñecas. Pero sobre todo una que se anunciaba en portadas de revistas que incluían patrones para recortar o coser un modelo de ropa. También exhibía su figura en los mejores escaparates.

Mariquita Pérez era como Marilú en Argentina o Bleuette en Francia. Lo que hacía Dª. María Josefa Campos era vestir a su muñeca y a la de las vecinas imitando los vestidos que veía en la calle. Enseñada por su madre, modista de profesión, creó su propia “boutique” en una caja de zapatos.

El viaje de aprendizaje lo continuó con estudios, en un taller de costura por las mañanas y otro por la tarde de Corte y Confección en Málaga. El ánimo y la pasión conjugaban perfectamente con la imaginación y la inquietud por enhebrar la aguja, ensartar el hilo, “saber que una mala elección del tejido podía acabar con un buen diseño”, recuerda las horas que pasaba escogiendo la tela. Mientras repasa su vida, sujeta con fuerza un metro para costura.

Teresa Doblado, Psicóloga de Ballesol Cerrado Calderón, no pierde detalle ni consejo. Decía Balenciaga que “un buen modisto debe ser: arquitecto para los patrones, escultor para la forma, pintor para los dibujos, músico para la armonía y filósofo para la medida”.

No muy lejos de Ballesol Cerrado Calderón está la calle Larios, en pleno centro de Málaga. Allí trabajó Dª. María Josefa en un taller de costura. ¿Sueño cumplido? pregunta la psicóloga de la residencia pensando que las expectativas ya estaban cubiertas. (carcajada antes de responder) “La otra modista con la que trabajaba abrió otros talleres en Rabat y Casablanca…y allí me fui”. Estando en Marruecos se fue con otra compañera a París para visitar a una amiga. “Pusimos un anuncio de modista por la mañana y a la tarde ya nos llamaron para confeccionar faldas plisadas, utilizábamos cartones y vapor para los pliegues”.

La vertiente emocional de este viaje fue también como un traje a medida. Enfrente del taller trabajaba de contable en otro comercio de costura, el que después sería su marido. Año y medio después de conocerse, se casaron. “¡45 años estuvimos en París!”, todavía se sorprende de cómo pasa el tiempo, aunque ella lo espacia poniendo en valor su oficio y su laboriosidad. La perseverancia en jornadas largas, en un taller donde cabían 30 modistas…“y unas máquinas de coser de la marca Alfa que pesaban un quintal” que aún conserva en casa. Imaginamos que con su famoso pedal de hierro y cubierto de madera.

La expresión artística que conseguía con la aguja y el hilo es muy descriptiva. Una enseñanza que comparte con frecuencia con sus compañeros desde que llegó hace más de un año a Ballesol Cerrado Calderón. ¿Cómo conseguir la gustosa hechura de una prenda? ¿Te sientes más costurera o modista?, le van preguntando las residentes con las que comparte la pasión.

Hay que aprender primero corte y confección, saber cerrar las costuras y los dobladillos…y por supuesto tener buena vista y ser habilidosa con las manos”. Sólo así pudo ser la mejor bordadora de sábanas, mantelerías, colchas de lagarterana y otras de croché. Algo que no dirá ella porque si algo la define es la modestia.

Dª. Carmen Ponce – COCINERA

Dª. Carmen Ponce nos cita en la cocina de Ballesol Valterna, en Valencia. Aquí tienen la primera pista. Con delantal y gorro. Y sujetando un cucharón, cacillo o louche, según a quién se pregunte. Hija de un labrador de Paterna y una ama de casa. Estudió lo justo, o mejor dicho, lo que sacaba de tiempo mientras cuidaba de José, su hermano pequeño.

Tan pronto como conoció a D. Nacianceno, un vecino del barrio que llegó a Paterna en busca de tierras fértiles con las que vivir, se hicieron novios. La década de los 50 y anteriores fueron tiempos duros en España. La escasez de capital financiero ralentizaba la industrialización de un país desbordado por las migraciones internas, espontáneas y caóticas. Había que ser muy valiente y osado para no dudar, para decidir que había que “buscar una vida mejor”.

Esas fueron las palabras de Dª. Carmen antes de marchar a Inglaterra con su marido. Desconocía tantas cosas de aquel país, en cambio ahora ya no se olvida de nada. “Allí, por ley, te obligaban a trabajar los cuatro primeros años en -trabajos domésticos- y a partir de este tiempo, quedabas -liberado- y ya podías dedicarte a otros oficios. Mi marido y yo trabajamos esos cuatro años en una casa, él de chófer y yo de cocinera. Así aprendí a cocinar -cocina inglesa-.

Por una amiga española que vivía allí se enteró de que buscaban una cocinera en el “Eton College London”. Un colegio y residencia fundado en 1440 por el que han pasado diecinueve primeros ministros británicos, príncipes, escritores, diplomáticos. No se piensen que no iban vestidos de uniforme. Las normas eran claras, estrictas, obligatorias: todos los estudiantes deben de llevar corbata blanca, chaqué negro, pantalones a rayas y pajarita de piqué. Pues allí que se presentó Dª. Carmen. “Sigue, sigue”.

Irrumpe de emoción la psicóloga de Ballesol Valterna, Dolores Martínez, junto a un grupo de residentes expectantes con lo relatado. “Les gusté tanto que a mí me ofrecieron un piso, justo encima de la cocina, cuando al resto de trabajadores, se les daba una habitación”, aplauden todos orgullosos cuando se le resquebraja la voz a Dª. Carmen al volver a recordar que estuvo en el Eton College London durante 21 años. “De seis a ocho de la mañana preparaba los desayunos, a las once los dulces (galletas, pasteles…) para la hora del té. A la una menos cuarto comían los alumnos, y a las dos terminaba de limpiar y recoger la cocina.…Descansaba cuatro horas y volvía a trabajar a las seis de la tarde para hacer la cena de las nueve de la noche…”.

Nos atrevemos a preguntarla dónde se come mejor. Y antes de terminar la cuestión va dejando pistas de su respuesta. “Allí se cocina con muy poca sal, les gusta mucho las salsas, los pavos eran muy grandes (sonríe),…en España se come mejor que allí”. ¿Y…? “En Ballesol Valterna se come bien, son comidas caseras que cualquier ama de casa acostumbra a hacer para su familia”, tranquiliza a los cocineros. Y es que algo sabrá de cocina cuando se pasó 27 años trabajando en Inglaterra.

De momento lleva más de un año en la residencia, a la que llegó para acompañar a su marido. “Para todos nosotros es un ejemplo de valentía, de atrevimiento por lo que ha hecho en su vida. Y de amor por estar cerca de su esposo cuando enfermó. Verla disfrutar de un paseo, una conversación, una lectura…la convierte en una señora sencilla pero completa”, desvela la psicóloga del centro, que comparte un secreto: “Ella prefiere Paterna a Windsor”. (risas)

D. Benjamín Dieguez -MAQUINISTA

Alguien que veía pasar cada día el tren a 400 metros con un vagón de juguete entre las manos, debía tener mucho más que curiosidad por lo que acontecía ante sus ojos. Para cualquiera sería un molesto despertador. Pero para un inocente niño de siete años era la manera más maravillosa de empezar el día.

Lo más hermoso de esta historia, es que ahora, D. Benjamín Dieguez con 92 años, residente de Ballesol Vigo, sigue acudiendo a la estación de tren para ver pasar la historia del ferrocarril. Hasta llegar aquí han pasado muchos viajes y estaciones. “Ya sabes eso de que el tiempo es la cosa más valiosa que una persona puede gastar”. Y con las mismas, nuestro protagonista se apresura a contar su historia. Hay a quien los raíles del tren le han hecho llorar. Podría ser el caso si pensamos que su vida ha estado montada sobre las traviesas de media España durante más de 40 años.

Para entrar en Renfe había que ser voluntario. A lo que accedió sin rechistar por esa pasión tan prematura como duradera. Al poco tiempo comenzó de fogonero en Zaragoza. “Teníamos que alimentar el fuego de la locomotora antes de ponerla en marcha. Calentar el agua del interior de la caldera y alcanzar la presión justa para que se moviera el tren”.

El tipo de carbón mueve un tren de juguete en la terraza de Ballesol Vigo– era inglés, “perfecto para el ferrobús español, con un diseño que deriva de los autobuses y que fueron destinados para cubrir los servicios regionales y secundarios en torno a las grandes ciudades”. Calatayud, Los Altos de Jalón… “podría enumerar destinos y estaciones sin olvidarse ninguno”, asegura María Cobas, Tasoc de la residencia, mientras elicitan los recuerdos que le devuelven a Vigo donde prosiguió su oficio. “Lo peor era el sueldo”, detalla al confesar que “cobrabas tus ocho horas diarias pero trabajas hasta un día entero”.

Daba igual si el trayecto era a Orense, Monforte de Lemos, Santiago de Compostela u Oporto. “Imagínate cómo sería que hasta aprovechaba el vapor de la locomotora para hacer la comida a los compañeros”, sonríe hasta iluminar su rostro para hablarnos de su cometido como maquinista. Llegar a serlo era cuestión de tiempo. Pocos sabían tanto como D. Benjamín. Nadie tenía tanta pasión. Ni el guardagujas, el capataz, el guardafrenos, el jefe de tren o el calzador.

Como maquinista tuvo el privilegio de conducir las primeras Alco, locomotoras americanas de Renfe que pesaban 109,5 toneladas. Cuando comenzaron a prestar servicio lucían librea blanca y plata con franjas verdes. Aquellos trenes no devoraban los campos a un ritmo vertiginoso, daban una tregua a contemplar la estepa, un desierto frío sin vegetación, pero atractivo si vas subido a una de esas locomotoras que alcanzaban los 120 kilómetros hora en su velocidad máxima. A D. Benjamín le atraía todo paisaje, “pero el boscoso gallego de pinares y eucaliptos le llenaban de felicidad”.

Una curiosidad. Cuando desapareció el vapor, “los maquinistas” pasaron a la tracción diésel y eléctrica, pero por la mayor dificultad de estas profesiones algunos mantuvieron hasta su jubilación, la categoría de maquinista de vapor. Terminamos la conversación y aparece la morriña del ferrocarril, el sonido cuando entra en la estación. “¿Nos acercamos a la estación, D. Benjamín?”. Una sonrisa se dibuja en sus ojos.